Opinión

Bienvenida la oposición

La mal llamada ‘polarización’ no es nociva en democracia, salvo si lleva a la confrontación armada.

27 de junio 2018 , 12:00 a.m.

Más allá de los extraños condicionamientos a Iván Duque para que adoptara algunos de sus programas, Gustavo Petro, como si hubiera sido el ganador, la noche en que reconoció el triunfo de su contrincante y habiendo obtenido una votación histórica, hizo un anuncio que a algunos asustó, pero que en verdad debe acogerse de manera positiva: que él comandará la oposición al nuevo gobierno.

Como ocurre en toda democracia, menos en Colombia durante el Frente Nacional (FN), quien gana las elecciones gobierna, y quien pierde se va a la oposición aspirando después a convertirse en gobierno. Lamentablemente, para poner fin a la confrontación armada entre liberales y conservadores, de tan terribles consecuencias, en 1957 se inauguró, con aceptación popular, un sistema en el que por 16 años esos dos partidos, sin importar cuál ganaba, se repartían el poder por mitad.
Antes de ese episodio, sin estar tan reglados como hoy, los partidos sí existían como fenómenos sociólogos y políticos. Y había oposición, a veces desmedida como la que un sector del partido conservador le hizo a López Pumarejo, obligándolo a renunciar y dejar en la presidencia por un año al joven designado Alberto Lleras. Y había control político.

Los ministros le temían a un debate de Gaitán, Alzate Avendaño o Laureano Gómez. Tras el FN, la política se clientelizó, desaparecieron esos grandes debates, el control político y la responsabilidad política. Los partidos tradicionales no sentían la necesidad de hacer oposición, y lo que hizo carrera fue el ‘partido’ de los contratistas, que, al igual que los parlamentarios, se acomodaban con uno u otro gobierno.

Antes del Frente Nacional, sin estar tan reglados como hoy, los partidos sí existían como fenómenos sociólogos y políticos.

Entre ese marasmo, en 1986, Barco tuvo visión para tratar de superar la ‘cultura’ del FN e inaugurar el sistema gobierno-oposición, que, por cierto, lo llevó a resistir los feroces ataques del conservatismo. Pero eso fue sano para el país.

Infortunadamente, su sucesor, César Gaviria, devolvió la rueda de la historia e insertó el país otra vez en el FN, del cual no hemos superado sus secuelas de clientelismo, ‘pragmatismo’, corrupción y ausencia de controles políticos reales.

Bienvenido entonces el anuncio de Petro, que seguramente adoptarán varias organizaciones políticas con representación parlamentaria. La mal llamada ‘polarización’ no es nociva en una democracia, salvo si lleva a la confrontación armada, la calumnia, la injuria, el ataque personal o a desconocer abiertamente el Estado de derecho.

Quizás así podamos tener alternación real en el ejercicio del poder, porque los partidos olvidaron hacer oposición e ignoraron que desde esta también se llega al gobierno, como suele ocurrir en las democracias maduras.

Si bien desde la Carta del 91 y algunas reformas posteriores se les concedieron derechos a la oposición, está demostrado que el problema no es de normas, sino de comportamientos políticos. Ahora, esos instrumentos se han aumentado en la ley estatutaria, expedida por el mecanismo del fast track en el marco de los acuerdos de paz.

A partir del próximo 20 de julio, por ejemplo, los partidos tienen que declarar ante la autoridad electoral si son gobierno, oposición o independientes, con la consecuencia de que los dos últimos no pueden ser llamados a cargos burocráticos. Es una especie de vacuna contra el voltearepismo por razones clientelistas. Aparte de que desde el equilibrio de poderes, los candidatos perdedores serán parte de Senado y Cámara por derecho propio, pero con más herramientas: el acceso de la oposición a los canales del Estado y las estaciones de radio y televisión que son concesiones estatales, para responder a las declaraciones gubernamentales.

También deben formar parte de las mesas directivas y de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores. Además, tienen derecho a influir en el orden del día de las cámaras y a que el Estado financie no solo el partido, sino la oposición misma.

Ojalá desde ese día inauguremos al fin un sistema de pesos y contrapesos que pase, obviamente, por que el Presidente maneje una relación con el Congreso no basada en el clientelismo.

ALFONSO GÓMEZ MÉNDEZ

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