Opinión

De la cultura sin ética y sin moral a la recta formación

Es necesaria una gran campaña educativa en todos los ámbitos y por todos los medios posibles.

22 de diciembre 2017 , 11:38 p.m.

Cosa grave y dolorosa nos viene sucediendo, en el mundo entero, pero de manera muy acentuada en Colombia: que muchos ciudadanos han tomado en las últimas décadas el camino del dinero fácil y la práctica de poner su consecución por encima de cualquier otro objetivo en la vida, sin darles importancia a los medios y las formas de lograrlo. 

Se comienza por pequeños detalles de comportamiento y se llega poco a poco hasta los graves extremos de corrupción que se han venido destapando en estos días. No podemos continuar como vamos. Una gran campaña educativa en todos los ámbitos y por todos los medios posibles es absolutamente necesaria, irreemplazable, particularmente en nuestra Colombia de hoy.

Respeto profundamente las opiniones de quienes aseveran y nos han puesto a pensar más, con argumentos serios y con respaldo en citas de personajes bien reconocidos, que la ética no se enseña. Pero me inclino yo por lo contrario. Creo que, aunque no es fácil, especialmente cuando tanto de ella se ha perdido, la ética sí se enseña. Y se aprende. Con prédica bien razonada, oportuna y persistente, con ejemplo y con sanción social.

Con lo de la prédica no me refiero al sermoneo religioso, que también puede ser útil en algunos medios sociales muy aferrados a doctrinas como la católica, sino a la insistente y bien razonada difusión de normas de comportamiento, de convivencia, de respeto por los demás y por sus derechos. Así han logrado muchos países, muchas regiones, sembrar y cultivar el apego a esas reglas y formas, de manera tal que se convierten en la moral colectiva, respetada y practicada por el común de las gentes, al menos de algunas regiones que se van diferenciando de forma bastante duradera.

Las oportunidades para esa prédica explicada y razonada, para mostrar el buen o el mal ejemplo, para la reprensión y el rechazo, se presentan en el día a día del desarrollo humano.

Así, cuando el papá no marca un pare o se cruza un semáforo en rojo porque no viene otro carro, les está dando una pésima lección de convivencia y de rectitud a sus hijos. Y peor cuando resuelve darle dinero a un policía, así sea muy poco, para que lo deje seguir cuando no tiene en regla el certificado de gases de su vehículo.

O con algo tan corriente como ‘dígale que no estoy’, una simple mentirita –en mi familia se decía que el que miente roba–; luego, la pequeña trampa en el colegio, en el trabajo, el no pago de los compromisos o de las obligaciones, laborales, contractuales o legales, y se va pasando a la ejecución de obras sin las licencias requeridas, al pago por permisos que no se deberían dar, a la tolerancia o el favorecimiento, a la admiración y el premio por la riqueza sin justificación ni examen, a la coima activa o pasiva, a la evasión de la justicia o el apoyo a esa evasión, claramente ya, a un alto grado de corrupción.

Esos pequeños detalles de comportamiento, tanto los buenos como los malos, se aprenden y se desarrollan desde el hogar, desde el colegio, con la familia y con los maestros, comenzando en las más tempranas etapas de la vida y manteniendo total persistencia y máxima insistencia durante toda la formación. Lógico es que salgan algunas ovejas negras en muchos grupos y círculos familiares o de amigos, pero también es corriente aquello de que ‘de tal palo tal astilla’ y lo de las familias bien formadas, cuando tal formación se sabe y se quiere dar.

JORGE EDUARDO COCK

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