Opinión

Bergman

Maestro del encierro, y la catarsis interior, el director sueco fue un descarnado psicoanalista.

31 de julio 2018 , 12:00 a.m.

La primera película que observé de Ingmar Bergman fue 'Gritos y susurros': un laboratorio de las intimidades humanas. Tres hermanas se reencuentran en un castillo; una tiene cáncer de útero, la otra vive un matrimonio en ruinas y la tercera, interpretada por la bella Liv Ullmann, refleja la liberación transgresora. Simultáneamente, cada una desnuda su ser, y asistimos a las más intensas pasiones y miserias del ser humano. Maestro del encierro, y la catarsis interior, el director sueco funge como un descarnado psicoanalista.

Recuerdo 'Escenas de la vida conyugal', en la que Bergman es un especialista que se casó cinco veces y en la cual expone el tedio cotidiano, la pérdida de la pasión, la infidelidad, los celos, la tragedia de vivir largamente en pareja. Su rigor en el arte cinematográfico es amplio: primeros planos y densos diálogos redondean la factura de su espíritu sensible. Paisajes interiores de una honda melancolía, y afuera una naturaleza expectante, silenciosa, aguarda como una espectadora impasible la tormenta que se avecina. Al final, los protagonistas somos nosotros, pues trata con hondo ímpetu temas como la muerte: en 'El séptimo sello', un guerrero que viene maltrecho de las cruzadas juega una partida de ajedrez con la parca a orillas del mar.

Su cine nos incomoda, rompe el espejo, nos muestra la hipocresía y las fragilidades del ego, pero su arte sigue vigente.

Desde 'Un verano con Mónica', un filme de iniciación; 'El huevo de la serpiente', la anticipación del nazismo, hasta 'La flauta mágica', en homenaje a Mozart, Bergman exhibió su mirada plural de la existencia. Más de 40 películas atestiguan esta aventura épica que trató de abarcarlo todo, y a su manera lo logró.

En 'La hora del lobo', en blanco y negro, un atormentado pintor se refugia en una isla con su esposa. Y a las cinco de la madrugada, sus fantasmas se liberan en una orgía mental en la que no sabemos qué fuerzas pertenecen al delirio o a la realidad.
Escenas surrealistas y hasta de antropofagia inundan de imaginación la pantalla.

Con ocasión de sus cien años de nacimiento, vi en la Cinemateca Sonata de otoño, un cara a cara entre una madre, Ingrid Bergman, y su hija, Liv Ullmann, en el que volví a experimentar conmovido su creación profunda y reveladora. Su cine nos incomoda, rompe el espejo, nos muestra la hipocresía y las fragilidades del ego, pero su arte sigue vigente. Fue un hombre que cavó con estética desoladora lo que ocultamos y lo que somos en verdad.

ALFONSO CARVAJAL

Ingmar Bergman

Esta fotografía, tomada en 1960, muestra al director en Suecia durante la filmación de una película.

Foto:

AFP

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