Opinión

El perdón de López Obrador

En América se perpetró un genocidio, y por esto el pedido de AMLO no debería considerarse exótico.

14 de abril 2019 , 12:47 a.m.

Pasada la polvareda que provocó su pedido al papa Francisco y al rey Felipe VI de España, a todos los americanos nos interesa analizar los motivos del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, para solicitar a las cabezas de la Iglesia católica y del Imperio español que pidan perdón por los agravios contra los pueblos originarios cometidos por sus súbditos durante la Conquista de América.

Según lo explicó después para responder a los periodistas, la intención de López Obrador es iniciar un proceso de revisión histórica que facilite la reconciliación entre conquistadores y conquistados antes de que se cumplan, en 2021, los 500 años de la caída del Imperio azteca. Este fue el final trágico de una aventura conquistadora marcada por la perfidia desde el encuentro en el que se vieron las caras por primera vez el emperador Moctezuma y el conquistador Hernán Cortés, en un punto que hoy corresponde a la confluencia de dos calles del centro histórico de la Ciudad de México.

El poder simbólico de aquel encuentro rebasa las fronteras mexicanas, y por esto la iniciativa de López Obrador se puede considerar extensiva a todos los pueblos indígenas americanos, que sufrieron la misma suerte del azteca. Son incontables los libros sobre ese acontecimiento, ocurrido en la mañana del 8 de noviembre de 1519, así como sobre los trágicos hechos que sucedieron después. Los testimonios contemporáneos, incluido el del propio Cortés, coinciden en que Moctezuma dio una espléndida bienvenida al conquistador, le hizo una generosa ofrenda de oro, incienso y flores, y lo aposentó con su séquito en un palacio. Pero de nada sirvió la cordial acogida porque los españoles habían urdido un plan para aprisionar al soberano azteca, que fue capturado y mantenido en cautiverio hasta su muerte, ocurrida el 29 de junio de 1520.

Pasó más de un año antes de que los españoles pudieran controlar el territorio, pues los aztecas reaccionaron ferozmente y les hicieron pagar la invasión, el secuestro y la muerte de Moctezuma con una arremetida que los obligó a huir y llevó a Cortés a llorar su derrota. Pero su ejército se repuso, sitió a Tenochtitlán y Tlatelolco y lanzó el asalto definitivo el 13 de agosto de 1521, para continuar con la destrucción sistemática de los templos indígenas, el reemplazo de los dioses prehispánicos y el dominio material, ideológico y religioso del imperio.

Durante los cinco siglos transcurridos no han faltado quienes defiendan la Conquista española, hasta el punto de que se creó la teoría de la ‘Leyenda negra’ para sostener que los relatos de atrocidades atribuidos a los conquistadores, la Inquisición y la reconquista españolas son interpretaciones exageradas o falseadas de aquellos episodios. Pero nadie discute hoy que en América se perpetró un genocidio, y por esto no hay motivo para considerar exótico el pedido de López Obrador.

No sería la primera vez que un Estado o una institución como la Iglesia católica buscan la absolución por atrocidades del pasado. Lo hicieron Alemania por el Holocausto judío, Bélgica por el genocidio colonial en el Congo y el Vaticano por varios motivos, como la implicación de la Iglesia en la trata de esclavos africanos, la quema de protestantes en las guerras de religión y, más recientemente, los casos de pederastia cometidos en su seno.

Sorprende que la iniciativa haya suscitado reacciones adversas y hasta sarcásticas de personajes latinoamericanos como Mario Vargas Llosa, nacido en lo que fue asiento del Imperio inca, el más grande y extenso del continente, también destruido a sangre y fuego por los conquistadores españoles. Esto sin hablar de las redes sociales, en las que el usual estruendo de expresiones extremas y apasionadas ignoró que la Conquista sigue siendo una herida abierta para los pueblos indígenas americanos.

LEOPOLDO VILLAR BORDA

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