Opinión

De memoria

“Huele a guardado”: la definición perfecta de la memoria, de lo que nos hace ser lo que somos.

27 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Volví ayer a Padua, una ciudad de Italia en la que viví por un tiempo más o menos largo. Y aunque esta vez estuve allí apenas por un día, me gustó descubrir que todo estaba en el mismo lugar, en su sitio: esa casa con un jardín florido por la que siempre pasaba en bicicleta; una calle estrecha, la Via Memmo, que sube hasta el centro y desemboca en un café; las iglesias, las esquinas, las ventanas: todo allí.

Era casi como si mis pies tuvieran memoria –de eso se trata– y me llevaran por la ciudad en movimientos inconscientes y aprendidos hace tiempo en los que yo ni siquiera tenía que pensar, de los que esta vez yo no debía preocuparme: rutinas que se quedaron allí latentes, y que se despiertan y se activan con solo volver a pisar esas piedras, seguir el camino. No hay mejor mapa que ese.

Pero también mi lengua reaccionó distinto en Padua; sin forzar nada, sin buscarlo ni planearlo ni fingirlo, que así no tendría ninguna gracia. Fui a preguntarle en la calle a un señor si allí (frente al hospital) se tenía que pagar el parqueadero, y le hablé con un acento diferente, quizás el que yo usaba sin saberlo cuando vivía en la ciudad. Me di cuenta de inmediato de eso, desdoblado, como si me pudiera escuchar desde afuera.

Pasa igual con los olores, ¿no? Que nos devuelven en el tiempo de un solo golpe, nos hacen recordar. Hay un olor particular de la madera cuando se envejece que a mí me huele siempre a lo que olían los cajones de la máquina de coser de mi abuela. Una vez oí a alguien decir de ese olor que para mí es perfume: “Huele a guardado”. Me pareció la definición perfecta de la memoria, de lo que nos hace ser lo que somos.

Un lugar de la memoria nos hace ir a la infancia, por ejemplo, cuando muchos años después volvemos a comer algo que sabe a lo que comíamos cuando éramos niños

Como montar en bicicleta o tocar guitarra o hacer 21 con un balón o saber jugar con esa lana entre los dedos para ir haciendo cada vez más figuras y enredos y misterios: no sabemos ni siquiera lo que es capaz de recordar nuestro cuerpo; no nos acordamos de eso sino solo cuando ocurre, y nos parece un milagro, y el tiempo vuelve y se instala allí y hace que al menos por una vez, otra vez, sí nos bañemos dos veces en el mismo río.

No en vano los antiguos hablaban de los ‘lugares de la memoria’ como una estrategia retórica para que los oradores, en el foro, pudieran ‘concebir’ su discurso mientras lo iban más bien ‘recordando’: mientras iban asociando en su mente el orden de las palabras y los conceptos y las figuras y las metáforas y los argumentos con un orden físico y familiar, con una estructura por la que se pudiera caminar como quien camina por su propia casa.

Hoy se habla de los ‘lugares de la memoria’ para designar otra cosa que sin embargo es más o menos la misma, también: sitios, o personas, u objetos que permiten pensar y recordar la historia, evocarla en todos los significados que están presentes en aquello que por alguna razón nos devuelve en el tiempo, lo recupera para nosotros. Como quien oye la música de su juventud y vuelve a estar en ella por un instante; peor es nada.

Incluso los sabores –sobre todo los sabores– son un poderoso detonante de los recuerdos: un lugar de la memoria que nos hace ir a la infancia, por ejemplo, cuando muchos años después volvemos a comer algo que sabe a lo que comíamos cuando éramos niños. A mí me pasa con unas galletas de mermelada que hacía mi nonna: llevo toda la vida persiguiendo ese sabor y siempre que lo encuentro vuelvo al paraíso.

Marcel Proust escribió la mejor novela del siglo XX, o una de las mejores, al mojar un pastel en un té. Los recuerdos son nuestra ficción, solo allí vive el tiempo. O como decía Giordano Bruno: la memoria es un faro; una invención que nos va iluminando.
También lo dijo un borracho: “Quizás, si pudiera recordarte, tal vez te olvidaría”.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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