Opinión

Ojos negros paisas nos condenan como el dinero

Si bien somos buenos para el dinero, la vida social del antioqueño es bastante recortada.

11 de septiembre 2018 , 03:14 p.m.

Los antioqueños hemos tenido la fama, entre propios y extraños, de que nos gusta el dinero. Hacer negocios y hacer dinero ha sido el asunto más importante desde el comienzo de nuestra historia como región, que corre paralela al origen del mito del 'paisa', y que le merecieron al poeta antioqueño Gregorio Gutiérrez González unos versos feroces: ¡Raza de mercaderes que especula / con todo y sobre todo; raza impía (…)!

Estas características sociológicas no pasaron desapercibidas a los visitantes extranjeros y nacionales que pasaron por nuestra bella villa, dejando sus opiniones sobre sus habitantes y sus bregas diarias, y que están recogidas en el libro de Angélica Morales 'De viajeros y visitantes' (2003), publicado por el ITM de Medellín.

El bogotano Juan Francisco Ortiz (circa 1850) escribía: “Los hijos de Medellín trabajan en provecho propio, de su provincia y de la república, en las minas i el comercio (…)”. Y observa que son monotemáticos: “En sus almacenes no conversan sino de las minas que se explotaban antes, que se explotan ahora, o que se explotarán después (…)”.

Estas características sociológicas no pasaron desapercibidas a los visitantes extranjeros y nacionales que pasaron por nuestra bella villa.

Por su parte, el geógrafo italiano Agustín Codazzi (circa 1852) afirmaba que los aires de grandeza de Medellín “son puramente monetarios” y está de acuerdo con Carlos Greiff, otro viajero del siglo XIX, quien dejó una descendencia destacada en Antioquia, en llamar a los antioqueños Yankees, “a causa de su genio especulativo; nombre que (…) les viene bien comparándolos con los demás pueblos de la Nueva Granada (…)”. Igualmente, Codazzi señala varias características de los antioqueños y que aún permanecen: “El hombre de campo, sea agricultor o minero, procura siempre ser propietario, como condición indispensable para ser independiente (…). El genial espíritu de asociación que anima a estos hombres, su deseo de enriquecerse lo más pronto posible, la sobriedad que los caracteriza, sus costumbres puras y su valor y perseverancia en las empresas”.

El francés Charles Saffray (circa 1858) señala: “En Medellín, como en toda la Nueva Granada, apenas hay más aristocracia que la del dinero. (…) La aristocracia de la cuna no existe (…); la del talento es desconocida también”.

Aunque respecto a la segunda, dice el mismo Saffray, “cada cual se jacta de descender de línea recta de hidalgos de sangre azul”. Sin embargo, “el dinero es el único que da a cada cual su valor”. Por otro lado, el francés descubre un rasgo en la personalidad del antioqueño y es su anomia ética ante las maneras tramposas de adquirir fortuna, a pesar de su devoción por el trabajo. No condena a quienes se enriquecen por vías non sanctas, sino que más bien demuestra admiración: “El término único de comparación es el dinero: Un hombre se enriquece por la usura, los fraudes comerciales, la fabricación de moneda falsa u otros medios por el estilo, y se dice de él: ¡Es muy ingenioso! Si debe su fortuna a las estafas o a las trampas en el juego, solo dicen: ¡Sabe mucho! Pero si piden informes sobre una persona que nada tenga que echarse en cara sobre este punto, contéstase invariablemente: Es buen sujeto, pero muy pobre”.

El alemán Frederic von Schenk (hacia 1880), por su parte, resalta la riqueza de los medellinenses y la modestia en el vivir: “Tal vez existen pocas ciudades de las mismas proporciones en Sur América donde haya tantos capitales concentrados como en Medellín, y el número de familias que pueden calificar co mo ricas es enorme; no obstante que ellas llevan una vida, con muy pocas excepciones, que no deja sospechar la riqueza que poseen”. De igual opinión es Jorge Brisson (circa 1890): “Es quizá aquí donde existen los más fuertes capitales movilizables o comerciales de la República”.

Si bien somos buenos para el dinero, la vida social del antioqueño es bastante recortada. Al respecto, Tomás Carrasquilla decía que “la gente vivía encantada en este como limbo de la monotonía y la rutina…”. Si esto se afirmaba en la primera mitad del silgo XX, el asunto no era mejor antes. Los antioqueños no pensaban sino en trabajar y en conseguir dinero, y después del trabajo diario volvían a su vida de hogar, sin mayores demoras en las calles, “la villa entonces queda decierta i lúgubre” (se respeta la ortografía original), escribía el bogotano Ortiz. Y el francés Saffray era más contundente: “Ya se comprenderá que con tales elementos no pueden ofrecer mucho atractivo en Medellín las relaciones sociales”. Por su parte, el alemán Frederic von Schenk (circa 1880), señalaba que: “El antioqueño –por muy rara excepción entre los latinos– es poco dado a los placeres festivos”.

Sin embargo, no todo tiene que ser dinero y monotonía: el francés Saffray quedó flechado con los ojos de las paisas. Sucedía, que cuando las mujeres iban a misa con la mantilla negra sobre la cabeza y recogida sobre la frente, “como los ojos quedan descubiertos, y son muy negros, y están velados por largas pestañas, si hacen pensar en el Paraíso, harán olvidar también a muchos la devoción que deben tener en misa”. El que peca y reza empata.

GUILLERMO MAYA

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