Opinión

La trágica erosión de lo sagrado

Algunos necesitan el tridente del demonio católico para mantenerse razonables.

11 de septiembre 2018 , 12:10 a.m.

Hay quienes confunden el librepensamiento con el espíritu anticlerical. Pero el librepensador nada tiene contra la religión, cualquiera que sea. La fe y la razón, desde Santo Tomás, delimitaron sus territorios. La fe depende de las emociones, de una cierta voluntad poética. Las certezas de la ciencia son otra cosa. Algunos, sin pertenecer a una feligresía, nos consideramos religiosos a la manera de Spinoza, Einstein o Fernando González: por la capacidad para el asombro y por el gusto de andar en lo inseguro en busca de un significado para la existencia.

No me cuesta reconocerme católico. Aunque no admita los dogmas de la infalibilidad papal y la virginidad de María y dude de la historicidad de Jesús, siento que la estructura de las ideas que gobiernan mi conducta y mi forma de asumir la libertad y el poder fueron elaboradas en los monasterios medievales, aterrados por fantasías siniestras, mientras trataban de conciliar la revelación bíblica con la filosofía griega trasvasada a Europa por los árabes, en la edad oscura que siguió al Imperio romano. Historia básica. Que incluye las alegres herejías de Joachim de Fiore y Dulcino.

Pertenezco a una civilización creada por el catolicismo, mi herencia y mi querencia. No voy a misa regularmente, pero no me niego a acompañar a un amigo en sus rezos si me lo pide, en la sinagoga, la basílica o la mezquita; me exaltan las salmodias, el canto gregoriano, el Magníficat de Bach, la música sagrada de Mozart, Beethoven, Penderewski, Gorecki, Arvo Pärt. Admiro el arte religioso primitivo, al remoto Fra Angélico, a Miguel Ángel, y Leonardo, los cristos de Dalí. La liturgia católica aún me estremece como en la infancia, cuando el oficio de tinieblas suscitaba en mí sentimientos apabullantes de compasión y terror, tanto como hoy Altaforte, de Ezra Pound.

Duele la pavorosa crisis de la única institución cuya sobrevivencia milenaria era la prueba ácida de su autenticidad.

El Dies irae y el Stabat mater cuentan entre los poemas más intensos que conozco. La crónica de Jesús, emparentada con arcaicos mitos agrícolas, no se me desvaloriza por eso. Sus antecedentes en Zoroastro no disminuyen el respeto que me inspira el drama de la redención. De niño me fascinó la lectura de los 'Hechos de los Apóstoles', el primer libro de viajes que cayó en mis manos. La Biblia, epopeya de horrores y romances mezclados, me ayuda en cada visita, porque es insondable, a comprender la ambigua divinidad que hostigó mi niñez y la evolución de la especie humana como un tratado de antropología.

Los poemas de Juan de la Cruz y Ernesto Cardenal, los del padre Chardin, cuyo Himno al universo canta la áspera materia que se nos opone y nos moldea, las reflexiones de Arturo Paoli sobre la riqueza de los pobres opuesta a las pompas de la religión establecida, las elucubraciones de las beguinas, el poema mayor de Dante y los de Francisco de Asís, de madre occitana, nacida en tierras de los cátaros cuyas ciudades arrasó Domingo de Guzmán, forman un acervo impresionante de bondades y espantos, lleno de contradicciones, que conservo entre los tesoros de mi sensibilidad. El cristianismo, una empresa criminal para muchos, también fundó la noción de la fraternidad universal en una carta de Pablo a Timoteo. Y que Hipatia nos perdone.

Por eso duele tanto la pavorosa crisis de la única institución cuya sobrevivencia milenaria era la prueba ácida de su autenticidad. Su lastimera condición ahora, corrompida por los vicios condenados por los profetas, consentidos por cortes de geriones empurpurados, es fenómeno de mal presagio. Algunos necesitan el tridente del demonio católico para mantenerse razonables. Si Dios no existe, todo está permitido. Dijo Dostoievski.

Lástima la barca de Pedro con el calafate atacado por los procesos de la disolución en un mundo envanecido de sus éxitos materiales, que dejó de entenderse con lo ideal, pues tiene con los teléfonos de mano. El manto del cielo está tan decaído como el espacio interior del Ser. Como es adentro es afuera. Estamos al borde de una era nueva imposible de predecir.

EDUARDO ESCOBAR

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