Opinión

Todos los psicólogos deberían meditar

La comprensión de la mente ajena comienza con el entendimiento de la propia.

11 de agosto 2018 , 11:02 p.m.

Cuando alguien atraviesa crisis emocionales, como angustias inexplicables, insatisfacciones crónicas o problemas en sus relaciones, sus allegados le ofrecen dos alternativas: medite o vaya donde un psicoterapeuta. Si elige lo primero, la persona se sienta todos los días en silencio a observar de manera desprevenida su actividad mental, mirando hacia su mundo interior; su mente actúa simultáneamente como sujeto –el observador– y objeto –lo observado–.

Si prefiere lo segundo, acude entonces al psicólogo, para describirle tanto los revoloteos desagradables en su cabeza como las conductas anormales en sus acciones. Buscando tendencias y conclusiones, el terapeuta ‘observa’, escucha y registra imparcialmente la narrativa de su interlocutor. La interacción psicólogo-paciente es una especie de meditación entre dos mentes: la del terapista, el observador, como sujeto; la del paciente, el observado, como objeto.

¿Fortalecería la práctica de meditación de un psicólogo su capacidad de compenetración en las mentes de terceros? Sin duda alguna, y, por tal razón, todos los psicólogos deberían meditar; ya muchos lo están haciendo.

Dos cosas son de aceptación general en el siglo XXI. Una, la ansiedad y el estrés están en la raíz de casi todos los desajustes de comportamiento y son hoy los principales remitentes de pacientes a los profesionales de la mente. Dos, la meditación de atención total es el tratamiento óptimo para la ansiedad y el estrés.

Nada hay que agregar a lo primero. En cuanto a lo segundo, ¿por qué funciona la meditación? En términos generales, la evolución por selección natural nos programó para dos cosas de la vida diaria. La primera es el ciclo necesidad de alimentos-apetitos, placer; la segunda, el ciclo reconocimiento de amenazas-miedos-control de la situación.

Cuando los apetitos son satisfechos o las amenazas son controladas, los ‘sabios’ mecanismos inhibitorios del sistema nervioso apagan las señales generadoras de los deseos de comer, en el primer caso, y los sustos de turno, en el segundo. Las cosas retornan entonces a lo que es normal: no hay hambre ni hay amenazas.

Sin embargo, paradójicamente, seguimos comiendo, no obstante estar llenos, o continuamos asustados cuando ya no hay peligros. Cuando repetimos estos escenarios a todo momento –necesidades inexistentes, amenazas imaginarias–, los mecanismos inhibitorios se descontrolan y dejan de funcionar. En este punto, los apetitos, antes normales, se vuelven gula permanente y los miedos naturales se convierten en pánicos imaginarios continuados. En el caso extremo, ya nada nos saciará y todo nos aterrorizará.

¿A quién acudimos entonces? Al psicólogo, que ‘ajustará’ nuestra cabeza. O a la meditación de atención total, cuya práctica continuada retornará los mecanismos inhibitorios a su rol habitual de control. El asunto se agrava muchísimo cuando los apetitos se extienden a las riquezas, los cargos, los éxitos… Y los miedos se amplían a la pobreza, el desempleo, los fracasos.

La meditación de atención total, practicada por los profesionales de la salud mental, sería para ellos como un laboratorio gratuito en el cual ejercerían en silencio su profesión, con su propia cabeza como ‘paciente’. De esta forma, ellos experimentarían por sí mismos los beneficios y las dificultades de la meditación.

¿Por qué? Porque la comprensión de la mente ajena comienza con el entendimiento de la propia. Cuando los pacientes describen sus problemas al profesional de turno, ¿logra este compenetrarse en la problemática que está enfrentando aquel? ¿Interpreta bien el terapeuta la situación del paciente? No siempre, y el proceso de apoyo toma muchas sesiones. ¿La causa? La complejidad abrumadora de la mente humana.

Muchos psicólogos quizás estén en desacuerdo con la sugerencia de esta nota, no por ejercer ellos tal profesión, sino por ser humanos. La gente, en general, considera que la meditación es aburridora, inútil o difícil de practicar; aun así, todos aquellos que estudian y diagnostican los problemas de las mentes ajenas deberían mirar la suya en el espejo de la meditación.

Con el apoyo de sus conocimientos académicos, su experiencia profesional y la visión de la mente humana que resulta de la auto-observación, los psicólogos comprenderán mejor las narrativas de los problemas que les transmiten sus pacientes. Y, de paso, reducirán la ansiedad y el estrés que podría aparecerles de tanto escuchar problemas ajenos.


GUSTAVO ESTRADA
Autor de ‘Armonía interior: El camino hacia la atención total’
En Twitter: @gustrada1

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