Opinión

Modo: en reversa

Quizás acabar con la política exterior de Santos dé menos réditos que volver añicos la paz.

Por: Laura Gil
09 de octubre 2018 , 11:46 p.m.

Quizás acabar con la política exterior de Santos dé menos réditos que volver añicos la paz. Pero resulta tan desacertado como perjudicial.

A Juan Manuel Santos le entregaron una Colombia con una presencia tóxica en el mundo, aislada de la región, en medio de relaciones narcotizadas con Estados Unidos y resignada a un diálogo mediado por los derechos humanos con las capitales europeas. La transformó en un país con una imagen renovada y pujante, una agenda internacional diversificada y un abanico ampliado de interlocutores. Hoy, el Gobierno nos lleva de narices hacia el pasado.

Primero llegó la anunciada, solitaria e irrelevante salida de Unasur. Colombia había congelado su participación, junto con cinco países más, desde abril de 2018, y Unasur permanecía paralizada. Mucho hizo el canciller para lograr un retiro en bloque. Ni siquiera consiguió que Chile y Argentina nos acompañaran. Esta fue la primera derrota internacional acallada. Buenos Aires y Santiago apuestan a una reactivación de Unasur en sus propios términos. Macri hasta insiste en un secretario general de su escogencia.

El freno que el Presidente le puso a la Alianza del Pacífico no solo nos margina de un bloque dinámico, sino también de una apuesta estratégica de larga data. A los mandatarios de México, Perú y Chile, Iván Duque les dijo que estimaba prematuro mirar hacia el Asia Pacífico. Unos treinta años no resultaron suficientes para el Presidente. Desde los ochenta, Colombia impulsa una inserción en el Pacífico para promover sus intereses comerciales; en 1995 pidió la admisión formal al foro Apec (Asia Pacific Economic Cooperation). Los demás países de la Alianza, que lograron su membresía años atrás, seguirán avanzando solos. No solo de este escenario multilateral nos estamos replegando: hasta del ingreso a la Ocde se han planteado dudas.

Colombia fue el único país de América Latina que se negó a firmar un comunicado del Grupo de Lima, que, así como condenaba el régimen de Maduro, rechazaba el uso de la fuerza. “Los países expresan preocupación ante cualquier curso de acción o declaración que implique intervención militar”, rezaba el texto. El Palacio de San Carlos se esmeró en dar explicaciones: la inclusión de la palabra ‘declaración’ fue la razón de la ausencia colombiana. Estamos ante una Cancillería que no supo medir los costos de un desacuerdo menor y dio un precipitado paso en falso.

Las repetidas manifestaciones de Francisco Santos sugirieron la conveniencia del camino de las armas para Venezuela. Se comenzó a delinear así una Colombia intervencionista y supeditada en exceso a Washington. ¿Colombia como punta de lanza de una penetración de Estados Unidos? Ese temor se percibía tan superado como la narcotización de la conversación. Aun antes de ser reclamado, el margen de maniobra construido en años parece haber sido entregado en meses, y esto constituye un retroceso considerable.

El discurso pausado del canciller en defensa del multilateralismo queda vacío de contenido si no se concreta en acciones. Hasta ahora, el distanciamiento de múltiples espacios va acompañado de una renovada subordinación ante Estados Unidos.

El manejo de la crisis fronteriza ha consumido el grueso de los esfuerzos de la cancillería, y se entiende que constituya una prioridad. Pero el posicionamiento regional y global de los desafíos fiscales planteados por el flujo migratorio no puede erigirse en pretexto para justificar en la arena internacional la evasión de los compromisos del acuerdo con las Farc. La política exterior no puede convertirse en un instrumento para hacer trizas la paz. Carlos Holmes Trujillo cuenta con más de 20 años en el servicio exterior y conoce los logros y los retos de la diplomacia colombiana. Tiene la responsabilidad de no pasar a la historia andando para atrás.

LAURA GIL

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