Opinión

El tuit

Twitter es un campo minado donde alguien va a saltar porque no le gusta lo que piensas.

30 de junio 2018 , 12:00 a.m.

Algo que no te dicen tus padres ni te enseñan en la escuela es que manejar solo por una carretera mientras oyes música es de los mayores placeres de la vida. Ni ser millonario ni viajar como loco; manejar y cantar las canciones que te gustan te puede hacer muy feliz. Y no es lo mismo si eres copiloto, si vas acompañado o si manejas en la ciudad; tienes que ir solo y en carretera. 

Quien lo hace se libera. No solo cantas a lo que te da la garganta, sacando el artista frustrado que vive en ti, sino que las canciones suenan diferente, las letras cobran otro sentido y hasta las descifras. Manejando por una autopista fue como descubrí que 'You’re Gonna Make Me Lonesome When You Go' es una carta de amor extraordinaria y entendí por qué decidieron darle a Bob Dylan el Nobel de Literatura.

El hecho es que el otro día dije más o menos eso en Twitter, y me desentendí del asunto porque di por sentado que se trataba de una idea inocente. Miré al rato y tenía varios comentarios, entre ellos uno de alguien que decía que no podía hacerlo porque no tenía carro, mientras que otro, con más aire victimista, se quejó de que no tenía un empleo digno que le permitiera darse ese tipo de lujos. Encima, un amigo más uribista que Paloma Valencia le dio like y RT al tuit, lo que me hizo sentir clasista en un país donde la gente no solo no tiene carro, sino que le cuesta completar para el pasaje diario en bus.

Te reclaman, y te censuran, y te exigen, y dicen que los has decepcionado, como si en lugar de una persona natural fueras la línea de atención al cliente de Claro.

No me fui con rodeos y borré el tuit porque me sentí mal, aunque luego me arrepentí. Pude ponerme a explicar que yo tampoco tengo carro y que eso de manejar en carretera lo hago cada año bisiesto en uno alquilado, pero no me las quise tirar de mártir; además, Twitter no es un chat y no está hecho para explicarle nada a nadie.
Es más bien un campo minado donde, no importa lo que digas, alguien va a saltar porque no le gusta lo que piensas. Y te reclaman, y te censuran, y te exigen, y dicen que los has decepcionado, como si en lugar de una persona natural fueras la línea de atención al cliente de Claro. Ahora ando en Rusia cubriendo el Mundial, y cada vez que pongo algo al respecto alguno sale a decir que no me importa el país porque no voté en las presidenciales, o me reclama porque tengo tiempo y dinero para viajar. En Colombia podremos no tener talento para muchas cosas, pero la habilidad para quejarnos por lo que sea no tiene igual.

Hace poco pensé en oficializar mi cuenta de Twitter porque me pareció que el chulito azul le daba cierta respetabilidad. Luego me arrepentí porque no soy Obama, y, encima, sentí que me limitaba. En una cuenta oficial todo suena solemne, y automáticamente adquieres un compromiso de credibilidad y seriedad con tus seguidores, y la verdad es que yo esa vaina la uso es para mamar gallo. Antes la utilizaba para insultar porque me servía de desfogue, pero me trajo muchos problemas, así que decidí bajarle al tono. Ahora miro lo que pongo y, aunque no está mal, me leo y siento que tengo el sentido del humor de un rehabilitado. ¿Han visto a esos que después de años de matarse a fiesta y alcohol se reformaron y se metieron a cristianos, o se fueron a la India y se volvieron aburridísimos? Así, tal cual.

Extraño esas épocas en las que mandaba sin asco a comer mierda a todo el mundo. Y aunque entiendo que ya no estoy ahí ni me queda bien a estas alturas, a veces, cuando alguien me contesta con una indignación me dan ganas de mandarlo a la mierda, pero así, literal, sin diplomacia. “¿Por qué más bien no te vas a la mierda?”, para reafirmar la idea. Luego respiro, me calmo, lo dejo pasar y sigo con mi vida, esperando que la otra persona haga lo mismo. Se suele creer que lo que necesita la gente que está amargada es una buena follada; no hay tal, lo que le hace falta es una larga manejada.

ADOLFO ZABELH

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