Opinión

La identidad

Mi disfraz oficial de Margarita me resulta tan arbitrario y producido como los de la ficción.

15 de febrero 2018 , 12:00 a.m.

Me interesó una conferencia sobre este tema dictada por el profesor de filosofía argentino Darío Sztajnszrajber, en la que reflexiona sobre la necesidad que tiene el ser humano de responder con absolutos a preguntas fundamentales, entre ellas la famosa: ¿quién soy yo? Me voy a atrever a seguir dándole vueltas al asunto, basándome en lo que tanto me resonó de esa exposición.

Para los sistemas sociales es importante que cada individuo asuma una identidad en todos los sentidos posibles. No encontrar con qué o con quién identificarse es considerado un problema de salud mental, como si la identidad fuera algo ya existente dentro de nosotros que tuviéramos que perseguir para ser alguien. El yo, nuestro verdadero documento de identidad, es nuestro mayor y más venerado bien, hasta el punto de crear dioses a su imagen y semejanza que hablan y dicen “Yo soy el que Soy”. (Cuando Dios sentencia, el que se manifiesta es un Yo del tamaño de todo el universo).

Una de las preguntas que más me contrarían es la de “cómo se define”. Nunca he sabido dar cuenta de algo inamovible en mi personalidad y me asombra que algunos lo tengan tan claro. Un yo indefinible se torna insoportable para una persona “normal” y por eso soluciona el quién soy con una narración hechiza, una construcción, un texto que elabora conjuntamente con su entorno cultural y social para ocultar esa “conciencia de deriva que es lo humano”.

La identidad, en conclusión, es un mito, un fármaco, una metáfora.

Cuando, como actriz, me siento muy “identificada” con personajes que supuestamente no tienen nada que ver conmigo, me pregunto si ellos se asemejan más a mi yo real y no esta que creo ser, y así, mi disfraz oficial de Margarita me resulta tan arbitrario y producido como los de la ficción.

La identidad es una medida de emergencia ante la angustia que produce intuir que detrás de todo lo accidental que la constituye no hay nada. Tal vez por eso el volumen del yo es directamente proporcional al vértigo que produce darnos cuenta de que el ser es lo más cercano a un espacio vacío. El yo no anida en nuestro cuerpo, ni tampoco en esas colectividades igualmente forzadas como las nacionalidades y las asociaciones de fanáticos y profesionales. La identidad, en conclusión, es un mito, un fármaco, una metáfora.

Dudar de ese concepto puede valer como un eficaz ejercicio de humildad para que no nos ofenda que alguien no sepa quiénes somos, pues ni nosotros lo sabemos.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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