Opinión

De la nada a la vida

Ingresamos a los paraísos artificiales. No se nos ocurrió que también la vida real merece vivirse.

06 de noviembre 2018 , 08:45 p.m.

Se necesita amarse mucho para querer continuar viviendo”, solían repetir en los bares los ángeles desahuciados de mi generación sesentera. Delante de sus vasos de cerveza bien rebosantes, por cortesía del anfitrión integrado, y luego de haber matado la chicharra en el sanitario. Ninguno quería tener tanto amor propio para eludir el suicidio, como bien había sabido hacerlo nuestro jovenzuelo contemporáneo Andrés Caicedo, gran escritor post mortem y ávido consumidor de literatura macabra. 

Pero ninguno tenía a la mano un revólver, y las pepas sin sobredosis lo único que hacían era mantenerlos trabados. No era una protesta contra el Estado, ni contra el estado de cosas ni contra ninguna otra cosa que no fuera la existencia misma, tan venida a menos con las posguerras. Para algo se leía a Sartre y se concluía que la vida era una pasión inútil. Que la poesía era la elección del fracaso cuando no el ocio del pueblo. Y que la muerte convertía nuestra existencia en destino.

“Si hemos de morir en una hecatombe nuclear como está anunciado”, tronó el Nadaísta de Cartago en el Bar Tamanaco, “prefiero morir por mis propios medios”; pagó la cuenta con lo único que le quedaba y se fue para la casa de su mamá, donde se tomó un trago de arsénico y a renglón seguido se pegó un tiro en la sien derecha. Lo único que logró con ese gesto desaforado fue que lo elimináramos a la vez de nuestras curiosas antologías. No queríamos Joseasunciones en nuestras filas. No seguiríamos fomentando desasosiegos. Ya estábamos en el zen.

En el nadaísmo éramos el Profeta, sus discípulos y los discípulos de sus discípulos. Los que, como no había doctrina, en el camino con sus actos la iban armando.


Habría que hacer una cuenta pírrica de los suicidas filoexistencialistas de nuestra tabla redunda. Menos mal, allí estarían sumando a nuestro saldo rojo esas deserciones. Fueron un poco más los que agarraron el camino suicida de las guerrillas, inflamados por la pasión redentora. A veces recibíamos de regreso unas boinas con una estrella y su agenda con un par de poemas rojos. Y los que cayeron en los matrimonios formales. Obscenos hombres domésticos, como los calificó el colega Eduardo Escobar en sus confesiones. Ardientes devaneos que, por lo general, no duraron sino hasta llenar los nidos de hijos. Vivíamos en las décadas del instante. Ir a toda velocidad pero sentaditos, sin olvidar que la realidad nos estaba viendo. Todo lo que teníamos para gastar era juventud, y hartos alientos para consumirnos. Había que errar al exceso, al azar y sin esperanza, pues ningún camino conduce a donde uno quiere.

Para no ingresar a la torre de marfil en solidaridad con los elefantes, lo hicimos a los paraísos artificiales. No se nos ocurrió que también la vida real merece vivirse. Si el mundo le había quedado mal hecho al Gran Arquitecto del Universo, peor nos iban a quedar a nosotros las precarias reparaciones. Apenas apuntaladas por la poesía. ¡Y qué poesía! Nos proclamamos desde un principio poetas geniales, y la mayoría no escribió ningún poema que permitiera refutarlo. Y mucho menos confirmarlo al discipulado. Porque en el nadaísmo éramos el Profeta, sus discípulos y los discípulos de sus discípulos. Los que, como no había doctrina, en el camino con sus actos la iban armando.

Nos manifestamos profetas de la nueva oscuridad con el atenuante de que no decíamos nuestras profecías por miedo de que no se nos cumplieran. Ser profetas de la muerte y la destrucción nos era perogrullada. Y serlo de la esperanza, de esplendores futuros, de renacimientos paradisiales nos repugnaba como trucos de engañabobos.

Patentamos nuestra locura para librarnos de la cuerda del sistema que ahogaba nuestra libertad de respiración, de expresión, de fornicación, de audición, de visión y cosmovisión. Nos insinuamos peligrosos y nos creyeron, tanto que a nuestro paso los creyentes se santiguaban intuyéndonos anticristos, y los avezados políticos tenían que esgrimir sus paraguas con pararrayos ante nuestra ofensiva de centellas y salivazos.

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