Opinión

Defendamos la séptima y la ETB

Todo en ese proyecto es un engaño a la ciudad y a la ciudadanía.

20 de julio 2018 , 12:00 a.m.

¿Vamos los bogotanos a presenciar impasibles, indiferentes, mudos, dos proyectos gravísimos, como la troncal de TransMilenio por la avenida séptima (TTM7) y la depreciación deliberada de la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá (ETB) con miras a venderla (en la práctica, regalarla) a precio de quema, que afectarán de manera profundamente negativa a nuestra ciudad y, en consecuencia y sin excepción, a los que vivimos en ella? Para iniciar el debate hablemos de la TTM7.

En los “ya casi” tres años de ineficiencia que lleva la actual administración del señor Enrique Peñalosa, no ha podido terminar (no van ni en la cuarta parte) el segundo tramo peatonal de la carrera 7.ª, avenida de la República entre calles 15 y 24, cuyo recorrido no es superior al kilómetro y medio, que, según el IDU, quedaría listo en octubre de 2017. Como están las obras, y al paso cansino en que andan, parece improbable que la peatonalización de la séptima se entregue al público en la presente administración.

Otra obra que el alcalde Petro alcanzó a dejar financiada y programada para inaugurarse a comienzos del 2017, el metrocable de Ciudad Bolívar (o TransMicable), está avanzada en el 90 %, aunque el Alcalde Mayor viene diciendo hace meses que “ya casi” la dan al servicio. Habrá que ver cuánto demorarán en el 10 % que falta.

Y si en una obra como la peatonalización del citado tramo de la séptima, entre calles 15 y 16, que no tiene, repito, más de kilómetro y medio, se han gastado al día de hoy dos años y seis meses, y su terminación se ve aún remota, ¿nos viene a meter el señor alcalde el cuento de que otra obra, como la TTM7, doscientas veces más complicada, por su extensión, y mil veces más riesgosa por la destrucción colosal que implica a lo largo y ancho del recorrido, quedará lista en dos años? No más analicen ustedes este detallito: el deprimido de la 94 tardó diez años en construirse, y no es que digamos una hazaña de ingeniería digna de figurar entre las siete maravillas del mundo. Al mes de estrenado, se inundó, y se volvió a inundar cuatro meses después. Ojalá que no se inunde en la próxima temporada invernal. Entonces, si un deprimido común y corriente requirió diez años para su realización, ¿cuántos años podrá consumir el túnel pomposo que hace parte (el alcalde dixit) de la TTM7, desde la carrera 7.ª, doblando por la carrera 11, para empatar con la avenida Caracas? ¿Dos años? ¡Ja, ja! “Ya casi” le creemos, señor alcalde.

Funcionarios niegan que se vaya a destruir ningún bien patrimonial, pero hay identificados 75 bienes patrimoniales de la ciudad cuyo grado de afectación es motivo de controversia.

Está bien que el alcalde Peñalosa tome por bobos a los bogotanos, pues cometieron la bobería imperdonable de elegirlo para un segundo periodo, que no ha resultado tan malo como el primero, sino peor. Una señora muy elegante e ingenua, en una reunión de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, a la que amablemente me invitaron para examinar “el tema” del TTM7, lanzó al aire esta pregunta inspiradora: “¿Qué habríamos hecho en Bogotá sin el TransMilenio?”. Interrogante oportuno, que tiene dos respuestas concretas. Una, habríamos hecho el metro subterráneo, y hoy disfrutaríamos por lo menos de tres líneas funcionando. (Véanse los ejemplos de Quito y Ciudad de Panamá); y dos, no nos habríamos tirado la avenida Caracas, ni la avenida Jiménez, ni la avenida Tercera, vías en las que TransMilenio ha hecho de Bogotá una ciudad fracturada y anodina.

Sorprende, de forma ingrata, ver cómo las universidades privadas (con una excepción honrosa, que por ahora no menciono) han manifestado en globo su apoyo, quién sabe si incondicional, al proyecto del TTM7. Se supone que las universidades son centros académicos, o mejor, son la academia, que tienen como objetivo y como obligación no solo impartir cátedras insulsas, sino impulsar la reflexión, el conocimiento, el análisis científico de los problemas nacionales y urbanos, el pensamiento crítico, la creación de profesionales con conciencia cívica y no con criterio de negociantes voraces. Lamentable que nuestras universidades (las privadas, no las públicas) pierdan su norte y apoyen un crimen urbanístico como el proyecto TTM7.

Porque todo en ese proyecto es un engaño a la ciudad y a la ciudadanía. Un aprovechamiento inescrupuloso de la bobería bogotana. Todavía no se conocen los estudios definitivos, si es que hay algunos. Apenas se han mostrado diseños improvisados y maquillados. Los funcionarios niegan que se vaya a destruir ningún bien patrimonial, pero en el trayecto del TTM7 hay identificados 75 bienes patrimoniales de la ciudad cuyo grado de afectación es motivo de controversia. Entre ellos, el parque Nacional, las palmeras de la 72, el museo de El Chicó, Casa Medina, la iglesia de Santa María de los Ángeles, la casa del General Santander, la arborización de la 7.ª, etc. El IDU dice que en el parque Nacional se van a utilizar nada más “diez metricos”; pero no aclara que son diez metricos lineales, que corresponden a cuatro mil metros cuadrados. Una parte importante del parque podría desaparecer.

Para concluir por hoy: en la licitación pecaminosa, por donde quiera que se la mire, para renovar la flota de TM, además de descartar los buses eléctricos, se van a traer articulados Euro4, unos buses obsoletos a diésel, que han sido prohibidos en Europa y Estados Unidos por el elevadísimo grado de contaminación que generan, según denunció la misma Procuraduría. No es cierto que los buses sean de la línea Euro6, menos contaminantes. Alguien quiere enflautarnos unos miles de buses descontinuados con los que está encartado.

Ojalá resuelvan los ciudadanos tomar parte en un gran debate público sobre los asuntos que les interesan directamente. Y no son de menor cuantía la TTM7, la ETB, la EEB ni el metro elevado.

ENRIQUE SANTOS MOLANO

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