Opinión

Machismo desde las tribunas y las trincheras

Admiración para ellas que son capaces de hacer público su dolor con el nombre y rostro del abusador

13 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

Casi tres semanas duró mi nuevo suplicio renal con unos cálculos que me hicieron retorcer del dolor más insoportable e inhumano que padecemos quienes sufrimos un poco de esto; además, ya en la convalecencia hospitalaria, pude observar cómo el altruismo y humanismo de muchas enfermeras tiene que someterse a la arrogancia −también al machismo−, patanería y berrinches de algunos médicos; mas, por fortuna, ¡no todos! Pero ese −considero− será un tema para tratar en otra ocasión.

Mis días transcurrieron con la misma rutina del comienzo: análisis de sangre, exámenes médicos dentro de todo tipo de máquinas y, cuando los condenados cálculos me lo permitían, ¡lectura! Lectura en placenteras dosis que me admitían ajusticiar el parsimonioso paso del tiempo en la clínica y que, incluso, me repetían la recalcada pregunta de siempre cuando el texto leído eran las opiniones de algunos colegas sobre las diversas y pintorescas noticias que dejaban al descubierto la doble moral de algunos personajes públicos: ¿los hombres todavía somos una raza de machos sin dominar?

Hollman Morris y el acoso sexual

El caso ya no requiere ser evocado; sin embargo, lo inquietante, para mí, es la cadena de hechos y reacciones machistas sin ninguna moderación o equilibrio que se desató como cacería de brujas después de la primera denuncia de su esposa y las posteriores acusaciones de otras mujeres; luego, y como suele ocurrir en los foros zanjas y demás boquetes virtuales, ¡ellas son todas “traicioneras”, “sucias”, “perras”, “putas”, “vividoras” y culpables por el error genético de nacer mujeres! ¡Su culpa −además del acoso− es enmudecer!

No comparto −en lo absoluto− su línea, tampoco las defensas que ella ha sostenido desde su tribuna sobre el proceso con las Farc y el agrado político que siente por Francisco Gustavo Petro, entre otros temas. Esas son sus opiniones y, como las de cualquier columnista, se merecen todo el respeto de ser publicadas; no obstante −al César lo que sea del César−, me pareció muy íntegra y valerosa la denuncia de María Antonia García de la Torre, porque atreverse a declarar contra el señor Hollman Morris, cuando la intimidad del propio cuerpo se ofrece como prueba de un delito, no debe ser nada fácil ni debe ser nada agradable tomar semejante determinación con el aullar de tanto alfa-macho virtual defendiendo la patanería.

Hoy, más que opinar, quiero hacer de esta tribuna un diván psiquiátrico-social para María Antonia y toda mujer; un estrado de inapelable condenación contra el machismo y el aforo de testosterona no dominada; pero, sobre todo, un podio de absoluta admiración para todas ellas que son capaces de hacer público su dolor con el nombre y rostro del abusador. Yo no soy nadie para cuestionarlas e invocaré mis mejores palabras para no lastimarlas porque no soy ducho; soy un hombre, es decir, animal que pregona racionalidad y, después de cierta edad, un ser que tristemente también pregona virilidad como si fuera su mejor virtud social.

Muchas de ustedes albergan en silencio heridas de incalculable sufrimiento, y ese es el buen ejemplo de María Antonia dando el nombre propio de su acosador. La autoestima de infinidad de mujeres es constantemente flagelada, sodomizada, castigada, y al final terminan recogiendo lo que les resta de dignidad en un abrazo de rodillas contra el pecho; luego, como si fuera poco, acaban atribuyéndose culpas que jamás tienen por qué ser propias. Es inaudito que una mujer, víctima de acoso o violación, termine escarbando en sus pensamientos −por una desquiciada manipulación de las costumbres sociales e, incluso, las religiosas− que la culpa sea toda suya. ¡Eso nunca!

Una mujer −señor Jotamario Arbeláez− ama con el tamaño del mundo, se desenamora con la intensidad de un infierno y la furia de toda su legión, ¡pero aprenden! Lo archiva como experiencia y no le volverá a ocurrir. Una mujer actúa como guía ante las desventuras de un hombre enamorado. Lo cobija con ternura y sensatez y después le promulga la verdad de sus sentimientos sin herirlo y acepta un café. Dichoso el hombre que ha sido abarcado por un completo sentimiento. Hay mucho más que un café: ustedes se desviven por verlo, sentirlo y tenerlo a su lado. El abanico femenino se abre sin pudor y en candente fulgor; ustedes piensan en conjunto el porvenir. Una mujer enamorada atraviesa mares sin mezquindad, una mujer enamorada es y está blindada. Por eso, cuando la situación cambia, para ustedes no hay vestigios de culpas, mucho menos cargos de conciencia, ¡todo lo hicieron bien!

Ustedes tienen una concepción y utilización del tiempo que nosotros ignoramos: marcan destinos en minutos y son capaces de borrarlos en segundos. Nosotros no apreciamos de ustedes ni los días, tampoco las horas, y cuando ya no están... ¡qué rol tan patético el que jugamos! Somos lagrimones de pacotilla; además, le exigimos al mundo una pausa para el paso del “dolor”. Ustedes, por el contrario, encadenan el sufrimiento y posan para la vida con vigor.

Ustedes son y serán el género que generó el rompimiento del tedio. Con ustedes, ante la metáfora de Adán, llegó la mejor de todas las virtudes: ¡la desobediencia! Un punto que las pone por encima de cualquier especie.

A todas las mujeres que lamentablemente han sido víctimas de acoso o violación; a todas aquellas mujeres que también han sido víctimas de todo tipo de ultrajes y martirios psicológicos; incluso, para hombres que son capaces de amar, desear, besar y respetar, les recuerdo las palabras que alguna vez escribió la escritora Oriana Fallaci: “Ser mujer es fascinante, constituye una aventura que requiere considerable valentía, un desafío que nunca llega a aburrir”.

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