Opinión

¿Votaremos contra la paz?

No podemos volver a abrirle campo a la tórrida guerra. Por la paz hay que darlo todo.

23 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

Durante más de sesenta años Colombia ha sido ante el mundo epicentro de la carnicería más atroz, manifiesta en miles de millares de asesinados con sevicia sin par, sobre todo en campos y aldeas, con un carácter en un principio netamente partidista y expoliador. Anegado en sangre y en lágrimas se ha mantenido el país durante todo el período de nuestra vida. Esto lo sabemos todos, pero a muchos, muchas veces se les olvida. Unos perseguidos descamisados se alzaron para que los agentes del Gobierno y los terratenientes no los mataran, y prevalidos como justicieros populares encartillados por el marxismo, entablaron una lucha contra el sistema que comenzó aterrando a los que mantenían la sartén por el mango.

Al inútil enfrentamiento con soldaditos, que a veces eran sus familiares, sumaron otras formas de lucha como el secuestro extorsivo, el boleteo y el abigeato. Como defensa y retaliación hubieron de apelar estos vulnerados en sus confortables derechos a un remedio más letal que la enfermedad, como fue la conformación de grupos paramilitares, debidamente aleccionados por carniceros internacionales y amparados, cuando no secundados, por el Estado, quienes se bautizaron pomposamente como Héroes y Apóstoles de las regiones donde operaban. Y su heroísmo y apostolado consistían en ejecutar campesinos trozándolos con motosierras, acusados de “auxiliadores de la guerrilla”, por el hecho de que esta había pasado por su casa rural y la familia, presa de miedo, les había suministrado algún bocado de comida o una bebida. O porque una de las niñas de casa se había ennoviado con un subversivo. También, señalados desde los bufetes de seguridad del Estado o desde sillones oligarcas, se encargaron de ejecutar a quienes consideraban incómodos cuestionadores de sus comportamientos, así fuera a través de toques de humor, como pasó con nuestro inmortal amigo Jaime Garzón.

Quienes no quieren soltar los privilegios de poder, temerosos de las investigaciones que les vienen pierna arriba, deslegitimaron y desacreditaron la paz, hasta prometer volverla trizas en su gobierno

En medio de esta prolongada borrasca sangrienta, a alguien encargó el Gobierno de adelantar conversaciones de paz con una guerrilla que, en medio siglo, las armas oficiales –y las no oficinales– no habían podido contrarrestar, y menos vencer, lo que se estimaba imposible. A esta guerrilla se le había aparecido la Virgen en el monte en forma de una mata sagrada para los aborígenes, con cuyo comercio desangraban las arcas gringas y financiaban sus movimientos. Así, secuestro y narcotráfico resultaron “delitos conexos”, pues como declaró cínicamente, en un noticiero uno de sus comandantes, “a nosotros no nos prestan plata los bancos”.

El elegido fue el personaje que había logrado sacar adelante la Constituyente y la consecuente Constitución del 91, Humberto de la Calle. Es el único que, después de Homero, ha acometido dos epopeyas. Por más de cinco años, casi que enclaustrado en la Cuba revolucionaria y renunciado de su vida de hogar, le tocó a este abogado, con simpatías filosóficas, literarias y nadaístas, poner a prueba su capacidad de persuasión entre dos grupos de rayanas intransigencias. El mundo estuvo pendiente del glorioso desenlace del proceso, que luego han querido convertir en un parto de los montes. El entusiasmo fue planetario. Bajó a 0 la ocupación de los hospitales militares. Se secaron los llantos de los eternos millares de víctimas y familiares. Bueno, exceptuando los de los líderes populares víctimas de una matanza sistemática todavía no bien aclarada.

En un dos por tres, quienes no quieren soltar los privilegios de poder, temerosos de las investigaciones que les vienen pierna arriba, deslegitimaron y desacreditaron la paz, hasta prometer volverla trizas en su gobierno. Que es a lo que estamos mayormente abocados.

Y es lo que no podemos permitir. No podemos volver a abrirle campo a la tórrida guerra. Por la paz hay que darlo todo. Y el único que la puede defender a cabalidad es su gestor, De la Calle. De la Calle a Palacio.

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jotamarionada@hotmail.com

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