Opinión

El trámite

No importa si es oficial o privado, por necesidad o por gusto, es exponerse a que lo pisoteen.

09 de noviembre 2018 , 06:30 p.m.

Dice una amiga que ser colombiano es lo menos glamuroso que hay, y razón no le falta. Habitamos un país con poco dinero, poca educación y poca cultura. Carecemos de justicia y de buenas carreteras, y nos gobiernan unos personajes ineptos y corruptos que no son otra cosa que nuestro reflejo. Es una necedad ser como somos y pretender que nos dirijan personas con mentalidad y costumbres de sueco. Y, aunque duela, también hay que decirlo: somos feos, en especial los hombres.

¿Han visto que hay una propuesta para que en los partidos de fútbol la cámara no enfoque mujeres bonitas en las tribunas por ser sexista? En Colombia debería aplicarse dicha regla para la gente en general. El otro día vi Bucaramanga-Boyacá Chicó, y durante la previa no pudieron encontrar en las gradas un solo ser humano agraciado.

Y, aunque mirarse al espejo o consultar el saldo en la cuenta puede resultar desmoralizante, nada más miserable para un colombiano que hacer un trámite. No importa si es oficial o privado, por necesidad o por gusto, es exponerse a que lo pisoteen. Mire usted las filas, largas y lentas. No es porque haya mucha gente, sino porque no sabemos usar las cosas.

Pasa en el cajero automático, en el supermercado, en el punto de pago. Tres personas arman congestión porque la cosa no se mueve, el sistema se cae, la caja se bloquea, el operario mete mal el dedo, nos confundimos de recibo, contamos mal la plata, el producto tiene el código de barras que no corresponde; cualquier cosa. Y así, tres se convierten en ocho y ocho en veinte, hasta que es hora de cerrar. Yo dejé de pagar en Baloto porque nunca tienen línea para pagos. Siempre hay algo: no es la hora, no es el día, el recibo no aparece, la entidad no responde. Con ellos es más fácil ganarse la lotería que pagar la EPS.

Y un día, cuando te cansas de que nada marche como debería, te resignas y ríes porque no hay de otra.


Es que ni para lo placentero funciona el sistema. Soy fanático de la pizza de peperone de Domino’s, pero su consumo ha ido a la baja porque suelen no tener Coca- Cola. Antes estaban casados con Postobón, entonces ya sabía uno a qué atenerse, pero ahora que volvieron a venderla, resulta que se quedan sin inventario. No puedes ni jugar a la gula un domingo en paz en tu casa porque no tienen la gaseosa más popular del planeta.

Y lo mismo pasa con los planes de celular y los pasajes de avión. Te venden el cielo, la idea del ‘como quieras, cuando quieras’, pero luego vas a ver, y el plan de datos dura diez días y las promociones de pasajes son para fechas y destinos reducidos. ¿Reclamar? Suerte con eso.

Muchas veces pasa que el error es de ellos, y el que pagas eres tú. Y no solo con dinero, toca también renunciar a la salud mental y las buenas maneras. Porque una vez te enfrentas a un trámite que falla, la respuesta natural que recibes es no: no se puede, no sabemos qué pasó, usted no leyó la letra menuda. Eso de que el cliente siempre tiene la razón no se aplica acá; mientras más atrasado es un país, menos razón tiene el cliente. En el campo gubernamental es más complejo porque una cosa es que la pizza no llegue como quieres y otra, tener que resolver, sí o sí, una sucesión, un trámite pensional, un asunto de impuestos. Todo aquello es diez veces más desgastante porque supone enfrentarse a la maquinaria más implacable que existe: el Estado.

Vivir en Colombia no es solo renunciar al glamur de los anuncios publicitarios, sino lidiar con la impotencia 24/7. Y un día, cuando te cansas de que nada marche como debería, te resignas y ríes porque no hay de otra, o renuncias a esa herencia, o pierdes la compra, o viajas cuando la aerolínea quiera. O explotas y te vuelves Michael Douglas en Un día de furia. Aunque siempre puedes seguir el conducto regular y quejarte con el ente de control correspondiente. Es decir, someterse voluntariamente a otro trámite.

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