Opinión

Año nuevo, vida nueva...

En todas las escalas de la vida social debemos aprender a convivir mejor, a ser menos intolerantes.

07 de enero 2019 , 11:44 p.m.

Lo mejor de que unos años se acaben para dar paso a otros es que tenemos la ilusión de ir dejando atrás una parte del camino que tenemos que recorrer desde el momento en que nacemos, con todo lo malo y lo bueno que haya sucedido. De igual manera, el año nuevo es una especie de aliciente para hacer mejor las cosas aprovechando lo aprendido en las jornadas previas.

Es difícil imaginar cómo podríamos sobrellevar la vida si no tuviéramos las medidas de tiempo que nos permiten fraccionar nuestra actividad y tratar de imaginar el futuro medido en trocitos más manejables: esta tarde haré esto o aquello, la próxima semana terminaré el trabajo pendiente, en dos años podré recibir mi título profesional, en diez años conseguiré tal o cual cosa...

Por eso, seguramente, la venida de un nuevo año está llena de promesas y propósitos, de deseos y de ansiedades; así como el año viejo deja alivios y nostalgias. Lo que experimentamos los individuos es extensivo a comunidades, a países y al conjunto de la humanidad. Sin duda, quisiéramos dejar atrás la estupidez colectiva que anima cientos de confrontaciones personales que afectan a cuantos rodean a los esposos, parientes, vecinos o políticos beligerantes. En todas las escalas de la vida social debemos aprender a convivir mejor, a ser menos intolerantes, un poco más generosos o, por lo menos, intentar el uso de la razón.

Llevamos décadas de confrontaciones en Colombia, muchas de ellas originadas en la convicción que pequeños grupos de poder han tenido sobre su propia infalibilidad, pero realmente animados en las más bajas pasiones. Algunas de estas diferencias que podrían haberse resuelto de manera racional terminaron siendo guerras de aniquilación: hoy vivimos en un país polarizado y fatigado de todo lo que ese estilo de política nos ha traído.

Creo que un buen deseo general sería fabricar un año de buena convivencia, de aprender todas las formas posibles de resolver civilizadamente los conflictos más graves.

Cuando Juan Manuel Santos, al iniciar su segundo período, proponía que Colombia fuera el país más educado de América Latina en 2025, comenzaron a hablar de indicadores, de las pruebas Pisa, de universidades clasificadas en los índices mundiales y de metas como las que persiguen los corredores de pista, medibles en décimas, centésimas y milésimas. Pero creo que el propósito de entonces podría ser retomado con otras connotaciones.

Se podría definir, por ejemplo, que un país bien educado es aquel en el que se pueda usar el transporte público sin pensar que es un nicho para los asaltantes, o donde la policía no abuse de su autoridad bajo ningún pretexto, o en el que las personas puedan manifestar sus descontentos de manera pacífica sin destruir cuanto haya a su paso, como si se tratara de un plaga de langosta. Y, claro, donde los políticos, funcionarios y ciudadanos deshonestos sean duramente censurados por la ciudadanía y sea imposible reemplazar al corrupto o delincuente con su esposa, hijo, hermano, tía o amante para el siguiente período o el próximo contrato. Es de países bien educados que los que violan la ley vayan a la cárcel, sin importar su nivel social o su popularidad, porque en un país como el que queremos la justicia es un elemento fundamental de educación ciudadana.

Estos deseos podrían unirnos mucho, especialmente si al tiempo que nos hacemos mejores personas con los vecinos, con los parientes, con los compañeros de trabajo, nos hacemos menos tolerantes con los que violan la ley o actúan como si esta no existiera. Un gobernante que pretenda dar ejemplo no puede nombrar embajadores que ignoran sus competencias, directores de agencias para las que no reúnen los requisitos o personajes que exhiben títulos falsos, porque esos detalles son malos presagios para un futuro que quisiéramos mejor que lo que ha quedado atrás.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

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