Opinión

La historia y sus héroes: memorias desde sus márgenes

Se han encontrado los testimonios de grupos victimizados durante la guerra de la independencia.

16 de abril 2019 , 07:59 p.m.

“La historia la escriben los ganadores”. Lo dijo George Orwell en Tribune, en 1944; lo dijo Winston Churchill en Historia de la Segunda Guerra Mundial, en 1948, y hasta lo dijo Dan Brown en El código Da Vinci, en 2003. Pero ya lo sabía muy bien José Manuel Restrepo, quien escribió La Historia de la Revolución siendo todavía secretario del Interior y Relaciones Exteriores de la República de [Gran] Colombia en la década de los 1820. Como lo ha demostrado Germán Colmenares, Restrepo diseñó lo que sería la prisión interpretativa de la historia de la independencia. Muchos historiadores subsiguientes utilizaron la obra de Restrepo y las fuentes que compiló, y en los estudios que realizaron no pudieron ignorar los eventos, protagonistas e interpretaciones que recopiló el historiador, ministro, ganador. Además de Restrepo, sus contemporáneos Daniel O’Leary, Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander también decidieron qué fuentes guardar y cuáles destruir, eligiendo, en su momento, limitar las opciones de los ciudadanos que vendrían cien, doscientos años después, para escribir sus historias.

En este año, 2019, se ha resucitado algo del interés por la independencia, alrededor de los doscientos años de la Batalla de Boyacá. Sin embargo, gracias a la creatividad y a los esfuerzos de los investigadores no nos tenemos que limitar a cantar de nuevo el himno, del heroísmo, coraje y patriotismo de los vencedores del páramo y los derrocadores de los realistas. En los archivos locales se han encontrado los testimonios de grupos marginados o victimizados durante la guerra de la independencia; en los archivos de países lejanos se localizaron informes de diplomáticos, viajeros y espías que tenían sus propios intereses, claro, pero que no obedecían a la necesidad política de contar la historia como debía haber pasado. El entendimiento histórico que tenemos hoy de lo que sucedió en 1819 es muy diferente al que se tenía en 1829, 1919 o 1959.

La lucha por el control de la narrativa de la historia en la Colombia del bicentenario demuestra que todavía no se sabe quién ganó la guerra.

En la Colombia de 2019, los debates sobre cómo se debe contar la historia de un conflicto siguen un matiz familiar. El relevo en el Centro Nacional de Memoria Histórica y el cuestionamiento de los trabajos de las instituciones de justicia, reconciliación, no repetición y verdad reflejan una incertidumbre sobre quién tiene la autoridad para reconstruir la verdad y proclamar la historia. ¿Cómo se deben formar y guardar los archivos del conflicto? es una pregunta que lleva a otra pregunta: ¿quién se responsabiliza por las consecuencias de las acciones de los actores armados? Estas son las preguntas con las cuales las historiadoras e historiadores lucharán durante muchas décadas, como también los politólogos, las juezas y los mismos ciudadanos. Como también dijo Orwell, no envidio el trabajo de la historiadora del futuro. La lucha por el control de la narrativa de la historia en la Colombia del bicentenario demuestra que todavía no se sabe quién ganó la guerra, si es que alguien la ganó. Pero, como muchos otros también han resaltado, no son siempre los ganadores quienes escriben la historia, son los que sobreviven quienes logran mantener vivas sus memorias y sus muertos. La historia no solo se escribe, se debate, se piensa y se hace todos los días.

En la Batalla de Boyacá participaron unos cien soldados británicos e irlandeses, la mayoría en el batallón Rifles bajo el mando del coronel Arturo Sandes. Encomendados por Simón Bolívar, quien los había reclutado en Londres a través de su agente Luis López Méndez, llegaron a ser parte integral de la historia de la victoria de los llamados patriotas. Daniel O’Leary, asistente de Bolívar y luego general, diplomático e historiador, dejó en sus Memorias una narrativa célebre de los sufrimientos de los soldados y del sabio liderazgo de su amigo Bolívar. Así, la memoria de un tal irlandés se volvió eje central de la historia de la campaña. El cementerio británico en Bogotá tiene un cercado fabricado del metal de las bayonetas que la Legión Británica había llevado por el monte. Su presencia histórica dentro de la capital del Estado se volvió una memoria material (aunque, desde hace mucho tiempo, está escondida tras una muralla). Durante la guerra fría, algunos historiadores militares hasta llegaron a proclamar que la independencia no hubiera sido posible sin la participación de soldados extranjeros. La historia, legitimada por el Estado con sus conmemoraciones, publicaciones y reconocimientos, aceptó el papel de los cien soldados extranjeros en su batalla fundamental.

