Opinión

Entre ‘matrioshkas’

El Mundial nos trajo al país con, posiblemente, la historia más apasionante del planeta.

15 de julio 2018 , 11:39 p.m.

El metro venía completo, no atestado; nunca se rebalsan en Moscú como en Buenos Aires porque aquí pasa una formación de diez vagones largos cada 40 segundos o un minuto; pero subió una mujer joven con dos niños. Me paré y le ofrecí el asiento; no lo aceptó, sí hizo sentar a sus hijos allí. Ella esperó varias estaciones que el tren se vaciara un poco y cuando hubo otros lugares disponibles, se sentó. Tres veces intenté cederle el asiento a mujeres en las mismas circunstancias y se negaron a recibirlo. Cortésmente, aunque sin sonreír. No lo hago más. Rusia es una sociedad donde la mujer exige y ocupa el mismo lugar que el hombre y no acepta de él ninguna concesión.

En cambio, si sube una anciana y no se le ofrece el asiento, lo reclama, y si no se lo dan hasta puede gritar. Sobre la legendaria belleza de las mujeres rusas, efectivamente las hay hermosísimas; tampoco es que todas son del tipo Anna Kúrnikova o María Sharapova. Es surtido, aunque está claro que es una raza bonita.

Hay seis bastiones que parecen invulnerables en la vida rusa: orden, respeto, disciplina, seguridad, silencio y limpieza. La higiene no es broma, he hecho la prueba varias veces y funciona: me siento en un bar o en un restaurante, pido de comer o beber, uso una servilleta, hago un bollito con ella, la dejo sobre la mesa y a los pocos instantes pasa una de las camareras que viene de atender a otras personas, la recoge y se la lleva. Son de una pulcritud maravillosa. Nadie arroja una colilla al piso. Ni en el estadio con 80.000 personas.

El silencio también es un patrimonio. En el metro viajan millones por día, pero es raro ver dos personas conversando; de pronto un matrimonio, dos jóvenes, no más; en general, todo el mundo está en la suya. La noche en que Rusia eliminó a España, pese al entusiasmo, no hubo ningún desborde. Se subieron cuatro o cinco jóvenes al metro, quisieron cantar su clásico “Ra-shi-á”, no encontraron eco y pararon enseguida. Todo muy pacífico. Además, la numerosa presencia policial es muy disuasiva. Cuando dicen no, es no. Las explicaciones latinas del tipo “déjeme pasar porque me olvidé los documentos, entro y salgo en cinco minutos…” acá no funcionan. Sigue siendo no. No son bulldogs los policías, sí rígidos. Les dieron una orden y la cumplen sin excepciones. Aparte, el no entender para nada el idioma los ayuda mucho: no se puede discutir. Eso en la calle, en el estadio es igual. Si hay que entrar por la puerta 8, no se le ocurra querer meterse por la 4; lo que no va, no va. En los estadios rige una campaña “cero cigarrillos” para el Mundial. “Pescaron a un danés encendiendo uno en la tribuna y se lo llevaron”, dice Beto Acosta, excelente colega y amigo boliviano. Fue cuando Francia y Dinamarca jugaron a no hacerse goles. Como advirtió el argentino Martín Repetto, chef del superlujoso hotel Ucrania, “vengan y disfruten, es un país precioso, pero no se hagan los locos porque van presos”. Y así es. No se han registrado incidentes de ningún tipo.

En la feria de Partizanskaya, un barrio moscovita, miles de hinchas se agolpan para comprar los tradicionales gorros de piel con el escudo al frente del Partido Comunista o del Ejército Rojo, reminiscencias de una época que marcó al mundo. Pero todos compran cantidades de ‘matrioshkas’ o ‘mamushkas’, esas típicas muñecas de madera pintadas artesanalmente en las que una contiene a otras varias más pequeñas adentro. La ‘matrioshka’ es un símbolo ruso, representa a la mujer campesina, tan trabajadora y noble. Se han vendido millones durante el Mundial. Es el suvenir preferido para llevar a casa.

