Opinión

Réquiem por Nicaragua

Hoy Nicaragua se asoma de nuevo a un abismo de terror y violencia de consecuencias inciertas.

25 de julio 2018 , 12:00 a.m.

Pronto dejarán de tocar las campanas en Managua. El divorcio entre el Gobierno y la jerarquía eclesiástica, aunque tarde, se manifiesta. Ya no son tiempos de conciliábulos entre el fallecido cardenal Obando y el sandinista al que se le caen ya todas las máscaras. Tiempos aún recientes en los que todos miraron hacia otro lado, el de la indiferencia y la complacencia, cuando los poderes estaban bien repartidos.

Hoy Nicaragua se asoma de nuevo a un abismo de terror y violencia de consecuencias inciertas. La tensión y la fractura social son totales. El régimen reprime a sangre y fuego al pueblo. Partidarios del dictador frente a una juventud que está cansada de una tiranía política y social subvencionada, pero que empobrece y cierra las puertas al país y, lo que es peor, al futuro. Más de trescientos civiles han sido asesinados. Y parece que nada puede frenar esta orgía de violencia y represión feroz. Las imágenes hablan por sí solas. El régimen se repliega sobre sí mismo y se atrinchera en una ideología caduca, personalista y atrabiliaria.

Esta semana, el sandinismo celebró su trigésimo noveno aniversario desde el triunfo de su revolución. Un aniversario teñido de incertidumbre y desconcierto.

Las fuerzas de seguridad, el Ejército y esa quinta columna de toda dictadura, llámense paramilitares o brigadas, hacen el trabajo sucio y represor de quien teme perderlo todo, una vez que lo tiene todo y concibe su país como su fundo particular, algo muy enraizado en la psicología dictatorial que asoló América durante todo el siglo XX y se reproduce ahora en los tres o cuatro epígonos de izquierda y deriva populista que aún abrigan estas latitudes. Nicaragua se precipita al volcán venezolano. Una confrontación sin salida, sin respeto a la vida ni a los derechos humanos, con una violencia y represión sin límites y un secuestro total y absoluto del Estado de derecho. Lo arbitrario gana. Lo violento sentencia, y el silencio obligado, pero azuzado por la suficiente dosis de miedo, hace el resto.

Ortega no quiere una salida negociada. Mientras controle los resortes de poder, mientras el Ejército y los paramilitares se mantengan firmes y fieles, resistirá.

La deriva violenta no es sino el reflejo de adonde han conducido los regímenes bolivaristas en esta parte del mundo. Uno tras otro se están desmoronando, pero sus líderes y adláteres resisten para retener y detentar ilícitamente un poder y una legitimidad que ya no tienen. Las nuevas oligarquías de izquierda y dictatoriales, ni mejores ni peores que las de derecha, tratan de preservar su estatus ante una depauperación total y absoluta del pueblo y el hartazgo de las sociedades.

Nadie sabe cómo detener esta locura, pero sí que el dictador se atrincherará todo lo que pueda en el poder y en el gobierno. Demonizará a todos los que lo critiquen o estén en contra de su poder, ya no su revolución, pues él es el primero que la ha traicionado. No quiere una salida negociada. Toda cesión es una derrota. Mientras controle los resortes de poder, mientras el Ejército y los paramilitares se mantengan firmes y fieles, resistirá.

La economía, altamente dependiente del petróleo subsidiado durante años por parte de Venezuela y fuente de ingresos para el propio presidente, y que aun así, a diferencia de la venezolana, ha respetado las directrices del Fondo Monetario y del Banco Mundial, se ve ahora afectada. En los dos últimos años su crecimiento ha estado entre el 4 y el 5 por ciento del PIB, pero este año, como consecuencia de la crisis política y social, se ha desplomado; las cifras de desempleo alarman y el comercio, la construcción y el turismo se han estancado drásticamente. La agenda política y la violencia en las calles arrastran al país hacia el caos.

Las protestas no cesan. El régimen no cede ni tiene pretensión alguna de hacerlo y menos de adelantar unas elecciones generales que están previstas para 2021. Ve enemigos en todos los que no lo apoyen. También la Iglesia, que ha estado callada la última década en un estatus de no intervención recíproca. Los más de 350 muertos son una gota que colma el silencio y la inacción. A Ortega no le ha dolido prendas tachar y atacar a la jerarquía y vincularla a la oposición y al golpismo.

La deriva del populismo, el intervencionismo total en la vida de los nicaragüenses, el silencio obligado, la mentalidad subvencionada y el aplastamiento de toda libertad han hecho el resto: llevar al país al borde mismo de su propio precipicio. Y la tríada restante, Venezuela, Bolivia y Cuba, no están mejor.

ABEL VEIGA COPO

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