Conmemorar es también hacer historia. En uno de los numerosos eventos en los cuales participé para marcar el bicentenario de 1810/2010, debatiendo acerca de cómo se debían recordar o conmemorar las batallas de la independencia, me comprometí con volver a participar en el 2019, esta vez reproduciendo el famoso paso del páramo de Pisba, por el cual el ejército de Bolívar había cruzado los impetuosos Andes en invierno y en el cual sorprendió a su rival. En ese entonces mi argumento era que la reproducción física de la caminata estratégica, fría y dolorosa podría ser una mejor conmemoración que cualquier estatua o monumento. Todavía me gusta la idea de recordar caminando, sintiendo y experimentando los pasajes históricos. Pero hace seis meses, a fines de 2018, estuve en Bucaramanga, participando en un evento de historiadores y también aprovechando para salir en bicicleta, y fui testigo de los centenares de migrantes venezolanos llegando a pie a la ciudad, habiendo cruzado la misma cordillera en condiciones tal vez peores a las de los ejércitos de la independencia. Me di cuenta de que la migración masiva y hambrienta desde Venezuela a Colombia estaba reproduciendo el paso de los llamados libertadores de una forma más macabra que festiva.

Otras historias de hambre y rebelión. El mismo 7 de agosto de 1819, fecha de la Batalla de Boyacá, que recordamos con tantos himnos, banderas y escritos, estuvo en campaña en Colombia otra legión extranjera de la cual muy poco se conmemora en la historia de Restrepo y la historia patria que creó, porque, claro, tuvo muy poco que ver con la historia que quería contar. Mientras cien sujetos británicos armaron sus bayonetas en Boyacá, casi mil de sus compatriotas también arriesgaban sus vidas en nombre de la libertad. La legión irlandesa fue reclutando campesinos y artesanos irlandeses para formar parte del ejército colombiano, con promesas de sueldos, comida, aventura y gloria. Bolívar la empleó en campaña en el Caribe, y después de varios intentos de tomar Maracaibo o Santa Marta, finalmente, tuvo el momento de victoria cuando desplazaron a los realistas de Riohacha, a principios de 1820. Sobreviven pocas fuentes, pero sabemos que encontraron muchas dificultades, desde el calor inaudito, la consecución de comida, los reclamos de sueldos impagados y las disputas sobre las estrategias militares. Los irlandeses temían un ataque de los indígenas guajiros y, finalmente, se rebelaron contra sus altos mandos oficiales. En su manifiesto indicaron que no habían recibido lo prometido y que no soportarían el irrespeto a los derechos adquiridos en el servicio militar. En fin, tomaron control de los buques de transporte y se fugaron por todo el Caribe. Más de quinientos soldados colombo-irlandeses llegaron a Jamaica. Solo pocos dejaron testimonios de la rebelión. Uno de ellos, Benjamin M’Mahon, cuyos papeles manuscritos, conservados en un archivo en Belfast (Irlanda del Norte), describen cómo él y sus colegas “llegamos a estar tan desilusionados con el tratamiento recibido de los comandantes, que tiramos nuestros contratos al aire y nos fuimos por todos lados”.

