Opinión

El espejo brasileño

Ojalá Duque y nuestros partidos tomen en serio la advertencia que viene de Brasil y Venezuela.

13 de octubre 2018 , 11:31 p.m.

El triunfo de Jair Bolsonaro en la primera vuelta brasilera, con 46 % de los votos, ha prendido las alarmas de todos los demócratas en América Latina. Pone los pelos de punta que el muy probable próximo presidente del país más grande de la región (¡con casi una tercera parte de su población y de su actividad económica!) sea un defensor de la tortura, enemigo de los derechos de las minorías, antiambientalista declarado y admirador de la represiva dictadura militar de su país entre 1964 y 1985. ¿Cómo se llegó allá después de 16 exitosos años de los gobiernos de centro de Fernando Henrique Cardoso y de centroizquierda de Luiz Inácio Lula da Silva? ¿Qué puede aprender Colombia de lo que está sucediendo en el país vecino?

Algunos observadores ven a Brasil como parte de un movimiento global pendular hacia la derecha autoritaria: Trump, Putin, Hungría, Italia, ‘brexit’, el triunfo del No en el plebiscito colombiano... Hay, sin duda, algo de eso. Pero las razones del ascenso de la derecha no son las mismas en todos los casos. En Europa y EE. UU., el desempleo y el estancamiento de los salarios de los blancos pobres han permitido a la derecha encauzar el descontento contra los inmigrantes y el establecimiento democrático. En Rusia y Brasil, la combinación de recesión y corrupción canalizó la frustración en favor de Putin y Bolsonaro, a quienes sus seguidores ven como mesías (el segundo nombre de Bolsonaro es justamente Messias) llamados a imponer el orden, hacer crecer la economía y desterrar la corruptela.

El péndulo comenzó a cambiar en Brasil a partir del año 2013, cuando Dilma Rousseff incumplió la regla fiscal, que tanto Cardoso como Lula habían observado religiosamente. Y eso sucedió justo cuando Ben Bernanke, entonces presidente del Federal Reserve, anunció el fin de la política monetaria expansiva en EE. UU., lo que desató el nerviosismo en los mercados financieros internacionales y el éxodo de capitales de los países emergentes más vulnerables. Brasil cayó en esa categoría por su grave problema fiscal y la imprudencia de Dilma. Perdió el grado de inversión, hubo fuga de capitales, y la economía se precipitó a una profunda recesión en el 2014 y tuvo dos años de contracción de 3,5 % anual, de los cuales apenas se está recuperando.

Los brasileños salieron a las calles a protestar por la recesión y los graves escándalos de corrupción que habían comenzado en el gobierno Lula. Primero fue el ‘mensalão’ (una ‘mermelada’ brutalmente descarada: cheques a parlamentarios para aprobar proyectos), que llevó a la cárcel a José Dirceu, ministro del Interior, y Antonio Palocci, ministro de Hacienda. Luego, el Lava Jato (sobornos en contratos de obra pública en Petrobras y otras agencias), que condujo a develar la red de corrupción de Odebrecht en toda América Latina. Eso desencadenó la crisis política que llevó a la salida de Dilma. Lula terminó detenido por corrupción y, aunque hubiera ganado, no pudo inscribirse contra Bolsonaro.

Una mezcla de recesión y escándalos de corrupción fue también lo que llevó al ascenso de Chávez en Venezuela y de Duhalde y los Kirchner en Argentina. Ese coctel explosivo conduce a cambios drásticos de gobierno, de derecha a izquierda o viceversa, pero igualmente populistas y autoritarios.

Este riesgo existe por partida doble en nuestro país. Debemos mirarnos a tiempo en los espejos de Venezuela y Brasil para evitar un presidente populista de corte chavista, como Petro, o de extrema derecha. Esta vez nos salvamos porque Uribe escogió al más moderado del Centro Democrático, pero pudo haberse inclinado por Lafaurie, la Cabal, José Obdulio u Ordóñez.

Ojalá Duque y el Congreso tomen en serio estas advertencias que vienen de la vecindad, eviten una crisis fiscal que nos llevaría a la recesión y ataquen la corrupción con algo más que juegos pirotécnicos.

GUILLERMO PERRY

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