La ley no se discute. Es la que es y se cumple. Punto. El semáforo es un paradigma de todo lo demás: verde, pasa: rojo, para. Y a nadie se le ocurre violar la norma. En todo es igual. No son conversadores ni sonrientes los rusos. Digamos que no son nada dicharacheros. Tampoco ogros, la palabra correcta sería esa: correcta. Tienen todo el derecho del mundo de desconfiar de los extranjeros: la invasión alemana en 1941 les causó 27 millones de muertos y les dejó el país en ruinas por una guerra que no buscaron. Occidente los ha desacreditado siempre.

El metro de cada ciudad es gratis los días de partido para todo el mundo, desde dos horas antes y hasta dos horas después del juego. Y, para los periodistas, los trenes también son gratuitos. No es nuevo: esto fue una innovación de Alemania 2006. El Fan Fest también fue una idea nacida en el Mundial germano. El Fan Fest es un área gigante dedicada a los miles de hinchas que no tienen entrada y lo ven en una pantalla gigante, con puestos de comida y bebida y juegos diversos. Aquí está emplazado en el Parque Gorki, popularizado por la película estadounidense ‘Gorky Park’.

“Viajar es un placer, siempre”, comenta Daniel Arcucci, excompañero en la revista ‘El Gráfico’. “En primera, en segunda o en tercera. No hay clase, hay viaje. Fui de Nizhni Novgorod a Moscú en un tren de los de antes. Partimos a las 13:50 y llegamos a las 21:50. Todo muy bien”. Es que todo funciona. En el estadio, con más de 80.000 personas, la señal de internet no se corta en absoluto. Se puede trabajar con la computadora en los pupitres sin dificultades. La organización del torneo no tiene agujeros negros, nada falla. Y no hay quejas. Un importante periodista europeo escribió poco antes del Mundial que Rusia “es el subdesarrollo con frío” y “que importa todo porque no produce nada”. Efectivamente, se produce muy poco y la mayoría de los autos, alimentos, indumentaria, materiales, son importados. Pasa que, debido a los setenta años del socialismo más estricto, no había empresarios ni industriales, todo era propiedad del Estado, y recién ahora está naciendo la iniciativa privada. Va a llevar un tiempo todavía, aunque no es por ignorancia ni por falta de tecnología. Pero ya es una economía de mercado. Extraña ver los campos con pastos, pero no sembrados. Ludmila, una traductora que aprendió un perfecto español sin haber salido de Rusia, decía que hizo el viaje en el Transiberiano, de Moscú a Vladivostok: “El trayecto dura entre trece y catorce días. Son 9.000 kilómetros de bosques, y los pueblos son preciosos, pero no ves una vaca, por eso importamos los lácteos también”.

La inmensidad de este país es motivo de permanente asombro. Un buen ejemplo: Uruguay entra 97 veces en Rusia. Son 176.215 kilómetros cuadrados frente a los 17.098.242 de un país que reúne doscientos grupos étnicos. Y eso que, tras la disolución de la Unión Soviética, perdió 14 repúblicas: Estonia, Letonia, Lituania, Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán, Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia, ahora todas naciones soberanas. “Y con ellas se perdieron 150 millones de habitantes”, vuelve Ludmila, muy crítica del Gobierno y quien no cree que Rusia esté bien. Svetlana, su compañera de la agencia de viajes para la que trabajan, explica por qué se perdieron aquellos territorios: “Cuando se desintegró la URSS aprovechó Estados Unidos para incitarlos a que se separaran y les dio su apoyo; sin eso no lo hubieran hecho”.

Ludmila aborrece la sociedad de consumo en que se está convirtiendo su país. “Antes, con el comunismo, nadie hablaba de dinero, no sabíamos ni qué era; ahora no hay otro tema: la plata, la plata, la plata…” Ya se advierte el lujo, un concepto prohibido en los años soviéticos. Hay cantidades de Mercedes Benz trabajando como taxis. El parque automotor es fantástico.

El Mundial nos trajo al país con, posiblemente, la historia más apasionante del planeta. Ofrece tantas historias para escribir… Y no todo es fútbol.

JORGE BARRAZA

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