Opinión

La toma de Manizales (1)

Buscábamos sin armas desarmar ese espíritu sanguinario.

04 de diciembre 2018 , 07:03 p.m.

Hace 58 años llegamos a esta ciudad –la memoria involuntaria no me permitirá desvariar– cuatro poetas nadaístas, dos desde Medellín, Gonzalo Arango y Amílkar U, y dos desde Cali, Elmo Valencia y Jotamario, en sendos buses de Flota Magdalena –porque “si flota Magdalena flota el nadaísmo”, consignamos, y estábamos en lo cierto–, dispuestos a comenzar una gira nacional y mundial que nos permitiera recuperar no solo nuestro país sino todo el planeta, que tal como iba se dirigía hacia el exterminio por culpa de la ceguera, la ambición y la iniquidad del hombre del siglo 20.

Estábamos sumergidos en esa época de la primera violencia partidista, todavía sin ribetes de izquierda, que fue apareciendo como defensa de aquella. Todas las madrugadas aparecían en la prensa las fotos de campesinos decapitados. Los liberales como mi papá y mi padrino Picuenigua tenían que dormir escondidos para que no los fueran a pescar de noche. La Iglesia atizaba la furia de los camorreros contra los antiguos nueveabrileños. Eso nos dolía, y buscábamos sin armas desarmar ese espíritu sanguinario. Sin armas porque éramos unos héroes muy cobardes, incapaces de apretar el dedo en un gatillo que no fuera de carne, que pensábamos que apelando al terrorismo verbal del que hacíamos gala haríamos a los violentos y sus padrinos políticos tomar consciencia de que esta gran masacre nacional no podía ser el pan de los días.

Aun siendo apenas veinteañeros la mayoría, anhelábamos la paz para poder escribir y leer y componer y pintar y beber y tirar tranquilos. Pero desde luego que no nos íbamos a poner de robinjudes de un pueblo que nos daba pena porque a él pertenecíamos, pero del que nos salíamos a través de la nueva poesía y el nuevo arte, para empezar, y luego a través de ciertas sustancias sagradas que nos permitían trasponer una realidad purulenta y pasar a la realidad hechizada. Y eso era lo que había que comunicar, sobre todo a la juventud. Ni comer callados ni tragar entero. Y si había que vomitar, que fuera en las alfombras de la burguesía. Que para algo nos invitaba –con aires de masoquista– a sus salones después de nuestros tropeles.

En la librería Atalaya nos encontramos con nuestro leído novelista de aliento comunista Iván Cocherín. “Conmigo de padrino, llegarán lejos”, nos dijo brindándonos vodka Moscowskaya. Y aquí estamos ahora, en la Manizales del alma, invitados en Albatros de Poesía, evento que organiza la Corporación Cultural Iván Cocherín a través de su hijo Cocherín 2, celebrando como Dios y Marx mandan los 60 años del “evangelio de la nueva oscuridad”, como era el eslogan. Qué buenos profetas son los poetas.

Nos alojamos en una piecita de cuatro camas más flacas que nosotros, en algo así como el hotel Estación. Solo llevábamos para financiarnos algunos ejemplares de HK-111, el libro de teatro de Gonzalo, que nos compraban entusiasmados y a buenos precios los militantes del MRL. Nos dirigimos a la Biblioteca Departamental, donde estábamos programados, y la encontramos cerrada con un grueso candado, cosa que nos pasaría también en Cali. Nos dirigimos entonces a la plaza de Bolívar, donde improvisamos catilinarias contra el Estado y contra el estado de cosas, ante un público de estudiantes escapados de clases, mensajeros, balas perdidas y vendedores de empanadas en grandes ollas de aluminio que nos aplaudían con sus tapas. En vista del chasco y para que no pensáramos que estábamos en una ciudad de cavernícolas, la Universidad de Caldas nos abrió sus puertas. Y no solo llenó el aula máxima con estudiantes y profesores expectativos, sino con dos filas de monjas de cofias blanquinegras que daban un aire fellinesco al recinto. Y había una grabadora para consignar nuestros borborigmos. A pesar de que hacía calor, llegamos con paraguas y gabardinas. Antes de comenzar a hablar el primero, las monjas fueron desfilando como protesta por nuestras fachas. (Continuará)

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