Opinión

Los gajes del ocio

Acaba de terminar el homenaje al nadaísmo en sus 60 años que nos tributó Villa de Leyva.

01 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Han pasado 60 años desde que un jovencito antioqueño, luego de escapar al linchamiento tras la caída de Rojas Pinilla como presunto colaborador, decidió crear el movimiento artístico y filosófico más negativo y cuestionador de la historia, al que bautizó nadaísmo, haciendo honor a su único patrimonio. 

Se preocupó por integrarlo con una muchachada rebelde, inope, provinciana y sin esperanzas (“el mundo es verde, y sin embargo no hay ninguna esperanza”, dijo Cachifo), asqueada de la violencia cuando no víctima directa (“es el movimiento más importante del país después de la Violencia, con 300.000 afiliados”, apuntó X-504), de crear alrededor de ella una espléndida mala reputación (“a mis espaldas siempre había una llave en movimiento”, confesó Dariolemos refiriéndose al carcelero), de denunciar todo lo que atentara contra la dignidad humana (“mi más profunda aspiración fue la santidad”, le cantó Eduardo Escobar a su último confesor) y de evitar el respaldo del establecimiento al que repudiaba (“seguiremos en desacuerdo con el mundo cuando el mundo nos conceda la razón”, escribió el susodicho).

La partida de bautizo generacional consistió en la publicación, en Ediciones Triángulo de Medellín, del libro '13 poetas nadaístas', el profeta y sus doce apóstoles, de los cuales quedamos 3. Pero hay cientos de discípulos que no han cesado en su prédica, tanto que uno de ellos logró la firma de la paz en Colombia, por lo que deberíamos estar en la presidencia si el pueblo bruto no se mantuviera empeñado en neutralizarnos. Tantos poetas nadaístas hubo que el panorama que me ha encargado la Biblioteca Nacional se titula ‘60 poetas nadaístas de los últimos días’. Y eso que se perdió la obra de muchos.

En muchas partes de Colombia y el mundo se nos ha colmado de aplausos, de bendiciones, de reconocimientos y homenajes por nuestra retahíla contra la degollina y nuestros inmotivados cantares.

Pero también en muchas partes de Colombia y el mundo se nos ha colmado de aplausos, de bendiciones, de reconocimientos y homenajes por nuestra retahíla contra la degollina y nuestros inmotivados cantares. Se comenzó el año pasado en Copenhague, Malmo, Helsinki y Berlín. Y se ha seguido en Popayán, Medellín, Dosquebradas, y se seguirá en Bogotá, Cali, Palmira, Cartagena y Atenas si la diosa Minerva y el Ministerio de Cultura nos lo permiten.

Ahora acaba de terminar el homenaje al nadaísmo en sus 60 años que, dentro de su Festival de Poesía, nos tributó Villa de Leyva, donde se exaltó la obra de todos y cada uno de los cabecillas de la lírica facción rebelde, así Jaime Jaramillo, Eduardo Escobar, Pablus Gallinazo y Patricia Ariza, de entre los invitados, no pudieran estar presentes. Estuvieron, en cambio, Jan Arb y Angelita, la gloriosa Yoko Ono del nadaísmo, antigua residente con el profeta de la villa de los virreyes, adonde se dirigía cuando el fatal accidente.

Vamos a los premios literarios al nadaísmo. En vida varios le fueron concedidos a Gonzalo Arango. Y también a Jaime Jaramillo Escobar. Eduardo Escobar recibió el Premio Nacional de Periodismo en 2000. Yo tuve contacto mediúmnico con unos doctores de la Iglesia, quienes me prometieron cinco premios de literatura si les cumplía. Así recibí el Premio Nacional de Poesía de la Oveja Negra, por entonces de García Márquez; 15 años después, el de Colcultura; 4 años después, el del Instituto Distrital. Entonces escribí dándome ínfulas de que era tricampeón como Ramón Hoyos. Humberto De la Calle me ripostó que no fuera tan chicanero, que Hoyos había sido pentacampeón, que me faltaban dos. Once años después gané el morrocotudo ‘Chino’ Valera Mora, de la fundación Rómulo Gallegos, de Caracas; y 5 años más tarde recibí el Premio Ramón López Velarde, de la Universidad de Zacatecas, por obra y vida. Así pude ripostarle a De la Calle que ya era pentacampeón sin chicanerías, y más bien gracias a la promesa de mis maestros espirituales. Ahora acabo de merecer, por mis propios méritos, el Premio Dámaso Alonso, en España, también por la obra y la vida. Con seguridad que lo merecen más Jaime Jaramillo Escobar y Eduardo Escobar, por ser mejores escritores que yo. Pero, como son tan huraños, los españoles me escogieron a mí, que soy más simpático. Son los gajes del oficio, y del ocio.

JOTAMARIO ARBELAÉZ
jotamarionada@hotmail.com

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