Opinión

Prohíbe y errarás

La prohibición evidencia una mirada miope a la condición del ser humano. Y esto se aplica a todo.

13 de septiembre 2018 , 12:00 a.m.

Creo que quienes consumen sustancias alucinógenas tienen su cuota de responsabilidad en cada crimen que involucra el negocio de las drogas ilícitas, pero creo que esto es producto de la prohibidera.

Legalizar la producción y venta de alucinógenos nos aterra porque pensamos que si la oferta está a la vista de todos, la sociedad se va a volver drogadicta. ¿Y es que acaso prohibirlos está impidiendo que vaya en ese camino?

El estudio Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas en Población Escolar, que recoge datos de 2016, reveló que el consumo de marihuana aumentó de 6,9 a 7,8 % entre 2011 y 2016; y el de cocaína, de 2,4 a 2,6 % en el mismo periodo. ¡Nos fue bien! si tenemos en cuenta que de 2015 a 2016 la producción de cocaína, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, aumentó 34 %; y los cultivos de coca, 52 %. Mi lectura de estas cifras es que con prohibir no estamos evitando el acceso de los jóvenes a las drogas ni estamos impidiendo que los narcotraficantes muevan su economía criminal. Al contrario, los más beneficiados son ellos, pues el precio de la cocaína aumentó 43 % en el mismo periodo, lo que implica que obtuvieron más recursos para invertir en sus otros negocios ilícitos: minería ilegal, tráfico de personas, etc.

Legalizar nos aterra porque pensamos que si la oferta está a la vista de todos, la sociedad se va a volver drogadicta. ¿Y es que acaso prohibirlos está impidiendo que vaya en ese camino?

Dicho esto, creo que no hay que hacer un escándalo por el regreso de la fumigación de cultivos ilícitos con glifosato ni hay que ridiculizar la propuesta de decomisar la dosis mínima, pues esas medidas son necesarias ante nuestra tan arraigada costumbre de “hecha la ley, hecha la trampa”, que hace que no se pueda contar con la buena fe de todo el mundo.

Por supuesto que medidas como esas no deben ser la columna vertebral de la política contra las drogas, que debería tener su mayor énfasis en la educación sobre los efectos que estas tienen en la salud y en el tan cacareado libre desarrollo de la personalidad, ya que abusar de ellas se parece más a estar preso que a estar libre.

Pero con recursos humanos y financieros finitos, para poder enfocar la lucha contundentemente en el problema de salud, hay que desenfocarla del problema del negocio ilícito. Entonces, ¿qué nos queda? Legalizar. El experimento en Uruguay con la legalización de la marihuana no ha salido mal. Eso sí, muestra que el Gobierno se quedó corto en los montos permitidos, pues hay más demanda que oferta legal. Un artículo de El País de España cita al coordinador de Monitor Cannabis diciendo que la oferta de marihuana legal solo les ha quitado 20 % del mercado a los narcotraficantes. Esto evidencia una realidad contra la que es ridículo pelear: a los seres humanos les gusta desconectarse o entrar en trance. Unos lo logran –como me dijo recientemente el doctor Rodolfo Llinás– al escuchar una sinfonía o apreciar una obra de arte, mientras que otros prefieren hacerlo con los alucinógenos. Si tendremos más consumidores de marihuana, cocaína o pepas, porque están legalizadas estas sustancias, ya lo veremos, pero sin duda será menos difícil combatir la adicción a ellas si las vemos como un problema de salud pública que si las seguimos abordando como una organización trasnacional armada.

Además, “lo prohibido despierta curiosidad, y lo reprimido termina saliendo por algún lado”. Eso dice el psiquiatra Rodrigo Córdoba, quien agrega que la tendencia prohibicionista evidencia una mirada miope a la condición del ser humano, que por instinto busca satisfacción y placer. Y esto se aplica a todo, por eso termino con otro tema: ¿será que por lo menos ensayamos con que el celibato sacerdotal se practique voluntariamente, como una apuesta, para ver si escogiendo el sacerdocio por vocación y no para ocultar la homosexualidad, los curas dejan por fin de violar niños, y la Iglesia nos ayuda a conservar la fe a los católicos?

CLAUDIA PALACIOS

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