Europa

‘Para la Unión Europea, el ‘brexit’ es una amputación'

Luuk Van Middelaar, exasesor del Consejo Europeo, habla sobre las fortalezas y cambios de la UE.

Votación del 'brexit'

Un 48 % de la población británcia votó a favor de quedarse en la UE frente a un 51,8 % que prefirió abandonar. Eso ha supuesto una profunda fractura social.

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Andy Rain / EFE

Por: Idafe Martín Pérez
27 de diciembre 2018 , 07:35 a.m.

La última década cambió a Europa. Envuelta en continuas crisis, respondió muchas veces improvisando cuando en su caja de herramientas no encontraba soluciones.

Luuk Van Middelaar lo vivió desde dentro como asesor y pluma del primer presidente del Consejo Europeo, el belga Herman Van Rompuy. Desde fuera lo hace como profesor de Derecho Europeo en la Universidad holandesa de Leiden.

Van Middelaar, militante de la causa de la construcción política europea, sin una definida o al menos evidente ideología política, eurófilo hasta el tuétano y a la vez crítico con los fallos en la gestión de la Unión Europea (UE) en los últimos años, es autor de varias obras muy leídas entre la dirigencia europea: 'El paso hacia Europa' (2013) y' Cuando Europa improvisa', '10 años de crisis políticas'.

Políglota, Van Middelaar es filósofo e historiador de formación. Sin caer en el catastrofismo de los eurófobos ni en el angelismo de ciertos eurófilos incapaces de la menor crítica, este analista describe las vulnerabilidades, las fortalezas y sobre todo los cambios del bloque europeo desde 2008, de una construcción política multilateral y cooperativa que se mueve en un mundo cada vez más dominado por nacional-populismos.

El Parlamento británico debe todavía votar el acuerdo del ‘brexit’. ¿Europa castigó al Reino Unido con este acuerdo?

No, pero los otros países tampoco han querido hacer un regalo. Los ingleses tienen la reputación de querer solo lo bueno, aprovechar las ventajas comunes de la UE sin cargar con sus responsabilidades y siempre pidiendo excepciones.

Los otros 27 lo aceptaron con frecuencia –porque el Reino Unido no es un país cualquiera– pero ahora quisieron poner fin a eso. Si todos los miembros del club hicieran lo que quisieran no quedaría coherencia alguna como Unión. Así que “los 27” (como ya los llamamos) rechazaron ceder sobre algunos puntos de principios.

Londres no puede elegir. Si quiere acceso al mercado común tendrá que aceptar la jurisdicción del Tribunal de Justicia de la UE. Llegados a este marco, el acuerdo muestra la elección que hicieron los británicos sabiendo que no pueden conseguirlo todo.

¿Es posible romper los lazos después de casi 45 años de relación sin provocar un desastre económico y político?

Sí, como un divorcio después de un matrimonio de 45 años. Se crean muchos lazos y cuando uno se divorcia se deja atrás algo de la propia identidad. Eso duele. Son lazos entre sociedades y ciudadanos que se deshacen.

Entre los países europeos hay una integración visible. Por ejemplo, el hecho de poder viajar sin pasaportes o de compartir una moneda, el euro, algo muy concreto y visible. Dos proyectos en los que no participa el Reino Unido. Pero también hay una integración “invisible”: todo lo que es regulación para el comercio de medicamentos, los transportes, los servicios de seguridad, etc. No es fácil reemplazarlo.

Se crean muchos lazos y cuando uno se divorcia se deja atrás algo de la propia identidad. Eso duele. Son lazos entre sociedades y ciudadanos que se deshacen.

El Reino Unido nunca estuvo muy cómodo en la UE. La UE pierde uno de sus grandes países y va a ser más pequeña. ¿Pero puede ser a la vez más sólida y coherente?

El 'brexit' es claramente una pérdida, una amputación. La UE pierde uno de sus miembros, un país que hace indudablemente parte del espacio europeo, de la cultura y de la historia europea. Es como si hubiera una Unión de América del Sur sin Colombia. No estaría completa.

El ex premier italiano Enrico Letta dijo hace unos años que “en Europa hay dos tipos de países, los pequeños y los que todavía no saben que son pequeños”. ¿Los europeos tienen algo que decir en este mundo si no van juntos?

Es una expresión de un ministro belga de la posguerra, uno de los fundadores de la UE, Paul-Henri Spaak. Esa humillación no es tal vez la mejor manera de unir a la aventura europea común a los nostálgicos de la grandeza pasada en Francia, en el Reino Unido, incluso en España. Pero en el fondo tienen razón.

Europa tiene 500 millones de habitantes (440 millones sin los británicos) y para mirar a la cara a China o a EE. UU. tiene que hacerlo junta.

Por ahora solo existe sobre el plano comercial frente al exterior: emplea la unidad de su mercado interior como instrumento diplomático, comercial, de sanciones, etc. Pero eso no será suficiente, sobre todo con Donald Trump en Washington. Europa se arriesga a convertirse en el terreno de juego de la batalla entre China y EE. UU. en el siglo XXI.

¿Espera un gran resultado de los nacional-populistas en las elecciones europeas de mayo?

Sí, obtendrán más diputados, sobre todo en Italia, pero no ganarán las elecciones. Acabarán probablemente en el entorno del 20 por ciento de los escaños (de 120 a 150 sobre 700).

Es mucho, pero está muy lejos de una mayoría. Y perderán el contingente euroescéptico británico del UKIP. En Francia ya tuvieron un muy buen resultado en 2014 con el Frente Nacional, así que no van a mejorarlo mucho.

