Opinión

El clic del poder

Da grima ver a alguien que antes corría detrás de otros para saludarlos y hoy mira displicentemente.

08 de agosto 2018 , 12:19 a.m.

Hoy, por similitud electrónica, podemos entender que en la mente de los humanos hay un interruptor que cambia su modo de operación. Un botón, que no es físico sino mental, que obedece a hechos sociales y al entorno de las personas. Se trata de ese cambio instantáneo, brusco, casi inesperado al acceder a una posición de poder o al darse cuenta de ello.

Es el clic del poder o su ilusión. Es como un punto de arranque que altera su psiquis y su sistema nervioso. ‘Soy poderoso’, o algo así, empieza a corroer la materia gris, por grisácea que sea, de aquellos que llegan a presidente, a ministro, a director de instituto, a gobernador, a alcalde o, incluso, a cualquiera de las posiciones intermedias que dan mando, independientemente de lo inmensa o reducida que sea su cuota de poder.

Es lo que los diferencia de los seres humanos comunes y corrientes. (Eso puede suceder con un celador de edificio cuando tiene el poder de negar la entrada a un visitante. Pero, esta otra aberración es asunto de una nueva columna).

Aquí me refiero a lo que ha ocurrido en estos días u ocurre en estos momentos u ocurrirá en breve, aunque puede que no baste el momento de elección, nombramiento o posesión del cargo. El verdadero cambio, el clic de poder, se da cuando se toma la conciencia de que ‘se llegó’. Esas personas que eran sencillas, tímidas o incluso lagartas son nombradas después de largos y abruptos caminos de decir que sí, agachar la cabeza, loar y mendigar. Llegan al poder para distinguirse de la masa, para estar por encima de ella.

En el momento del clic se cambia de personalidad, se yergue el cuerpo, se estira el cuello y se alza la cabeza. Creen que nunca más caerán, pues en su euforia no pueden ni quieren imaginar el día en el que esa condición termine y tengan que volver al asfalto para ser un ciudadano más, de esos que desprecian cuando ostentan el poder.

Hay que saber, por la ambición que algunos han tenido, que el clic se puede dar de manera temprana, incluso antes de asumir el cargo. Por eso da grima ver a alguien que antes corría detrás de otros para saludarlos y hoy mira displicentemente, sin saludar a nadie, desde una mesa del restaurante al que ha ido no para comer, sino para que lo vean, lo admiren y corran a saludarlo. Inversión de actitud. Claro que no calcula en ese momento las venias que tendrá que hacer en el desempeño de su cargo. Siempre habrá otros que tengan más poder o dignidad. Es el trágico componente de los cargos públicos.

Pero también hay otros que nunca estuvieron preparados ni avistaron tener un cargo de poder de grandes proporciones. Ser presidente, por ejemplo. De esos que fueron empujados para ser manipulados en el cargo. Esos, si se les pulsa el clic del poder, pueden tomar acciones imprevistas cuando se den cuenta y se digan ‘soy poderoso’. Si se tiene inteligencia, en ese instante cabe traicionar a los que lo auparon. Hemos visto casos.

Pero, más absurdo es el caso de aquellos que siempre han tenido el poder en forma callada, a la sombra, como los gremios empresariales, que, embriagados con el éxito de que se haya elegido su candidato, le exijan en público al presidente saliente lo que siempre han exigido en privado. Entre todos los movimientos de la derecha, que recupera abiertamente el poder, han logrado imponer empresarios para ministros.

Esto, que ha sido muy valorado por analistas malintencionados, es lo peor que puede haber sucedido. No son ministros técnicos, como se dice. Son personajes que toda su vida defendieron lo privado frente a lo público. Es imposible que ahora, desde lo público, no defiendan lo privado. Ellos no cambian. Llevan su clic incorporado.

Carlos Castillo Cardona

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