Opinión

Feliz Navidad

25 de diciembre es un día como detenido en el tiempo: apenas si sopla el viento.

28 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Estoy en Cali pasando Navidad, acabo de llegar; acabo de volver, más bien, estar en Cali siempre es volver. De esta ciudad, que no es la mía pero que es como si lo fuera, me gusta todo: sus olores; sus ruidos; su clima a las cinco de la tarde, que debe de ser el clima del Paraíso. Y me gusta sobre todo como habla su gente: decirle ‘papi’ al que sea, decirle ‘maleto’ a una maleta, decirle ‘comando’ al portero y ‘guarda’ al policía. Lo demás es loma.

Ayer fue la Noche Buena, la noche de Navidad: a las seis de la tarde parecía como si el mundo se fuera a acabar –por suerte no, no todavía– y la gente corría por las calles como todos los años en esta misma fecha, en este mismo día: no sabe uno bien por qué, es inexplicable, pero siempre hay que salir para algo el 24 de diciembre a las seis de la tarde. Así que todos estábamos afuera.

Yo iba en un taxi que me tenía que llevar desde el sur de la ciudad hasta el oeste, para luego regresarme adonde me había recogido. El taxista se llama Carlos; por supuesto que en su carro se oye salsa erótica o sensual, sonó 'Me gusta como tú me amas', de la orquesta La Inmensidad. También sonaba la pólvora, a lo lejos, y los aires de una chirimía confundidos con la lluvia, “panita, yo te dejo aquí”, me dice Carlos.

El ritual de salir a la calle a estrenar los regalos; el día del año que uno había esperado todo el año.

Y hoy ya es el día de Navidad, 25 de diciembre, que es un día como detenido en el tiempo: apenas si sopla el viento; el reloj se mueve muy lento, entre bostezo y bostezo. Siempre, en alguna casa vecina, alguien pone salsa otra vez, eso es lo que suena y no para de sonar. No es difícil imaginarse la escena: las pijamas (las pantalonetas, las chanclas), los estragos de la noche anterior, los vasos medio llenos y medio vacíos.

Pero hay un ritual que es el más lindo del día de Navidad, el que le da sentido y lo justifica y lo salva. Desde que tengo memoria es igual, aunque ahora lo vivo como testigo y ya no como protagonista, quizás por eso me gusta tanto volverlo a ver: porque con él regreso en el tiempo; con él me acuerdo, como si fuera ayer, de cuando era niño y yo también lo practicaba y lo celebraba con la misma felicidad.

Es el ritual de salir a la calle a estrenar los regalos; el día del año que uno había esperado todo el año. Desde muy temprano el 25 de diciembre se va poblando de niños que pasaron la noche en vilo y exhaustos y salen al mundo a estrenar la felicidad. Unos van en patines, otros en bicicleta, otros con un balón, otros con un muñeco: cada quien en la medida de sus posibilidades, ojalá, cada quien con lo que el Niño Dios le bajó.

Yo estoy en una terraza de un segundo piso que da a un parque, estoy escribiendo esta columna –trato de hacerlo– y llevo horas maravillado viendo cómo van y vienen los niños con sus regalos. Podría sonar ya mismo esa funesta y ominosa canción que se llama 'Mamá, dónde están los juguetes': un abismo hecho música; nunca nada fue más triste ni más deprimente ni más infame que esa canción.

Pero en cambio sonrío enternecido porque acabo de ver (acabo de pillarme), desde el principio, un clásico del género: había un niño feliz con una patineta, su abuelo salió con él desde hace rato, lo ha acompañado con abnegación todo el tiempo, ha tratado incluso de explicarle cómo hacer para no caerse ni meterse en el pasto. Iban muy bien, hasta que llegó otro niño, acaba de llegar, a estrenar un dron.

Le veo la cara al niño de la patineta que la mira pero no puede quitarle los ojos de encima al niño del dron, que lo ignora. El abuelo le dice que siga montando, y él lo hace pero ya sin ninguna convicción. Me gustaría bajar a decirle que no se preocupe, que así es la vida.

Pero ya lo sabrá. Incluso, algún día, querrá bajar a decírselo a un niño el día de Navidad.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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