Opinión

Fiestas de la Cabuya en Aranzazu (Caldas)

En este puente festivo, los aranzacitas deben regresar a esas calles en donde jugaron siendo niños.

09 de octubre 2018 , 11:50 p.m.

En una de las estribaciones de la cordillera Central, en el norte de lo que en un tiempo se llamó la mariposa verde, departamento de Caldas, existe un pueblo que fue en mi niñez espacio azulado de mis juegos, en mi adolescencia escenario brumoso de mis sueños y en mi madurez pedazo de tierra donde evoco con nostalgia viejos tiempos. Ese pueblo se llama Aranzazu. A ese espacio de mi infancia regreso a veces, con el alma atribulada, para recordar mis ancestros. Recorro entonces sus calles como queriendo desenredar el hilo del recuerdo. Y si miró hacia la torre de la iglesia evoco el sonido de esas campanas que en las madrugadas interrumpieron mi sueño. Y si detengo mi mirada en los viejos balcones de madera, encuentro como perdida la sonrisa alegre del abuelo.

Es agradable regresar a la aldea donde escuchamos por primera vez el sonido del viento. Cuando se regresa, uno anhela saber si todavía existen esos lugares que en la niñez fueron referentes de alegrías y de sueños. Si todavía en las huertas caseras se cultivan las coles que adobaban los alimentos, si en la esquina todavía se escucha la música que alegró los encuentros, si la muchacha que desde una ventana miraba al cielo todavía sonríe cuando ve un lucero. Uno regresa al pueblo de la infancia para mirar la vieja casa donde una madre amorosa tejió con sus manos nuestro destino incierto, para recordar a ese maestro que pulió con esfuerzo esa arcilla que fuimos en la edad primera, para saber cuántos amigos quedan en ese terruño donde en cada agosto elevábamos cometas.

Aranzazu ha sido para mí motivo de inspiración. Cada que regreso siento vibrar en el alma la música del recuerdo. Tanto que podría repetir este verso de Nicanor Parra, el gran porta chileno nacido en San Fabián de Alico: “A recorrer me dediqué esta tarde / las solitarias calles de mi aldea /, acompañado por el buen crepúsculo / que es el único amigo que me queda /. Todo está como entonces, el otoño / y su difusa lámpara de niebla /, sólo que el tiempo lo ha invadido todo / con su pálido manto de tristeza /”. Y cuando estoy lejos, separado de mi pueblo por kilómetros de distancia, siempre evoco su noble arquitectura y ese verde que juega en sus montañas. Por esta razón, hace 38 años, escribí la letra de un pasodoble al que el maestro Manuel Alvarado le puso música: Aranzazu, canción y poesía.

Hace veinte años escribí la historia de mi pueblo. El libro se llama Aranzazu: su historia y sus valores. Allí hablé de cómo una raza pujante desbrozó montañas para fundar una aldea que años más tarde se convertiría en referente de mis cuentos. Describí cómo la colonización antioqueña hizo posible la fundación de pueblos que después formarían un nuevo departamento. En ese libro, que es un testimonio de mi preocupación por el espacio de la infancia, describo cómo se fundó el pueblo. Y hablo de esas cosas que nos han dado identidad como raza formada en valores, y elogio la estampa de esos abuelos que tumbaron montañas para hacer realidad un sueño, y expreso el respeto a esos principios que nos inculcaron unos padres que en horas tranquilas elevaban su oración al cielo.

En Aranzazu los atardeceres son frescos como la lluvia que leve se desgrana, y las mañanas pespuntan con sus nubes de plata. “Pequeño atlas encerrado en cercanías de bulliciosas quebradas, en linderos que se dejan acariciar por el golpe de la vista”, lo llamó César Montoya Ocampo. En el aire campea ese olor a madrugada que tiene el campo cuando los sinsontes despiertan con sus trinos a la peonada. También ese aroma a café recién molido que llena los corredores cuando en la noche los campesinos juegan cartas. Los viejos se sientan en un café a rumiar nostalgias. Y con su mirada apagada observan, en silencio, si en el horizonte se advierten nubes que presagien agua. Sus pobladores, que heredaron las costumbres paisas, profesan una gran fe en Dios.

Lo aquí escrito tiene una razón: motivar a los aranzacitas para que en este puente festivo visiten el pueblo donde vinieron al mundo. ¿El motivo? La celebración de las XXV Fiestas de la Cabuya. El propósito de esta columna es inculcar en ellos el amor por el espacio de la infancia, y sembrarles en el corazón la idea de regresar para que se reencuentren con sus raíces, para que añoren ese pasado que como un perro rabioso nos muerde el alma, para que recorran de nuevo esas calles en donde jugaron siendo niños. Aunque quienes hace muchos años abandonaron Aranzazu lo van a ver cambiado, allí estará esperándolos la sonrisa de su gente. Ellos sienten alegría al ver caminando por sus calles a quienes hace muchos años se fueron en busca de nuevos horizontes.

JOSÉ MIGUEL ALZATE

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