Opinión

Ser y no ser neurótico

Los neuróticos son los normales. Anormales son los equilibrados.

18 de abril 2018 , 12:00 a.m.

Todos le pedimos a Sigmundo que no sea neurótico. Su apariencia lo delata, pues siempre viste de negro; todo es negativo para él, siempre busca el lado malo, y su querencia es estar solo. Tiene fobia a las redes y a los grupos sociales, profesionales o políticos. Nunca un partido político. ¡Guácala!

Se justifica con el libro que leyó cuando era adolescente, Alégrate de ser neurótico. No era de autoayuda. En esa época no se escribía para superarse, estimular el ego y transformar la conducta. Eran seres solos, “ayúdate como puedas”, de esfuerzo propio, y tenían que surcar océanos tormentosos plagados de estupidez humana. Debían superar la mala enseñanza, rebelarse al autoritarismo, el adoctrinamiento y evitar el arrepentimiento y no corregir sus pecados. Solos contra el mundo, sin guías de autoayuda.

El libro de marras destacaba, entre otras cosas, que los neuróticos tenían un agudo sentido crítico, no tragaban entero y, en promedio, eran más inteligentes. Eso reforzó el carácter adolescente de Sigmundo. Creyó el cuento e hizo gala de ello. “Soy neurótico”, decía. Hace un tiempo, por las permanentes recriminaciones de los que lo rodeamos y no lo entendemos, parecía un neurótico acomplejado.

La semilla del mal, si ser neurótico es un mal, está en el mundo que nos rodea.

Pero es incapaz de cambiar. Piensa que hay motivos suficientes para reafirmarse como neurótico. “No es algo que venga en el ADN o se contraiga como un virus incurable, que lo convierta a uno en algo así como un muerto viviente. No. La semilla del mal, si ser neurótico es un mal, está en el mundo que nos rodea”, dice apasionado.

No quiere explicarlo con lo que es obvio para todos: la explotación en el trabajo, la ineficiencia de los gobiernos, las injusticias sociales, el racismo, la discriminación, el arribismo, la moda, el estilo Miami, la publicidad, más publicidad y la excesiva publicidad. A estos males se añaden los medios de comunicación, los reinados de belleza, la voz oficial y la de los que creen ser más que los otros. Errores de lenguaje. Los curadores, y los constructores especulativos. El odio a lo intelectual, a la lectura y a las artes. Hay motivos suficientes para producir neuróticos.

Sigmundo no quiere explayarse en los motivos obvios. Ahora se concentra en lo reciente, que quizás sea el más obvio de todos: la política en elecciones. El tener que votar por aquel que sea medio malo para que pueda ganarle al más malo. Y para ello hay que escuchar las babosadas de los candidatos, sus falsas promesas y sus intentos fallidos de parecer inteligentes. Ver cómo el más nombrado en las encuestas (Duque) es el títere de un expresidente siniestro (Uribe); el que ahora aparenta ser pacifista (Vargas) siempre ha sido un notable guerrerista; al que parece ser un candidato sensato (De la Calle) lo obstruyen las marrullas del jefe de su propio partido (Gaviria); el profesor egocéntrico y matemático (Fajardo) se enreda en sus palabras y gesticula erráticamente; el popular populista (Petro) habla coherentemente, dice lo que muchos quisieran ver en Colombia, pero todos temen que haga cualquier cosa que su ego le mande: imprudencias.

Pero, después de tantos años, lo que dijo una amiga le dio fortaleza y seguridad a Sigmundo. Estaban en una reunión en la que dos personas discutían sobre la personalidad y conducta de un conocido. Decían que era muy callado, que no salía a la calle, que se quejaba de todo. Era intratable; en fin, un neurótico. En ese momento, la amiga de Sigmundo, Gloria Mercedes, exclamó: “Normal”. Sí. Los neuróticos son los normales. Anormales son los equilibrados. Tendrán que adaptarse al mundo de hoy, votar, equivocarse y luego arrepentirse para sentir que son felices. C’est la vie.

CARLOS CASTILLO CARDONA

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