Opinión

La verdadera liberación femenina

“No hay nada más poderoso que una idea a la cual le ha llegado el momento”.

18 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Hay conversaciones que tienen las sociedades, a veces con peculiar estridencia, que parecen como si hubieran estado metidas en una olla a presión que tarde o temprano termina por estallar. Es lo que está sucediendo con las denuncias de acoso sexual contra las mujeres, que se están esparciendo y volviendo cada vez más sonoras no apenas en Estados Unidos sino en todo el mundo.

Todo empezó, como mucha gente sabe, con las revelaciones que incriminan al exitoso ejecutivo de Hollywood Harvey Weinstein y a otra serie de celebridades, para quienes el tráfico de favores sexuales era precondición para hacer negocios.
Los medios en este país publican todos los días una lista de nuevos villanos que ya no son apenas figuras del mundo del espectáculo, sino legendarios campeones de la democracia, como el senador demócrata Al Franken.

El umbral de lo que es repugnante e inaceptable también se está ajustando, y mientras Weinstein cayó por acosar a lo que parece ser decenas de mujeres, Franken está siendo aniquilado por las denuncias de una única mujer que lo acusa de haberla besado y, en lo que parecería ser una broma de mal gusto, de fingir que le ponía las manos en los pechos.

Pretender que las mujeres sean ciudadanas de primera categoría sin reconocer que el acoso sexual a que están sometidas es anticuado y nocivo es un contrasentido.

Esta semana hablé del tema con una amiga latinoamericana y, en lugar de oír aprobación por esta ola de reivindicación femenina que parece imparable, me encontré con una queja por lo que a ella le parece que es una cacería de brujas. “Cualquier mujer latinoamericana de cierta edad sabe que el acoso hace parte de la vida diaria, y lo que hay es que aprender a manejarlo”. Sin duda. Uno no sobrevive en América Latina si no aprende a torear los silbidos, los comentarios, las miradas, las insinuaciones, las propuestas indecentes y, en los peores casos, el manoseo.

El tema es que no tiene que ser así. Es intolerable que sea así. Y me atrevo a decir que la nueva frontera de relacionamiento entre ambos sexos se está desplazando al punto de que, en algún tiempo –quizás no más que unos pocos años–, va a dejar completamente de ser así.

Que las mujeres sean tratadas como un pedazo de carne es tan inaceptable en los pasillos del capitolio estadounidense como en los pasillos del TransMilenio, en Bogotá, y les corresponde a las mismas mujeres empezar a reconocerlo. Hablar de acoso sexual es recibido con un cierto tedio, como si uno estuviera descubriendo el agua tibia. Pero, aunque sea viejo y sabido, es intolerable y no encaja con la definición de lo que debe ser una sociedad civilizada. Los romanos creían que lanzar a seres humanos en la mitad de un coliseo para que se enfrentaran a leones era natural.

Ese umbral, como tantos otros, se superó, y prevenir que las mujeres sean victimizadas por el simple hecho de ser mujeres es, sin lugar a dudas, una de las próximas y más urgentes fronteras.

Normalizar el acoso –y ni siquiera voy a entrar en el tema de la violencia y el feminicidio– es perpetuarlo y desconocer que a menudo deja un daño moral en las víctimas y contribuye a la percepción de impunidad que desgasta y desprestigia a la justicia.

Yo estoy convencida de que es un tema generacional y no tengo más que mirar de cerca a mis dos hijas recién salidas de la adolescencia, para entender que el cambio de mentalidad es irreversible. Hace un tiempo escribí en una columna una de mis citas favoritas y creo que vale la pena revivirla: “No hay nada más poderoso que una idea a la cual le ha llegado el momento”.

Pretender que las mujeres sean ciudadanas de primera categoría sin reconocer que el acoso sexual a que están sometidas es anticuado y nocivo es un contrasentido. La verdadera liberación femenina, me parece, es la que estamos empezando a experimentar.

ADRIANA LA ROTTA

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