Opinión

Palabras suspendidas en el viento

Tras la visita del Papa quedó clara la incongruencia entre religión y práctica de muchos colombianos

14 de septiembre 2018 , 12:05 a.m.

Hace un año, el país despedía al papa Francisco, luego de cinco días de intensa emoción a raíz de su histórica visita, pero sobre todo por cuenta de la profundidad de sus mensajes. Las palabras del Papa eran de especial trascendencia y parecían caer como anillo al dedo al país en medio de un difícil momento de división y polarización política.

El mensaje del papa Francisco a lo largo de su visita no fue ajeno al contexto colombiano, y en varias ocasiones pronunció frases que si bien no contenían nombres y apellidos, sí dejaban claro que hacían referencia al proceso de paz y al fragmentado ambiente político. Y en vez de mantenerse al margen de la realidad nacional, como muchas veces ocurre en discursos de tantos credos religiosos, el papa Francisco se reunió con víctimas del conflicto armado durante varios de sus encuentros con la ciudadanía.

“No se dejen robar la esperanza”, repitió el papa Francisco a lo largo de los cinco días que pasó por las ciudades de Bogotá, Cartagena, Medellín y Villavicencio. Bajo la consigna de ‘demos el primer paso’, evocó enseñanzas de profetas que habían entregado sus vidas por la paz y la reconciliación a lo largo de la historia. Enterado de la profunda división en el país por cuenta del futuro del acuerdo de paz con las Farc, el Papa quiso dar a entender a los colombianos algo que quizás desde la mirada de un extranjero podría resultar obvio, pero que desde el ilógico terreno del fanatismo político ha significado un obstáculo difícil de superar: que el alcance de la paz representa un progreso para la sociedad entera, trascendiendo cualquier enfrentamiento político. “Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses solo particulares y a corto plazo” fueron sus palabras.

Luego de la despedida del Papa los líderes políticos colombianos parecieron retomar sus discursos sin demasiado lugar para la autocrítica o la transformación.

Muchos creímos que las premisas del papa Francisco, quien personalmente se mostró preocupado por la profunda división en Colombia, podrían dar inicio a un proceso de reconciliación en una nación profundamente arraigada en el credo católico. Parecía que los largos meses de enfrentamiento por cuenta del futuro del acuerdo de paz podrían encontrar un primer paso hacia una solución a través de la sabiduría de las palabras del líder de la religión mayoritaria del país. Pero si bien fue evidente el efecto inmediato de su visita, que paralizó el país y motivó la reflexión en millones de personas, luego de la despedida del Papa los líderes políticos colombianos parecieron retomar sus discursos sin demasiado lugar para la autocrítica o la transformación.

La campaña presidencial, las elecciones al Congreso y la votación de la consulta anticorrupción plantearon un intenso escenario político en el que la guerra sucia entre candidatos, la desinformación y la polarización alcanzaron niveles pocas veces vistos en la historia del país. Mientras tanto, las palabras de fraternidad pronunciadas por el papa Francisco parecían quedarse suspendidas en el aire, amenazadas por los fuertes vientos de la división. No deja de ser una paradoja que en la misma plaza donde el Papa invitó a los jóvenes a conservar la esperanza, un año después el presidente del Congreso pronunciara un discurso que legitimaba los rencores de millones, dejando claro lo mucho que faltaba para alcanzar la reconciliación. Un vendaval capaz de arrasar con las palabras de perdón del papa Francisco, que hasta ahora siguen suspendidas en el aire.

Pero, sobre todo, durante la visita del papa Francisco quedó clara una profunda incongruencia entre religión y práctica de tantos colombianos que han encontrado en sus credos la excusa para evitar el perdón y mantener vigentes muchos prejuicios. Se hace tarde para entender que si deseamos construir una sociedad más coherente y funcional, es necesario replantear tantas paradojas y entender el potencial reconciliador de las enseñanzas de las religiones, aun cuando muchos no mantenemos alguna afiliación con estas, antes que utilizarlas para mantener vivas las lógicas de la discordia.

Entretanto: el regreso a las fumigaciones con glifosato y al prohibicionismo clásico, políticas que afectan más a los campesinos cultivadores de coca y a los consumidores que a los productores y exportadores, recuerda una receta del pasado que no solo demostró ser ineficiente, sino que también contribuyó al fortalecimiento de las estructuras mafiosas y al aumento del precio de sus productos ilegales. La lucha contra las drogas requiere de enfoques novedosos, dando prioridad al tecnicismo y a las enseñanzas internacionales de tantas décadas por encima de la más fácil y dogmática salida del prohibicionismo total. Repetir estrategias fallidas no es el camino para alcanzar fórmulas exitosas.

FERNANDO POSADA ÁNGEL

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