Opinión

Enero, el mes endeble

Ya hemos gastado unas pocas de las 8.760 horas que tendrá este año, que abre su loto de espinas.

01 de enero 2018 , 10:51 p.m.

Mi diccionario favorito dice que por una derivación del nombre de enero, existe, en uno de esos latines corrompidos que suenan en las breñas de cabras de España, la expresión “andar a la xaneira”, que es andar cachonda. Porque, dice Corominas, es el mes en que ocurre esto a la especie felina. Y el demostrativo vibra en la frase como el badajo reblandecido del pudor académico.

La verdad sea dicha, mis gatos, tuve muchos, de muchas clases y colores y modos de ser, mudos, políglotas, y hasta vegetarianos, han sabido comportarse en enero como todos los otros días de sus vidas con cola. Incluso uno que tuve, gatólico ferviente. Este andaba por la casa con cargaderas y bonete virtual y los incisivos de la bestia de presa de aquellos que rezan pensando en la vanidad de la ganancia, que pavonean su ego de pobres, y que mientras invocan al Espíritu Santo andan en fiestas de mafiosos.

Nunca abandonaron mis gatos su gatidad, ni siquiera en enero. Quizás los contaminó mi clara indiferencia aprendida en las decepciones que son las madres de la sabiduría. Pues casi todo me da lo mismo. Menos alguien cuyo nombre no supe, aunque sé que llevaba un nombre luminoso.

En un poema de juventud asocié por ignorancia el nombre del segundo mes con la fiebre. Después aprendí que febrero tiene que ver con los azotes. Februas eran unas tiras de cuero de macho cabrío con que los oficiantes de las lupercales azotaban a la gente, sobre todo a las mujeres. Cuando las feministas no habían convertido las ansias de libertad en la caricatura del remordimiento de los verdugos.

Un poeta angloamericano llamó a abril el mes más cruel. Un poeta indonesio que anduvo por mi casa hace días escribió un hermoso poema al mes de junio, cuando se ven ciertas estrellas en los cielos de su patria fanática y pobre. Porque el fanatismo y la miseria suelen ir juntos. Mi amigo anda por estos pagos huyendo de sus compatriotas budistas que lo persiguen porque es cristiano. Y vino a mi casa intrigado por cierto poema que les dediqué a las cucarachas hace marras, a esas cucarachas que viven en el radiorreloj de mi mesa de noche. Cuyas tripas de alambres a veces abandonan para explorar mi rostro con sus pequeñas patas, y mamar la leche de las pestañas de mis pesadillas de gavilanes azules de diciembre. Cuántos poemas bobos mereció diciembre con sus ruidajos y sus aguinaldos, ese mes cuando mientras unos gozan otros sufren aunque sea de envidia. Barba, el poeta antioqueño, se sintió un día “ciego sin lazarillo bajo la luz de enero”. Y escribió una elegía de septiembre. Y una lamentación de octubre. Y montones de poetas cantaron al mes de mayo, porque es mes de flores de primavera.

Pero enero es trágico. Hecho con la ceniza de las candelas de diciembre, es el cansancio de la felicidad que sirve el hastío. Es el mes de los juramentos. Los fumadores prometen acezando que dejarán su vicio. Los flacos, que ganarán unos kilos. Los gordos, que bajarán de peso para volver a caber en sus camisas. Es el mes de los propósitos que paran en los despropósitos habituales. La misma guerra, los mismos latrocinios, las mismas canalladas, la misma gula.

Su nombre, relacionado con la puerta, hace de enero un tránsito entre el alboroto decembrino y ese mes cojo que es febrero. Ahora, enero apenas despierta. Hasta ahora hemos gastado unas pocas de las 8.760 horas que tendrá este año, que abre su loto de espinas. Y llega con sus defectos previsibles. En Colombia será de elecciones. Y nuestros políticos sacarán a relucir sus mejores palabras públicas para ocultar sus peores inclinaciones privadas. Porque la democracia es engorrosa. Sobre todo en un país donde, como dijo uno, no hay frailes para confesar tanto ladrón. Y donde la mentira es el pan de todas las mesas. Las ricas. Y las pobres.

EDUARDO ESCOBAR

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