Se recuerda poco a la legión irlandesa en la historia de la independencia de Colombia, por varios motivos. Su participación en la costa fue marginal al conflicto terrestre imaginado por Bolívar y Restrepo; en contraste con el papel decisivo de los británicos en la Batalla de Boyacá. Bolívar y otros altos mandos criticaban a los irlandeses por cobardes, por carecer de la hombría de los verdaderos colombianos, otra vez en contraste con los bravos héroes británicos del batallón Rifles (muchos de los cuales, sin embargo, eran ellos mismos nativos de Irlanda, como Sandes y O’Leary, y se distinguirían luego en el ejercicio de violencia indisciplinada del ejército de Bolívar en Pasto, en el año 1822). Pero, también, es importante resaltar que los soldados de la legión irlandesa dejaron muy pocos testimonios de su participación en el conflicto armado, bien por analfabetos, bien por sus subsecuentes migraciones. Durante los dos siglos de la independencia ha cambiado la idea de lo que es la memoria. Cuando O’Leary escribió su versión de los eventos la llamó Memorias, lo mismo que otros protagonistas como Tomás Cipriano de Mosquera y Carmelo Fernández. Ahora, gracias al desarrollo de un campo de estudio académico propio, la memoria se ha creado un contrapunto a la historia oficial, una manera alternativa de entender el pasado, con sus propias revistas, centros, metodologías y museos. Pero la cuestión clave es todavía la misma que antes, llamémosla historia o memoria. La memoria de la rebelión de las fuerzas colombianas en Riohacha, como muchos momentos y experiencias de la época de la independencia que ocurrieron lejos de los campos de batalla o los despachos de ministros, sobrevive en muy pocos testimonios, olvidados en cajas o revistas dispersas por todo el mundo, solo difícil y lentamente recuperadas por los historiadores. La batalla en el puente de Boyacá, en cambio, cuadró (y fue cuadrada) perfectamente con la visión del pasado de los que controlaban el poder del Estado después de la independencia, y se ha contado mil veces desde todas las perspectivas. Pronto aparecerá también su historia manipulada en Netflix.

Posverdad, memorias y archivos. Dijo Orwell que “al final, nuestro único reclamo a la victoria es que si ganamos la guerra contaremos menos mentiras sobre lo que pasó que nuestros adversarios”. Para desaprobar las mentiras y los abusos del pasado con fines políticos en el presente, la historia se tiene que escribir a través de las múltiples fuentes que sobreviven, contrastando y comprobando verdades. Las memorias aquí son imprescindibles. Las fuentes pueden ser escritas, como los archivos de la independencia de Restrepo, O’Leary y Bolívar; visuales, como mapas, cuadros o grafiti, o como el paisaje mismo de los acontecimientos y los restos arqueológicos que esconde. Aún, dos siglos después, los historiadores siguen encontrando nuevas fuentes con las cuales contar otras historias del conflicto armado de la independencia. Pero las fuentes también pueden ser orales, mantenidas vivas en las memorias de personas marginadas o victimizadas durante un conflicto. Así, las memorias pueden y deben también ser archivadas, es decir, guardadas para el futuro, en forma testimonial o a través del arte, la música o el cuento. Lamentablemente, no hay y no habrá una historia perfecta, una memoria histórica o una verdad aceptable esperándonos al final del camino, a la cual podríamos llegar si solo fuera posible recopilar todas las fuentes disponibles y analizarlas con completa frialdad, objetividad o neutralidad. De todos modos, las y los historiadores tenemos que trabajar como si esta fuera nuestra meta. Cada memoria que se mantiene, cada testimonio que se oye, cada archivo que se guarde es un ladrillo más para la construcción de una comprensión crítica del pasado. La historia la hacemos todos. Si queremos que la historia sea una guía para sociedades que buscan recomponerse de los horrores que hayan recorrido, es imprescindible que empecemos con una visión inclusiva de la historia y la memoria. Que no dejemos páginas recortadas en el suelo solo porque no nos sirven el día de hoy.

Por: Matthew Brown. Es doctor en historia por la University College London (2004). Actualmente es catedrático de historia en la Universidad de Bristol, Reino Unido, y autor de El Santuario: historia global de una batalla (Externado, 2016) y Legionarios, mercenarios y voluntarios en la independencia de Colombia (La Carreta, 2010). Dirige un proyecto de investigación de Colciencias/Newton Fund, ‘Memorias desde las márgenes’ (2018-2020), en colaboración con la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, y sus colegas María Teresa Pinto Ocampo, Fabio López de la Roche, Andrei Gómez Suárez y Julia Paulson.

* La columna bicentenaria es un proyecto colectivo coordinado por los profesores Daniel Gutiérrez (Universidad Externado) y Franz Hensel (Universidad del Rosario), en el que científicos sociales buscan dar perspectiva al bicentenario que se celebrará con motivo de la Batalla de Boyacá y la creación de la República de Colombia.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA