Opinión

Idiomas y conducta humana

Una persona bilingüe juzga y llega a conclusiones distintas, dependiendo del idioma que utiliza.

28 de enero 2018 , 01:39 a.m.

El idioma nativo de cada persona influye en su conducta, y quienes dominan más de un idioma pueden llegar a comportarse de maneras distintas, dependiendo de la lengua que estén utilizando. Tales fenómenos, aun inexplicables para las ciencias cognitivas, se describen mejor con ejemplos. Miremos algunos.

Comencemos con el español, que nos toca más cerca. La forma como nos comunicamos los hispanoparlantes está cargada de voces pasivas y modos reflejos que nos llevan a eludir de manera consistente la responsabilidad de la primera persona del singular, como si quisiéramos decir ‘yo no fui’ el que hizo eso. ¿Con qué frecuencia decimos ‘se me olvidó tu nombre’, en vez de ‘olvidé tu nombre’, o ‘se me quedó el libro’, en vez de ‘dejé el libro’? ¿Cuántas veces escuchamos ‘se me perdieron las llaves’, o ‘me dejó el avión’ y no, como sería más apropiado, ‘extravié las llaves’ o ‘perdí el vuelo’?

En los giros impersonales, el pronombre no es ‘Yo’ —el sujeto de ‘pienso luego existo’—, sino el apellido que se fue de mi cerebro, el libro que resolvió quedarse en casa, las llaves que se escabulleron o el avión que no quiso esperarme. ¿No son todos estos giros una falta de compromiso con nuestros actos? Quizás sí, aunque la culpa podría atribuirse a la gramática castellana, que, con sus complicadas conjugaciones verbales, permite hablar sin utilizar los pronombres personales, que son obligatorios en los idiomas germánicos.

Vámonos ahora al otro extremo geográfico, a una lengua lejana al borde de extinción. El kuuk thaayorre, un idioma que hablan apenas unas trescientas personas en una comunidad aborigen al norte de Australia, carece de expresiones de lugar, tales como delante (de la silla), o a la derecha (de la mesa). En su lugar, quienes hablan este idioma utilizan para referencia los puntos cardinales, en frases como ‘el azucarero está al norte del florero’.

Como consecuencia de esa característica, los pocos que hablan kuuk-thaayorre pueden siempre ubicar el norte, el occidente, el nororiente… aun cuando ellas se encuentren en espacios cerrados o sitios desconocidos. ¿Cómo lo logran? Es posible que, a través de milenios, sus cerebros desarrollaran algún mecanismo similar al de las palomas mensajeras, que conocen, desde dondequiera que se encuentren, el rumbo exacto hacia el sitio en donde nacieron. Al soltarlas, a kilómetros de distancia del punto de origen, las palomas siempre vuelan de inmediato en la dirección correcta. Solo con algo parecido, supongo, podrían los ‘yorreses’ saber siempre hacia dónde quedan los puntos cardinales.

El tercer caso de esta nota se relaciona con el ruso, no con el señor Putin, sino con lo que él habla. Esta lengua tiene dos palabras diferentes —‘goluboy’ (azul claro) y ‘siniy’ (azul oscuro)— para lo que en los demás idiomas es… azul. Como consecuencia de esta diferencia idiomática, los rusos distinguen las tonalidades azules mucho más rápidamente que los nativos de otras lenguas, sobre todo en los matices cercanos al límite entre ‘goluboy’ y ‘siniy’.

Un último ejemplo muestra cómo una persona bilingüe juzga y llega a conclusiones distintas, dependiendo del idioma que esté utilizando. Un estudio efectuado en Israel entre árabes, que hablaban tanto su idioma como el hebreo, ‘midió’ en un test su actitud hacia los judíos. El resultado fue sorprendente: la opinión de los entrevistados con respecto a los israelitas fue consistentemente más positiva cuando las pruebas se efectuaron en hebreo, en vez de árabe.

Para cerrar esta nota, acudo a una anécdota familiar. Anthony es un sobrino bilingüe de cuatro años que reside en la Florida. Recientemente, mientras el chico desayunaba, regó su jugo de naranja y empapó por completo su ropa. El niño miró a su madre, quien esperaba que el chiquillo estuviera desanimado o contrariado, pero este la sorprendió exclamando: “Mother! Look what this juice did to me” (“¡Mamá! Mira lo que me acaba de hacer este jugo”).

Esta historia confirma el extraño efecto de los idiomas en la conducta humana. En el caso de Anthony, quien nunca confunde el español con el inglés, su cerebro se limitó a traducir el ‘yo no fui’ del español. ¿Explicará la ciencia las extrañas influencias lingüísticas en el comportamiento? Muchos dicen que, con la inteligencia artificial, ocurrirá pronto. Cuándo es ‘pronto’ depende, por supuesto, del idioma de quien responda.

GUSTAVO ESTRADA
Autor de ‘Hacia el Buda desde Occidente’

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