Opinión

Ideas peregrinas

Todos estamos inscritos en las páginas de la misma comunidad religiosa que formó nuestro mundo.

09 de octubre 2018 , 12:16 a.m.

La historia es un juego de aliteraciones a un texto tentativo, un caleidoscopio, un espejismo, una coral de voces en fuga, una perpetua traslación de sentidos en busca de una coherencia esquiva, de una identidad indeterminable como la que nos ofrecen los espejos, las fotografías y el qué dirán. Unos sitúan el nacimiento del pensamiento liberal en la Paz de Westfalia. Primer ensayo de una unión europea inestable y crispada.

Entonces, nuestros átavos ultramarinos en el espíritu habrían sido iluminados por la idea peregrina de que podían vivir sin matarse, después de treinta años de guerras por nimiedades religiosas. Contrabandistas de huevos de tulipanes negros de Turquía, usureros con capillas suntuosas para lavar los pecados al ocaso después de fatigar el día y la conciencia entre argentarios y simoníacos, reyezuelos creyentes en Dios y en ungüentos de brujas, que asaban en hogueras públicas entre rechiflas populares después de someter a tortura sus gatos y a juicio el burro de la leña.

Otros remontan su origen a las universidades de la Edad Media o lo rebajan a la desobediencia de Lutero, que liberó la intimidad de la vigilancia del poder: un acto de valor que en el ajedrez del diablo coincidió con la imprenta. Por lo cual, para muchos, el liberalismo está ligado a la técnica de la copia de textos de Gutenberg. Y no faltan los que señalan los gérmenes de la idea del individuo con derechos y de la independencia personal contra los autoritarismos en la vieja Grecia. Pero Grecia, como la conocemos, está imbricada con las interpretaciones padecidas en los monasterios europeos, de parte de los traductores franciscanos y benedictinos de las literaturas de Atenas y Roma, que confundieron en un lindo mazacote unos terrores bíblicos, transparencias de Platón, anecdotarios de Sócrates adobado por un estoico, unos vientos de Plauto y un ambiguo fragmento de Cátulo.

La Paz de Westfalia debió firmarse con plumas de gallo de Guinea o de pavo americano. La guerra dejó un número incalculable de muertos. Y unos paradigmas del heroísmo que se prolongaron en la literatura para justificarla. Pero también nos dio a Locke y a Kant y su diseño de la paz perpetua. Muchos en mi generación pararon en el liberalismo filosófico después de las decepciones del marxismo, al cual accedieron, a veces, por la lectura de los evangelios; muchos, después de militar en la Iglesia romana con sotana y todo, nos dedicamos a combatirla con la saña de la juventud; y muchos también retornaron al redil del irracionalismo como hijos pródigos hartos de las cargas de la libertad. Recuerdo el misticismo del último Gonzalo Arango. Y el escapulario de Mario Rivero.

Todos estamos inscritos en las páginas de la misma comunidad religiosa que formó nuestro mundo con su mito y parece realizar sus conquistas contra sí misma. Como si solo supiera construirse desbaratándose en una vasta diseminación de memes oceánicos, que caen siempre parados en el mismo marco conceptual como el gato cuántico. El pensamiento es el laberinto introyectado.

Henry Miller llamó a su país “pesadilla con aire acondicionado” y se declaró chino en protesta contra la civilización yanqui. Yo hice la prueba, amargado con el mío. Pero es imposible hacerse el chino más de tres minutos seguidos. Y ya no vale la pena. Cuando los chinos dejaron de ser unos misterios con coleta, sutiles como una bocanada de opio. Ahora marchan detrás de una corbata, como todo el mundo, con un teléfono inteligente en el bolsillo del corazón y dejaron de creer en dragones, como católicos comunes y corrientes. Herederos, con cinco gotas de Adam Smith hoy, del poeta Mao, último genocida cristiano. Vía el marxismo ruso. Cuyo halo místico se atribuye arbitrariamente al espíritu estepario. Pero Marx fue un teólogo luterano primero que todo, antes de ser el profeta judío del desorden sanguinario que nos legó y el responsable, dice la estadística, del 80 por ciento de los muertos por hambre en el siglo XX, víctimas de su utopía letal.

EDUARDO ESCOBAR

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA