Opinión

De quién la culpa

Es mucho más fácil que la culpa sea siempre de los otros: los políticos, los medios, el árbitro.

05 de diciembre 2018 , 11:09 p.m.

Ya se ha explicado hasta el cansancio cómo funciona todo, cómo se supone que caímos en la trampa: íbamos y vamos por el mundo digital dejando nuestras huellas –nuestra vida entera, ahí regada–, a partir de las cuales es muy fácil trazar lo que pensamos y lo que nos interesa, lo que nos obsesiona, lo que nos aterra, lo que podría llegar a conmovernos. Allí está lo que somos, sí, pero también aquello en lo que podemos convertirnos.

Eso fue lo que descifraron muy rápido, se dice, los estrategas políticos, los manipuladores de oficio, los dueños del mundo. Fueron ellos, se dice, quienes primero intuyeron que hoy la gente pasa más tiempo asomada al mundo desde una pantalla que por fuera de ella, y que gracias a eso nunca había sido más fácil controlarnos a todos como a ratones de laboratorio. Eso somos, eso parecemos.

El sueño de las ‘redes sociales’ como un espacio inocente de explotación de la nostalgia, o de la vanidad, o del ocio y la superficialidad, o del pensamiento propio en aras de la discusión y del diálogo y aun del exhibicionismo y de la libertad, ese sueño muy pronto se reveló como lo que también es: un infierno y una pesadilla; un vertedero de pasiones y delirios que se pueden manipular según le con-venga al que pague por ello.

Idealizamos al pueblo, nos idealizamos, y esa ecuación es perfecta porque siempre incluye, al otro extremo, la influencia de fuerzas oscuras que nos obligan a saltar por el desfiladero.

Qué: ¿Creíamos de verdad que todo era tan bueno, que todos tan contentos, jajaja, jijiji, jojojo, “me gusta”? Hace poco, y a propósito del mismo tema, Massimo Gramellini recordaba en el Corriere della Sera la frase lapidaria del mercado, la vida y la moral: “Cuando un comerciante nos deja hacer gratis lo que más nos gusta es porque la mercancía somos nosotros”.

Y sin duda lo somos: todos nuestros datos y nuestro comportamiento digital (es decir nuestro comportamiento) han sido vendidos y revendidos varias veces quién sabe a quiénes, y con esa información, sin darnos ni cuenta, es muy probable que estemos ya camino del abismo, arrastrados como van las vacas directo al matadero, de cabestro, mugiendo y con los ojos abiertos sin saber hacia dónde. O aun peor, sabiéndolo.

Esta idea, sin embargo, se refiere solo a los manipuladores: a los presuntos dueños de la trama, a los perversos acariciadores del gato. Y nos indignan su cinismo y sus engaños, no podemos creer que se hubieran atrevido a tanto. Ya se dice que por eso, por métodos así, ganaron Trump en los Estados Unidos, el funesto brexit en el Reino Unido –que por suerte hace agua, bien hecho– y el ‘No’ en el plebiscito colombiano.

Como si de verdad la gente necesitara que la engañen para ser lo que es, vuelvo a decirlo, pues ya lo había dicho aquí mismo hace meses; como si esa fuera la causa de sus comportamientos, no el pretexto y la disculpa para justificarlos luego. Idealizamos al pueblo, nos idealizamos, y esa ecuación es perfecta porque siempre incluye, al otro extremo, la influencia de fuerzas oscuras que nos obligan a saltar por el desfiladero.

“Son unos pocos”, se dice siempre cuando en el fútbol, por ejemplo, hay un hecho violento y salvaje. Pero no es cierto: no son unos pocos, son demasiados. Y ese mismo espíritu de secta, de barra brava, lo carcome todo hoy, empezando por la política: hinchadas ciegas (como si hubiera otras; eso es ser hincha) que no aceptan ni reconocen sino su credo y su verdad, lo demás es todo bajo, despreciable e inmoral.

Es mucho más fácil y más cómodo que la culpa sea de los demás, siempre los otros: los políticos, que hacen méritos, eso sí; los medios, que también se dan garra; los entrenadores, el árbitro, la lluvia. Incluso hay idiotas que de verdad señalan a los ‘algoritmos’: ¡ahí están, esos son! Por qué nos hacen esto.

Y en la noche, muy tarde, cerramos el computador. Otro culpable habrá mañana.

catuloelperro@hotmail.com

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