Opinión

No, Colombia no necesita un Bolsonaro

Por fortuna, aquí estamos lejos de tener figuras como esta con opciones de llegar al poder.

06 de noviembre 2018 , 08:15 p.m.

Aunque han pasado casi dos décadas, muchos recordamos una frase infame que miles repetían a lo largo de corredores de todo el país: “Colombia necesita un Fujimori”. La debilidad institucional del Estado, evidente durante los tiempos del estruendoso fracaso del Caguán y de las tomas guerrilleras semanales, llevaba a muchos a desear un estilo de gobierno que, aunque radical, pusiera en orden la casa.

Con los años tuvieron la razón quienes se oponían a una repetición de ese modelo de autoritarismo basado en la mano dura (aunque ganas de importarlo no faltaron en diversos sectores de la política), mientras, se conocían cada vez más casos de imperdonables excesos de poder por parte del fujimorismo. Aquella frase regresó a la memoria de muchos en días recientes, por cuenta de la elección del muy radical Jair Bolsonaro como presidente de Brasil y del deseo de un sector radical en Colombia de aclamar su estilo autoritario y peligroso.

Aunque a una escala mucho menor que la conocida hace casi dos décadas frente al fujimorismo, los deplorables argumentos y promesas de Bolsonaro parecen haber llamado la atención del ala más inflexible de la derecha colombiana, pasando desde electores hasta congresistas, como se ha visto en días recientes en las redes sociales. La destructiva estrategia de cortar con todas las formas de diplomacia y mesura en el discurso, sumamente útil en la carrera de Bolsonaro, ha resultado bastante atractiva para ese sector político. Esa premisa consiste, esencialmente, en la repetición sistemática de planteamientos escandalosos y desafiantes, pero populares entre los electores más radicales, buscando lograr un impacto mediático masivo.

Quienes insistan en copiar estilos como los de Trump y Bolsonaro deben saber que los proyectos políticos construidos sobre el temor y el rechazo a la diversidad jamás conducen a futuros sostenibles


La elección presidencial en Brasil dejó claro que el estilo abiertamente populista de Bolsonaro fue determinante en su llegada al poder. Con el objetivo de causar revuelo en los titulares de los medios de comunicación, las escalofriantes frases pronunciadas por el candidato eran calculadas de antemano, logrando que la campaña girara en torno a sus declaraciones. Su apoyo público a algunos miembros de la dictadura militar y sus salidas a favor de la tortura como mecanismo de confesión son apenas dos ejemplos. Se trata de la misma estrategia que en Estados Unidos le funcionó a Trump para conquistar a diario un lugar en la prensa desde el inicio de la campaña presidencial.

El ingrediente principal de esos discursos no es otro que la renuncia tajante a la mesura y a la diplomacia —fundamentales dentro de la cultura de la democracia y el respeto—, buscando decir las cosas como muchos, de manera silenciosa, las piensan a diario. El triunfo político reciente de las tesis racistas, machistas y cargadas de prejuicios por parte de candidatos como Trump y Bolsonaro obedece, en parte, a la estrategia de empoderar el lado más vergonzante y oculto del pensamiento de cada ciudadano: el que desprecia a los inmigrantes, a la lucha feminista y a las minorías étnicas y sexuales, y el que recuerda con nostalgia los tiempos de la discriminación.

A pesar de la pasión de las discusiones cotidianas, muchas veces lejanas de lo racional, debe tenerse claro que la construcción de un proyecto político sobre las bases del miedo y el rechazo de la diversidad solo es capaz de profundizar los odios y las divisiones, que en un caso como el colombiano están más que vivos. Al mismo tiempo, discursos como el de Trump, y más recientemente el de Bolsonaro, representan una amenaza real a los derechos que distintos sectores de la sociedad, como las mujeres, los estudiantes y la comunidad LGBTI, han conseguido con esfuerzo, y que han significado pasos hacia la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Por fortuna, el debate público colombiano, al menos por ahora, está lejos de contar con figuras que desde discursos abiertamente antiderechos y desafiantes frente a la democracia, como el vecino Bolsonaro, ostenten posibilidades reales de llegar al poder. Sin embargo, desde ya es urgente encender las alertas, particularmente en escenarios como el Congreso. La llegada masiva de inmigrantes venezolanos puede ser el detonante de un discurso hasta ahora desconocido en Colombia, pero que en Europa y Estados Unidos ha resultado sumamente útil a la hora de despertar miedos y odios como el de la xenofobia. En manos de los partidos políticos, medios de comunicación, líderes y ciudadanos reposa la inmensa responsabilidad histórica de que los discursos del odio no tengan cabida dentro del debate público colombiano.

Quienes insistan en copiar estilos como los de Trump y Bolsonaro deben saber que los proyectos políticos construidos sobre el temor y el rechazo a la diversidad jamás conducen a futuros sostenibles o estables. No hay manera de que eso termine bien. Lo que menos necesita Colombia, en medio de un difícil contexto de reconciliación y de aceptación de la diversidad, es dar pasos atrás. Que los más radicales, que desde ya muestran simpatía por el discurso puesto en marcha por Bolsonaro y Trump, recuerden que el camino del odio en la política no lleva a un destino diferente al del retroceso y la oscuridad.

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