Opinión

Matoneo y oposición

Se constituye esta práctica en juego peligroso que antecede la violencia física.

21 de julio 2018 , 12:10 a.m.

“Te muestro desnuda en las redes porque quiero divertirme y reírme con mis amigos” puede ser el pensamiento del acto ejecutado por un estudiante a quien las directivas de su colegio expulsaron y en buen momento recibieron el apoyo de la Corte Constitucional, que validó la sanción (T-240/18). Sobre el derecho a la educación que alegaban padres de los cibermatones, la Corte dispuso el derecho al bienestar de la comunidad y al de la intimidad de los estudiantes. 

En Bogotá, los colegios de todas las clases sociales han ejercido el bullying –intimidación o chantaje–, señalando a la víctima de cualidades como ser gordo, alto, bonita o fea o por tener aspecto de una etnia o de otra clase. En una ciudad donde el clasismo y el elitismo pesan, se constituye esta práctica en juego peligroso que antecede la violencia física.

“Te mato porque no piensas o eres como yo” puede ser una de las nuevas acepciones de quien matonea con visión política. Matonear como verbo llega directo del matón, familiar de espadachín y pendenciero, y ya empezamos a sentirlo en el trasfondo para los ejercicios del nuevo estatuto de la oposición, que acaba de firmar el presidente en pro de ampliar la democracia. Pero la novedad del matoneo por fuera de las aulas escolares es que aparece como parte de un proyecto político con miras a la consecución del poder. Ha dado a entender su líder, Petro, que se opondrá a todo lo que haga el nuevo gobierno o a lo que no ha hecho, pero es analogable a su ‘sistema’, desde el Congreso y en las calles y no como argumento, sino como amenaza. De hecho, sus seguidores ya ejercen la agresividad en las redes contra todos los distintos a su movimiento de los ‘decentes’, que termina siendo el más indecente en los epítetos ruines contra todos los que pasen por sus filtros. Otro senador de izquierda, Robledo, acaba de declarar asustado que “las barras petristas asumieron en las redes una agresividad inaceptable...”. Y que “con tono fascistoide, buscan meter miedo al que no sea como ellos”.

Así queda el dilema: las nuevas herramientas otorgadas por el Estado a la oposición para uso de medios y espacios donde ejercer sus críticas puede terminar, en parte, en rosario de ofensas para destruir las iniciativas del nuevo gobierno, quedando al descubierto que la democracia vale menos que un buen hijueputazo.

ARMANDO SILVA

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