Opinión

La soledad del Presidente

En apariencia, cada presidente colombiano recibe de su predecesor el peor país posible.

03 de diciembre 2018 , 07:53 p.m.

El poder es una vocación. Un atavismo que a veces se encarna en ciertas personalidades de rasgos sadomasoquistas, con alguna deformación esencial, tal vez. Muchos presidentes en todas partes han declarado en sus biografías públicas, o en la intimidad de los amigos, que el poder fue el sueño cumplido de la infancia. El poder tiene un brillo que hechiza. Y a veces le sirve de antesala al martirio.

Como sueño infantil, el poder, pase. Pero al llegar a cierta edad, toda persona, aun sin ser sabia, debería estar enterada del hecho triste de que la asunción al poder es también el ascenso a la cruz. Que toda corona es de espinas, sea de oro o de laurel. Y que no hay soledad peor que la soledad de los palacios. Ni peor canallada con uno mismo que cargarse con los problemas de la historia de los demás. Cada uno tiene su propio asunto. Pequeño y oblicuo a los enredos colectivos. Y es más gratificante que las pompas del poder, que se parecen tanto a las pompas de jabón de la fama.

A mí me dan mucha lástima los presidentes de todas partes. Tan solicitados por todos y tan impotentes ante todo. Y, sobre todos, me enternecen los de los países pobres e indómitos por primitivos, como este. Donde la oposición se confunde con el asedio del trono. El bien del país con la aniquilación del mandatario. Y la inteligencia política con la astucia rastrera.

Santos heredó el hueso duro de roer de las guerras santas de Uribe y le dejó a Duque el sagrado chicharrón de la paz.

En apariencia, cada presidente colombiano recibe de su predecesor el peor país posible. Desde que me hice consciente de la realidad de la política en los tiempos de los pájaros y de las cacerías de patos de Guillermo León Valencia, cada presidente tuvo que apagar su propio incendio, y dejó otro encendido para que el siguiente tuviera en qué ocuparse.

Santos heredó el hueso duro de roer de las guerras santas de Uribe y le dejó a Duque el sagrado chicharrón de la paz, una paz plagada de perendengues santanderistas y de celadas de abogados expertos en subterfugios de la letra menuda y en laberintos burocráticos. Y refrendada por la inutilidad de los registros de la memoria en palabras. Pero la memoria es otra cosa que unos libros infinitos que nadie leerá, que papel perdido, como la pólvora perdida de la guerra cuya suma es siempre cero.

Una sola cosa bastaría para justificar el gobierno incipiente de Iván Duque. Bajarle el tono al bochinche nacional. Apagar la estridencia, la cautela para desmagnetizar la polarización, ya es un buen trabajo. En el fondo, lo que un presidente puede aportarle al país es el talante. El resto lo hacen las cosas que nos sobrepasan. Y depende de la evolución de las herramientas, de los apogeos y las decadencias de los ferrocarriles y de un montón de imponderables. Yo tengo la secreta esperanza de que por su juventud, el Presidente esté muy influenciado por las mujeres que lo rodean. Para bien de todos.

Muchos lo ven como una debilidad. Pero los antiguos chinos ya pensaron que el mejor gobierno es el que menos se nota. Hay mucha sabiduría en la paciencia. El presidente Duque hace bien en mostrarse tranquilo y conciliador. El centro es lo mejor en la crisis generalizada de todo, la universidad, la justicia, las costumbres políticas, la ética y el honor. En un estado de cosas semejante, plagado de desconfianzas, y donde la política está, como ahora y aquí, excesivamente permeada por las fuerzas corrosivas de la utopía, que, desprestigiada en todo el mundo civilizado, se vino a temperar en Latinoamérica arrullada por los talibanes del marxismo tropical y por los arcaísmos filosóficos de los nuevos nacionalismos cristianos. Bajo el acoso de la conspiración de los fascismos de derecha e izquierda, un país sensato apoya a su presidente. Porque su fracaso es el fracaso de todos. Por eso, yo me quiero contar en el 22 por ciento que, según las encuestas, confían en su criterio y esperan que le vaya bien con el embrollo que somos.

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