Opinión

100 años de costeñidad

Entre las demandas de la Liga Costeña, una concepción del desarrollo abierta al mercado exterior.  

14 de febrero 2019 , 07:29 p.m.

El 12 de enero de 1919 se reunió en Barranquilla la primera asamblea de la Liga Costeña, convocada por un diverso grupo de empresarios de la región.

Había precedentes.

Reclamos como los de Juan José Nieto en las primeras décadas de la república y, posteriormente, el movimiento político alrededor de Rafael Núñez en 1875 fueron expresas manifestaciones de insatisfacción frente al centralismo. Reivindicaban, además, la “Costa”, con características de “comunidad imaginada” más allá de las fronteras departamentales.

Solo tras la aparición de ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez, la Costa comenzó a ganar una sólida articulación cultural, reimaginada desde entonces como caribe.

La Liga Costeña de 1919, sin embargo, fue en muchos sentidos única. Su liderazgo, para comenzar, fue colectivo y disperso entre las principales ciudades de la región. Aunque en sus reuniones fue notable la voz del exministro de Hacienda Tomás Surí Salcedo, los líderes parecían provenir del sector empresarial. La Liga Costeña tuvo tono de movimiento cívico. Y su resonancia nacional fue mayor que cualquiera de las manifestaciones anteriores de la costeñidad.

Hasta cierto punto, las preocupaciones regionales se limitaban a la esfera económica. Así lo reflejó el Memorial que la Liga le envió a la Cámara de Representantes, aprobado en Cartagena el 14 de agosto de 1919.

Entre sus demandas, pocas con la prioridad otorgada al río Magdalena, a las necesidades de mejorar sus condiciones de navegación y el estado de sus puertos. El destino material de la región se veía íntimamente ligado a los adelantos del transporte fluvial, eje de las comunicaciones nacionales. Era una demanda por mayor integración, que refutaba por sí sola las críticas de secesionismo que la Liga recibió desde círculos capitalinos.

Iba implícita en sus demandas cierta concepción del desarrollo, abierta al mercado exterior y opuesta al proteccionismo que había ganado arraigo en al país. Se combinaron allí los intereses portuarios y comerciales de Barranquilla, Cartagena y Santa Marta con los del naciente sector industrial.

Hubo otros reclamos de corte político. Especial atención recibió la renta de las salinas, nacionalizadas desde 1885. La Liga pidió al Congreso que se devolviera a los departamentos la administración de sus respectivas salinas, mientras la prensa costeña acusaba al Gobierno central de favorecer la producción de sal en Zipaquirá. Más claramente políticos fueron los reclamos por reformas descentralizadoras y mayor representación regional en el Legislativo.

“Hay malestar por Liga Costeña”, escribía el presidente Marco Fidel Suárez a sus gobernadores en la Costa: “Es cosa delicada que exige atención discreta”. Les pedía “muchísima reserva”. Rumores de separatismo llegaron a los oídos del cónsul norteamericano en Barranquilla, mezclados con sentimientos de revolución, en una región predominantemente liberal, contra el gobierno conservador.

Los rumores separatistas eran infundados. Como ya se sugirió, la Liga Costeña reclamaba mayor, no menor integración con el país. Sus industrias aspiraban a llevar sus productos a los mercados más amplios del interior andino. El presidente Suárez decidió atender personalmente los reclamos, y su visita a la región sirvió para calmar los ánimos.

La Liga Costeña siguió siendo una manifestación regionalista débil, en buena parte por su horizonte casi estrictamente material. Solo tras la aparición de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, la Costa comenzó a ganar una sólida articulación cultural, reimaginada desde entonces como caribe.

Paradójicamente, el Caribe garciamarquiano venía acompañado de mensajes universales. Quedaba atrás el parroquialismo. Y la costeñidad vuelta Caribe adquirió unas dimensiones nacionales que, cien años después, importa reconocer.

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