Opinión

Omisión significativa

Como todas las revoluciones, la sandinista paró en una tragicómica parodia.

17 de julio 2018 , 12:00 a.m.

No extraña que los medios que tanto han obedecido estos días a su vocación al escándalo apelando al de Nicaragua, y que entrevistaron a propósito a un montón de analistas políticos y burócratas oficiosos, al mismo tiempo hayan sesgado la figura de Ernesto Cardenal, que podría explicar mejor que nadie lo que sucede allá porque forma parte de su vida de poeta.

El anciano sacerdote, consagrado por la solidez de su obra y por las bagatelas de los premios de los reyes y las academias, extraordinario compatriota de Darío, encarna la esperanza y la decepción de otro proceso revolucionario devenido en carrumia, en sainete de la crueldad y la pobreza conceptual que son las marcas de las izquierdas latinoamericanas. Tifo de nuestro siglo, lastre que nos impide redimirnos del descalabro de Bolívar, ese loco, como sabía su hermana, que por darnos la independencia nos regaló el desorden con la ayuda solapada de los mercaderes ingleses de baratijas. En el deterioro de la comunicación, el comentario coyuntural, que divierte como los chismes de costurero, vende: y de eso se trata. Y en consecuencia lo esencial puede soslayarse. Quiero decir, la dimensión existencial de su experiencia.

Todos recordamos a Cardenal, ministro sandinista de la Cultura, hincado ante el Papa de visita en su patria. Con la soberbia que implica la obediencia del católico de veras, en su integridad soberana Cardenal se hizo incómodo para el Vaticano por su inclinación a aparear la teoría económica de 'El capital' con los evangelios. Y para la revolución por el talante místico. Es posible que los poemas escritos en Getsemaní, la trapa de Kentucky, cuenten entre los más bellos de la poesía moderna en castellano. Un joven aspirante a santo recuerda el fragor de las autopistas de la bohemia juvenil, los bares, sus marquesinas multicolores, los nombres musicales de las muchachas, desde el monasterio; y alaba los tractores de mayo y la cópula crística de las cigarras en los rastrojos, a la manera de Cátulo, a veces. Renovando la poesía de vanguardia, con un estilo que él mismo llamó exteriorista. Opuesto a la pantomima del surrealismo convertido en moda insulsa.

No pudo con la carga del monacato, cuenta en un libro autobiográfico. No es fácil cargar con el absurdo de la negación radical. Al ingresar al seminario de La Ceja, Antioquia, se acercó a los nadaístas de Medellín y a la obra de Fernando González. Puesto en contradicción con la oficina de la fe, se negó a renunciar a su sacerdocio. Y cuando fue suspendido a divinis no le importó. Ni cuando le fue levantada la sanción. Se dedicó a su comuna en Solentiname. Animó la publicación del 'Cantar de los cantares' de William Agudelo, un gran poeta de Bolombolo, “país del sol sonoro”, obra emblemática de mi generación. Y denunció la tácita discriminación de los católicos en las universidades y los puestos de responsabilidad en la Cuba de Castro. Divulgador de la poesía norteamericana moderna y de la precolombina, en la efervescencia revolucionaria corrió el mundo usando su prestigio en busca de apoyo para el nuevo reino de los pobres, para la realización del socialismo cristiano. El resto de la historia se conoce. Su aire de cómic. El machismoleninismo combatiente. Las tomas efímeras de los castillos simbólicos del poder. Los ídolos populares, campeones de la pobreza que sacralizan y prolongan con aires famélicos y sombreros de cañas, manipulados por la propaganda nacionalista. La derrota de Somoza. Como todas las revoluciones, la sandinista paró en una tragicómica parodia, en una satrapía de zona bananera o degeneración maya condimentada con cartas de san Pablo y cantos a la Pachamama. Ahora Cardenal es un enemigo inventado por el estamento dominante, por sus compañeros de ruta en el camino hacia la justicia. Bolívar dijo que América corría el riesgo de retornar a la barbarie. Por lo pronto somos un sórdido zafarrancho, un territorio salvaje donde el Estado está por inventar. Y las burocracias que lo simulan son trincas de ladrones cebados no más.

EDUARDO ESCOBAR

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