Opinión

El señor del machete

Siempre me sentí menos valiosa que cualquier hombre, así lo viera como el más imbécil.

15 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

Sueño. Me encuentro en el ante-jardín de la casa de J, mi amiga de infancia. En este sueño estoy sola y tengo unos 7 años de edad. De lejos veo venir por el andén a un anciano limosnero arrastrando un costal y sosteniendo un machete en la mano. 

(Ahora recuerdo que a mis hermanos y a mí nos cuidaba un grupo de mujeres que siempre nos asustaban con que si nos portábamos mal, vendría “el viejito del costal” a llevarnos. No nos decían a dónde ni qué nos ocurriría al ser secuestrados por el viejo). El hombre se acerca más, usa un sombrero de paja deshilachado, es pleno mediodía. Cali, mi ciudad natal, hierve a esa hora. Como pasa a menudo en mis sueños, soy consciente de que sueño; quiero despertarme o escapar, pero no puedo moverme. El anciano llega hasta donde estoy y me corta una pierna de un machetazo. Alcanzo a pegar un grito y a pedir ayuda antes de abrir los ojos.

Qué temerario es tratar de descifrarse a uno mismo a través de símbolos que un yo completamente desconocido construye a escondidas.

Asumí que ser una niña suponía una especie de defecto, y hasta hace muy poco me costó desembarazarme de la sensación de que ser mujer era de algún modo humillante e indigno.

Este sueño parece ilustrar de manera casi literal la famosa teoría freudiana sobre el complejo de castración, que siempre me ha entrado en reversa, supuestamente paso obligado en el proceso de elaboración psíquica de la masculinidad y feminidad, según el psicoanálisis.

Antes de saber que esa hipótesis existía, y sin que nadie me lo hubiera inculcado explícitamente, asumí que ser una niña suponía una especie de defecto, y hasta hace muy poco me costó desembarazarme de la sensación de que ser mujer era de algún modo humillante e indigno. Siempre me sentí menos valiosa que cualquier hombre, así lo viera como el más imbécil.

Este sueño tiene una textura desleída como de foto antigua lavada o sobreexpuesta, probablemente debido al desgaste que resulta de venir a mi memoria una y otra vez. Emite una luz intermitente, destellos que vienen de un antiguo proyector que me muestra la imagen traslúcida del andén con sus parches de pasto recién cortado, húmedo y perfumado.

El sueño quiere decirme cosas que no me sirven ya para nada, pero sus signos siguen ahí, obstinados como los locos que repiten y repiten lo mismo. El anciano, el sombrero, la luz, Cali, el pasto tibio, mi pierna, mi amiga, el calor, su casa, el jardín, la cuadra del barrio La Flora, La Flora, el olor a leña del viejo, su ropa harapienta, el machete, el zumbido del tajo, el tajo.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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