Opinión

La U. pública es la mejor opción para la sociedad

En contraste con la situación de las U. privadas con dineros públicos, la U. pública tiene déficits.

09 de octubre 2018 , 12:27 a.m.

Hace un poco más de 50 años, en los años 60 se estaba desarrollando una revolución cultural juvenil que buscaba nueva formas de expresión en el lenguaje, la música, el sexo y la política.

Es decir, había un cansancio con los marcos ideológicos y disciplinarios que dominaban las sociedades occidentales y fueron impugnados. Surgieron Mayo del 68, el rock y los Beatles, la píldora anticonceptiva, la liberación sexual y femenina y la revuelta en las aulas.

Este proceso global afectó en mayor o menor grado los diversos países y continentes. En consecuencia, los universitarios se convirtieron en una fuerza critica de las sociedades latinoamericanas y de las relaciones de poder prevalecientes que se oponían a la transformación de las estructuras productivas, las cuales determinaban a su vez formas de distribución del ingreso que impedían el desarrollo del mercado interno para conservar sus privilegios heredados o adquiridos.

En Colombia, en particular, estos procesos sociales asustaron a la jerarquías políticas, económicas y religiosas que emprendieron la fundación de universidades privadas, no solo para obtener ganancias que se escondían bajo el nombre de fundaciones, sino también para que las clases altas y medias tuvieran la opción de una educación que formaba cuadros técnicos y científicos comprometidos son el ‘statu quo’, no solo por su origen sino también por la formación recibida. No era lo mismo estudiar economía en la Nacional que en los Andes. Ahora, menos.

Después de hacer este contexto histórico, ¿por qué el 82 % de los 40.000 estudiantes que son beneficiarios del programa Ser Pilo Paga (SPP) escogen las U. privadas? La respuesta del profesor Leopoldo Múnera de la UN es: “Porque tienen más capital social, es decir que ofrecen mayores conexiones, mayores posibilidades de trabajo y de movilidad social”.

Las U. privadas se han beneficiado económicamente del programa por la vía del pago de las matrículas –que suben más que el IPC–, sobre un total presupuestado para SPP de 3,5 billones de pesos entre 2015 y 2018, para matrículas y sostenimiento. Por su parte, los críticos del programa argumentan que con el costo de SPP se podría atender una población estudiantil mucho mayor si los recursos se le dieran a las U. públicas, que se calcula entre 200.000 y 400.000 en vez de 40.000.

En contraste con la situación boyante de las U. privadas con dineros públicos, la U pública arrastra enormes déficits, 1.4 billones de pesos anuales para funcionamiento y 15 billones para el déficit en infraestructura.
Esta desatención del Gobierno con la U. pública no tiene explicación, dado el crecimiento en cobertura (57 % en estudiantes de pregrado entre 2004-2017; 184 % en posgrado), número de programas de pregrado y posgrado (34 %), etc., al tiempo que la capacitación y productividad del cuerpo docente han mejorado ostensiblemente, mientras que el 68 % del cuerpo docente trabaja en situación precaria, por horas y con contratos a término fijo.

Uno de los argumentos esgrimidos por las U. privadas y de sus ‘lobistas’ para la defensa del programa SPP y de su continuidad es que este programa ha lograda la integración interclasista, “revolucionaria”, en los campus universitarios entre los jóvenes provenientes de los hogares ricos y de clase media alta con jóvenes de hogares pobres.

En este sentido, R. Hommes dice: “El programa Ser Pilo Paga (…) es disruptivo porque rompe con una tradición que le niega a la élite intelectual de los pobres desarrollar todo su potencial. Y subversivo porque a través de ese programa se le está inyectando diversidad a la clase dirigente colombiana, que necesita con urgencia sangre nueva para que la dirección del país evolucione hacia una sociedad más solidaria, competitiva, dinámica y menos clasista”.

Sin embargo, las universidades de élite reproducen las ventajas para la élite, no para los pilos pobres, como afirmaba el entonces decano de los Andes, Alejandro Gaviria: “La Universidad de los Andes tiene un programa de becas para bachilleres sobresalientes de estratos bajos. (…) Se gradúan con honores o promedios destacados. Pero no consiguen trabajo con la misma facilidad que sus compañeros más privilegiados. Su ingreso al mercado laboral es con frecuencia frustrante. No son muchachos de la alta sociedad. No pertenecen a familias honorables”.

A la par que la U. privada crecía, el desprestigio de la U. pública también lo hacía, no solo como producto de la imagen exagerada que los medios de comunicación todavía transmiten a la opinión, sino también gracias las acciones violentas que los sectores más radicales, de dentro o de fuera de la U. pública, han realizado en el espacio público.

Sin embargo, a pesar de todo, la U. pública ha logrado recuperar su actividad académica normal, desde los años 90, con breves disrupciones y muy focalizadas, posicionando sus mejores universidades en los ránquines internacionales y competiendo de igual a igual, en un campo desnivelado por la competencia de los recursos públicos, con la U. privada.

La U. pública merece la atención del Gobierno y de la sociedad como la mejor opción para la movilidad y la equidad social en Colombia.

GUILLERMO MAYA

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