Opinión

De cuál historia hablamos

Reviven una ley olvidada que obliga a enseñar historia en las escuelas. Pero cuál historia.

30 de enero 2018 , 12:00 a.m.

Nuestros anales son unas historias repetidas con insistencia desde la primera Patria Boba, y siempre estamos armando alharaca por una bobada, como si nos gustara bobear. Un día declaramos el ajiaco patrimonio cultural de la república. Otro, el bullerengue. O el sombrero vueltiao. Pues, además, somos proclives a consagrar los símbolos de la pobreza, el burro, las alpargatas, y el bohío, como elementos de la identidad nacional. Y adoramos los mártires, alimento del resentimiento que nos mantiene atados al pasado. Como un carro que patina y mientras más lo aceleran, peor se hunde. 

Ahora reviven una ley olvidada que obliga a enseñar historia en las escuelas. Pero cuál historia. ¿La Historia con mayúsculas, o la humilde historia de cualquiera? Mi crónica de nimio tiene tanto derecho al honor o a la infamia como la fábula de Colón. No descubrí América. Pero la padezco.

Hoy, cualquiera con mucha razón, menos en los países comunistas, está autorizado para publicar su autobiografía en la red, ilustrada con las fotos de su abuela preferida y el plato que acaba de consumir en el restaurante. Así hacemos la historia entre todos.

Antes, la enseñanza de la historia se redujo a memorizar los nombres de unos muertos, campañas militares, fechas. Las guerras de nuestras modestas, piojosas aristocracias, servidas por sus piojosos pobres, y además con niguas. Después, vía Marx, se confundió con los procesos económicos. Hoy parece más la historia de la evolución de unas ideas, la descripción del desarrollo y el desgaste inevitable de unos paradigmas determinados por la biología y alterados por la lógica oculta de los avances técnicos. Desde cuando encontramos el garrote y el fuego y vestimos la primera piel comenzamos la destrucción de la naturaleza en beneficio de lo artificial.

Si fuera verdad que el conocimiento de la historia salva del eterno retorno los errores, no existiría Venezuela después de Cuba.

Destinados a ir erguidos, se nos dio el horizonte, que nos esclaviza al más allá y nos empuja allá donde no estamos, dispuestos a todo, arreando ilusiones quebradizas, utopías mimadas como mascotas, que a veces nos muerden. Si fuera verdad que el conocimiento de la historia salva del eterno retorno los errores, no existiría Venezuela después de Cuba. Dicen que podemos reeducar a los muertos. La idea es de Ouspenski. Y es poética.

Quién puede contar la historia de las recompensas esperadas en vano de la sombría santidad de nuestro pasado colonial, la de las masonerías del siglo XIX que odiaban al jesuita como al diablo, la de los adolescentes sacrílegos de mi generación roquera bajo el pavor de la guerra atómica, en crisis perpetua, hechizada por el espejismo de la “conciencia de sí” que reemplazó el alma enajenada a Dios. Lo otro son los anecdotarios de los grandes asesinos cuyas estatuas plagan las plazas junto a sus abogados y sacamicas, con esclavinas de cagadas de paloma.

La gente está muy atareada lidiando con sus deudas actuales para pensar en las que ya pagó. La historia es fantasía, literatura, el delirio de interpretación. La historia de Colombia es una novela policíaca de homicidios impunes desde Sucre, Córdoba, Obando y Uribe Uribe. Según mi erudito teléfono de bolsillo. Que sabe de memoria la biografía de Bolívar. Y me cuenta lo que está sucediendo y si lloverá en Oslo. Nuestra historia particular es un pormenor pintoresco, marginal en la majestuosa mojiganga de los imperios y los dioses que nos trajeron a las instancias del cerebro universal, la robotización galopante, la reedición del plan de la naturaleza por la genética, el triunfo de la inteligencia artificial sobre el genio. Lo que importa es saber lo que haremos cuando veamos cumplido por la tecnología el mito infantil de un mundo sin contradicciones. Frente a esto, las polkas que tocaba el general Mosquera al piano en sus furias liberalizantes son expresiones de unas miserias a las que nos aferramos por sentimentalismo con el cariño que sentía el poeta por sus zapatos viejos.

EDUARDO ESCOBAR

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