Opinión

Ser humanos

“Perdón, pero hay cosas que todavía no podemos saber, ya llegará el día...”.

02 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Ernst Gombrich fue quizás el historiador del arte más famoso del mundo y sin duda uno de los mejores, aunque con ese nombre habría podido dedicarse a lo que fuera, que para todo le sonaba igual de bien. Era austriaco, cultísimo y judío, razón por la cual, cuando los nazis empezaron a adueñarse de su país, huyó de allí hacia Inglaterra, donde haría toda su exitosa carrera, adoptado para siempre por la lengua inglesa.

Pero en 1935, cuando apenas tenía 26 años, como toda la gente decente, Gombrich aún estaba en Viena y acababa de terminar la universidad. Sin trabajo ni ganas de hacer nada –que es el trabajo más difícil que hay–, aceptó la propuesta del editor Walter Neurath, quien le dijo que por qué no traducía del inglés un libro de historia universal para niños que le acababa de llegar. Gombrich apenas lo ojeó y dijo: “Yo puedo escribir uno mejor”.

Entonces lo hizo, desde el principio de los tiempos hasta la víspera del suyo propio, casi hasta sus propios días. Pasaba la tarde en la biblioteca de sus papás leyendo sobre el tema del que fuera a escribir ese día, y por la noche, sin parar, escribía de una sola sentada un capítulo entero que a la mañana siguiente les leía a una niña de 9 años y a su novia y futura esposa, Ilse Heller.

Fueron 39 capítulos exactos, lo que quiera que ello signifique: 39 ensayos maravillosos sobre la historia de la humanidad desde su infancia hasta su decrepitud, justo cuando en Europa ya empezaban a meterse por todos los resquicios el horror y la infamia. Gombrich quería además que su libro, que en español se llama 'Breve historia del mundo', fuera ilustrado, pero con su escaso presupuesto solo pudo pagarle a un jinete sin empleo.

La utilidad y lo práctico, el dominio de la naturaleza para explotarla y usarla y conquistarla: allí empieza todo, parece decir Gombrich, allí se levanta la humanidad.

Y eso se nota en la edición original, pues los únicos que salen bien pintados son los animales y no los humanos. Como si hubiera allí, en ese azar económico, una especie de reivindicación y un secreto homenaje, como si esas ilustraciones revelaran que lo mejor de nuestra especie en toda su historia son los animales, no nosotros. Por eso quizás el capítulo más bello es el segundo, que se ocupa justo de los orígenes de la humanidad.

Era 1935, como ya dije, y las investigaciones científicas sobre ese tema, iniciadas a mediados del siglo XIX, daban pasos agigantados, pero aún no se habían hecho los grandes descubrimientos que desde entonces nos han permitido saber, cada vez con mayor precisión, cómo fue todo y cuándo empezó todo y quién lo hizo: cómo, cuándo y dónde, incluso por qué. Nuestra prehistoria, que cada día lo es menos.

En ese capítulo es como si Gombrich lo intuyera, y se lo dice a sus lectores con humildad: “Perdón, pero hay cosas que todavía no podemos saber, ya llegará el día...”. Entonces cuenta del ‘hombre de Neandertal’ y de su cráneo y de sus dientes, y de su cerebro y de sus manos. Y traza una suerte de línea divisoria entre los precursores del hombre y el hombre, y dice: “Ningún animal hizo utensilios, solo nuestra especie...”.

La utilidad y lo práctico, el dominio de la naturaleza para explotarla y usarla y conquistarla: allí empieza todo, parece decir Gombrich, allí se levanta la humanidad. Después llegará lo demás: el poder, el pensamiento, la libertad... Lo curioso es que ayer me acordé de él (por eso escribo esta columna; ya nadie tiene 26 años) porque leí un artículo sobre João Zilhão, un arqueólogo portugués que está diciendo algo distinto.

O más bien: en sus investigaciones con los restos de la ‘cultura neandertal’, Zilhão ha demostrado que una prioridad en ella era la belleza: el arte y la contemplación, entender el mundo y no solo dominarlo. Sufrirlo y contarlo, eso es lo que nos hace humanos también.

Hablar hoy del libro de Gombrich, por qué no.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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