Opinión

Símbolo

La corrupción de las élites es el símbolo más poderoso que tiene hoy el crimen para legitimarse.

09 de enero 2019 , 07:45 p.m.

Cada tanto, en el país se arma un debate porque series de TV, películas, canciones e, incluso, un edificio se convierten en alegorías del narcotráfico. Los culpan de difundir entre la juventud la idea de que el dinero fácil y la violencia son medios legítimos para obtener éxito social, un mensaje nefasto para las nuevas generaciones.

Hay una invitación a la sanción social. Se exige a las series de TV que readecuen sus contenidos, se restringe la exposición mediática de cantantes populares y se pide que por ningún motivo el edificio Mónaco exalte la imagen de Pablo Escobar. Están bien las iniciativas, las sociedades deben preocuparse por administrar los símbolos que se convierten en referencia para su juventud. Sin embargo, al enfocarse en manifestaciones de la cultura que tan solo reflejan una realidad dada y no centrarse en los símbolos que la producen, la sociedad está lejos de evitar que jóvenes provenientes de ciertas comunidades y sectores adopten el narcotráfico y el crimen organizado como una alternativa legítima.

Adoran a Escobar, pero los referentes para legitimarlo están en otra parte. Por ejemplo, en el hecho de que quien dio de baja a Escobar, el coronel Aguilar, sea acusado constantemente de corrupción.

En el caso del edificio Mónaco, la preocupación en cuanto a símbolo para los jóvenes es infundada. Puede que sea un motivo de vergüenza ante visitantes extranjeros y una ofensa a las víctimas, pero los jóvenes que forman parte de la cultura de bandas y combos que controlan la vida y los negocios en las comunas rara vez van de peregrinación allí. Adoran a Escobar, pero los referentes para legitimarlo están en otra parte. Por ejemplo, en el hecho de que quien dio de baja a Escobar, el coronel Aguilar, sea acusado constantemente de corrupción. El mensaje es que Escobar tenía razón: si la dirigencia es corrupta, es legítimo para los jóvenes pobres acceder a la riqueza por la fuerza, que es en lo que tienen una ventaja comparativa.

Y se trata de una lógica generalizada. Al grueso de los jóvenes que piensan en ser parte de una ‘bacrim’ o de una ‘oficina’ les basta mezclar su conciencia de tener pocas oportunidades de éxito en la legalidad con la idea de que el éxito de la dirigencia se debe a un quebrantamiento sistemático de la ley. Indistintamente, si es inocente o no, casos como el del escándalo del Fiscal refuerzan en estos jóvenes la idea de que su dirigencia, una banda de criminales de cuello blanco, no tiene autoridad moral para juzgarlos.

La corrupción de las élites nacionales es el símbolo más poderoso que tiene hoy el crimen organizado para legitimarse.

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