En Alemania van a ganar escaños con AFD. El hándicap que tienen siempre los nacionalistas es que les cuesta cooperar porque cada uno piensa únicamente en su país y así no consiguen siempre pesar como un bloque.

Luuk Van Middelaar

Luuk Van Middelaar, profesor de Derecho Europeo en la Universidad holandesa de Leiden.

Foto:

Sake Elzinga / https://luukvanmiddelaar.eu/bio

¿Por qué esos partidos atraen cada vez más votantes?

La inmigración será claramente uno de los sujetos clave de las elecciones europeas. Desde hace 10 años varias crisis pusieron a prueba a las grandes familias políticas: la conservadora cristiano demócrata y la social demócrata. Estos últimos sufrieron sobre todo por la crisis financiera mundial de 2008: políticas de ajuste, más desigualdad social, etc. Perdieron los votos que tenían “a la izquierda”.

En Francia o en los Países Bajos los socialdemócratas clásicos casi han desaparecido (el último sondeo da al Partido Socialista francés una intención de voto del 4 por ciento). Los conservadores, por su parte, sufren el ataque “por la derecha” de los partidos de ultraderecha o nacionalistas y su tema es la inmigración.

Hay algo paradójico que se repite casi por toda Europa. Las grandes ciudades, llenas de migrantes, no votan a esos partidos. El medio rural, las localidades lejos de las grandes ciudades, con pocos migrantes o prácticamente ninguno, sí los votan.

Sí, se ve por toda Europa. Fue lo mismo con el referéndum del brexit: muy fuerte en los territorios periféricos excepto Escocia, muy débil en Londres. Las ciudades aprecian siempre la libertad y el intercambio.

En la Edad Media había un proverbio en Europa: “el aire urbano hace libre”. Es decir, al interior de la muralla uno era un ciudadano libre, al exterior era un campesino o un siervo bajo dominación de un señor.

Pero en el campo o en zonas mixtas hay un sentimiento de abandono, de rechazo, de injusticia social. Lo hemos visto recientemente en Francia con el movimiento de los “chalecos amarillos”, que tiene también sus orígenes en lo que llamamos “la Francia periférica”, fuera de los grandes centros urbanos. Esas gentes se sienten lejos de quienes deciden, sienten que no las toman en serio y pueden tomarla contra los inmigrantes.

Algunos países de la UE, como Hungría o Polonia, están metidos en plena deriva autoritaria. ¿Qué debe hacer Bruselas?

Bruselas está de alguna forma limitada frente a esa deriva autoritaria. No tiene muchos medios. La UE no es un Estado, sino una unión de Estados. Bruselas ejerce presión –política, jurídica- y después está el Tribunal de Justicia de la UE que dispone de la autoridad para corregir un poco ciertas decisiones.

El Tribunal forzó, por ejemplo, a Polonia a hacer cambios en sus reformas judiciales y en la ley de su Corte Suprema. Europa tiene una fuerte vocación democrática y no existen las democracias “iliberales” (como dice el húngaro Viktor Orban), es una contradicción. Yo hablo sobre todo de “autocracia electoral”: cuando la democracia pasa de ser sustancia a ser fachada. Ya no hay oposición, no hay libertad de medios, no hay libertad académica.

Cuando la democracia pasa de ser sustancia a ser fachada. Ya no hay oposición, no hay libertad de medios, no hay libertad académica.

¿La UE podría un día plantearse la expulsión de un país miembro por esa deriva autoritaria?

No es imposible, pero por el momento es poco probable. Es el dilema para la UE: quiere encarnar una Europa de los valores (con la democracia y las libertades civiles en primer lugar), pero es también un proyecto territorial que busca la unidad del continente.

Su reciente libro, ‘Cuando Europa improvisa’, nos recuerda las reacciones de la dirigencia europea a las crisis desde 2008. ¿Europa improvisa siempre mal o a veces también lo hace bien?

Un poco las dos cosas. A veces improvisamos cuando estamos mal preparados, cuando no hemos hecho los deberes. Pero a veces también hay momentos en la vida en los que para improvisar hay que mostrar talento.

La UE es algo parecido. Durante la crisis del euro, que viví muy de cerca, hubo momentos en los que hubo que actuar a ciegas. No había recetas preparadas, no había reglas en los tratados europeos, había que inventar algo para frenar la tormenta.

Esa parte la juzgo de forma positiva. Esa improvisación fue el comienzo de una verdadera acción política para una Europa que había nacido principalmente como una tecnocracia, una fábrica de normas.

Creo que era el momento de sacar lecciones de los 10 años de crisis que ha conocido Europa desde la caída de Lehman Brothers en 2008, pero también sobre el plano geopolítico con el enfrentamiento con Rusia por Ucrania o la llegada al poder de Trump.

¿Esa improvisación frente a las crisis puede hacer que la UE tenga reacciones defensivas y olvide sus desafíos estratégicos?

No, porque la improvisación es el principio de la acción. No es suficiente, pero antes no había nada, al menos no para la UE como entidad. Ahora hay que pasar a la siguiente etapa.

El presidente francés Emmanuel Macron, la canciller alemana Angela Merkel y otros tienen ideas sobre eso: hay que salir de la urgencia permanente, hay que estar mejor preparados, hay que ser más flexibles.

Pero esos dos dirigentes están ahora debilitados en la escena nacional y no pueden arrastrar tras ellos a toda Europa. De repente nos encontramos en una fase de falta de preparación y nos arriesgamos a una nueva serie de improvisaciones.

IDAFE MARTÍN PÉREZ
Para EL TIEMPO
Bruselas

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