Opinión

Dos discursos

Los discursos de Macías y de Duque, por separado, no pueden entenderse.

09 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

La ceremonia de posesión del presidente Duque dejó un claro mensaje sobre cómo va a ser el próximo gobierno. Y fue un mensaje que vino empacado en dos discursos –el de Macías y el de Duque– que por separado no pueden entenderse.

Así hayan sido tan distintos en sus contenidos y sus formas, ambos discursos no son contradictorios, sino que denotan una evidente división del trabajo. Queda claro que el gobierno Duque se encargará de administrar el Estado eludiendo en lo posible el debate político tan intenso que se viene. Por esa razón, insiste tanto en la necesidad de unidad.

La mayoría de los temas resaltados en su discurso forman parte de asuntos propios de la administración pública sobre los que no existen grandes debates. La reforma tributaria, la formalización de la economía, la lucha contra la corrupción, etc., son temas en que existen grandes consensos acerca de que deben ser objeto de atención inmediata, y las diferencias en las formas de abordarlos no son el principal alimento de las divisiones actuales.

El discurso de Macías fue una alegoría a la polarización y un llamado a la revancha contra los enemigos de Uribe.

En cambio, el discurso de Macías sí marcó una línea roja. No solo se esforzó, con grandes exageraciones, en mostrar las falencias de la administración de Santos. También sentó las bases de las diferencias ideológicas y las disputas, ya más mundanas, que hay entre el uribismo y las demás fuerzas de oposición. Su discurso fue una alegoría a la polarización y un llamado a la revancha contra los enemigos de Uribe. De hecho, anunció que saldarán cuentas con el santismo por escándalos como el de Odebrecht.

Si Duque se va a encargar de la administración de los asuntos de Estado, el uribismo, desde el Congreso, se va a encargar del trabajo sucio: el de neutralizar las demás fuerzas políticas, el de acaparar las instancias de representación y el de imponer una agenda de gobierno. Se trata de una división del trabajo inédita en el régimen presidencialista colombiano, en el que en manos del presidente se concentraba la agenda política.

Podría pensarse, en principio, que será una situación conveniente para Duque, pues podrá dedicarse a problemas concretos sin necesidad de desgastar su capital político. El problema es que esa división del trabajo no es sencilla, y muy seguramente desde el Congreso le harán solicitudes incómodas para sostener las peleas políticas del uribismo.

El futuro político de Duque dependerá en gran parte de cómo logre manejar esta situación.

GUSTAVO DUNCAN

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