Opinión

Sobre las elecciones

La primera señal de que uno envejece es cuando comienza a votar.

13 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

Para mi generación del nadaísmo, en los años sesenta, votar era una cosa de viejos, como los sabañones, una obligación civil de gente establecida que había dejado de soñar, convertida en un rubro, en un inventario de pantuflas domesticadas. Las elecciones, como la Semana Santa, o la Navidad, las tomábamos como un lánguido ritual que no nos incumbía.

Los muchachos de las camisas de flores, sandalias trespuntás y el pucho de marihuana en el carriel estábamos más preocupados por la música que se oía que por los discursos que se echaban, o por las promesas que nos hicieron en los parlamentos desde Julio César. La generación anterior había sido la de la oratoria. Para los muchachos de entonces se revelaron la balada y la concisión extrema del hai ku. Importaba el sentir más que la cháchara del pensar.

En el sancocho intelectual que nos justificaba, tan pintoresco y tan inteligente a pesar de todo, cupieron en el mismo plato el Che Guevara y Van Gogh, el repudio a la guerra imperialista en el Vietnam y Gandhi y Lao Tsé. Un poco de marxismo, opio de los intelectuales, y dos gotas pacifistas de LSD para romper la coherencia. Aunque las encuestas dicen que los sesenta fueron sin embargo la década más violenta del siglo XX. Sin contar el furor dinamitero del terrorismo de los universitarios leninistas en todas partes desde Berlín a Buenos Aires. Recuerdo a propósito las pandillas como la de Carlos Manson, el hijo del hombre, que corría por las casonas de Los Ángeles destazando a los pobres ricos al borde de sus piscinas con la pretensión de cumplir con el apocalipsis redentor, es decir, como si la razón no fuera más que el cumplimiento del instinto tanático. Y las guerrillas del rastrojo latinoamericano como las nuestras, despojos de la filosofía alemana sobre la crueldad innata del hombre premoderno.

Yo también necesito reír y sé que es más importante para mi vida real mi rosal que el Capitolio y la salud de mi perra más que las corrupciones inevitables de las dos cámaras.

Sí. La política nos interesaba como los collares de rubíes, de lejos, como los automóviles de lujo. Lo cual nos salvó de la tentación de la acción que envilece los sueños. Y no votábamos ni siquiera por elección consciente, por el pudor de alinearnos, de alienarnos en la arcaica noción del rebaño que después fue la horda y después la tribu y la nación más tarde, sino por pura pereza de hacer filas. Además, habíamos leído la fábula árabe del sabio Nasrudín, que compara al político con el lobo que hipnotiza a sus ovejas.

La primera señal de que uno envejece es cuando comienza a votar. Y el hecho es que yo, que ya no me cocino en dos aguas, como se dice, de cuando en cuando, voto. A veces con asco y con rabia. Y el domingo, claro, me levanté a votar como todos los ciudadanos responsables. Pero por desgracia me asomé al televisor y estaban presentando un especial de Los Picapiedra que me retuvo. Y cuando terminaron Los Picapiedra me percaté del rosal aquejado de pulgones de mi jardín. Y me puse a limpiarlo. Y mi perra envidiosa, una cachorra tres cuartos de salchicha y uno de mogolla, me mostró el desastre de sus pulgas en las axilas. Y ganó la ternura sobre los royes de caras de hombres murciélagos, y los petros de caras de rinrín renacuajo.

Pues cuando logré espulgar la cachorra eran las cuatro de la tarde. Y ya había cerrado mi mesa. Me consuelo pensando que así quedo en mayoría, en el sesenta por ciento de los abstencionistas. Y que esto me libra de ser el cómplice de una caterva de avivatos de largas uñas y corazón forajido de doble faz. Y después de todo, yo también necesito reír y sé que es más importante para mi vida real mi rosal que el Capitolio y la salud de mi perra más que las corrupciones inevitables de las dos cámaras, donde a veces se roban los hospitales. Y lo demás. Menos mi libertad de vivir a mi modo. Y de valorar lo mismo la filosofía capitalista de Hanna y Barbera que el ideario socialista de Uribe Uribe.

EDUARDO ESCOBAR

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