Europa

La resurrección de los nazis en Alemania

Los peores demonios de la historia alemana se rebelan contra la política migratoria de Merkel.

La resurrección de los nazis

Protesta contra el nazismo, el racismo y el extremismo de derecha en Karlsruhe, Alemania, en el 2017.

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123RF

Por: Leopoldo Villar Borda
23 de octubre 2018 , 10:28 p.m.

Las elecciones del 14 de octubre en Baviera, el estado más extenso y uno de los más ricos y poblados de Alemania, fueron un terremoto político anunciado. Era un secreto a voces que los partidos aliados de Angela Merkel –el Social Cristiano y el Socialdemócrata– tendrían un pobre desempeño, y el partido neonazi Alternativa para Alemania (AFD, por su nombre en alemán) lograría un nuevo avance, impulsado por su férrea oposición al gobierno de Berlín y, en particular, al generoso tratamiento que este ha dado a los inmigrantes.

Apelando al sentimiento nacionalista, el AFD aprovechó una sucesión de incidentes que involucraron a refugiados extranjeros en los últimos tiempos. Primero fue en Friburgo, una ciudad universitaria del estado de Baden–Württemberg, donde cientos de personas protestaron el 16 de octubre de 2016 por el asesinato de una universitaria de 19 años cuyo agresor, un inmigrante afgano, fue sentenciado a cadena perpetua seis meses más tarde.

Después en Ofenburgo, otra ciudad del mismo estado en donde un inmigrante de Somalia dio muerte a un médico en su propio consultorio y provocó la airada demostración de un millar de ciudadanos el 16 de agosto pasado. Y luego en Chemnitz, la tercera ciudad de Sajonia, donde varios miles de manifestantes, a los que se sumaron vándalos y fanáticos racistas con consignas neonazis, se tomaron las calles tras el homicidio de un ciudadano cubano–alemán que las autoridades atribuyeron a un sirio y un iraquí, en una reyerta callejera el 26 de agosto pasado.

Los violentos episodios que desencadenó el último suceso, protagonizados por grupos neonazis predispuestos a culpar de los crímenes a toda la comunidad inmigrante, resucitaron los peores demonios de la historia alemana. No es de extrañar que atrajeran la atención mundial y llevaran a The New York Times a dedicar un amplio espacio al relato de un evento que en otro contexto podría resultar anodino: un festival realizado por octavo año consecutivo en Leinefelde, un pueblo de seis mil habitantes del estado de Turingia, con las apariencias de un carnaval para todas las edades, incluyendo niños de brazos o que aprenden a caminar, al que los niños fueron llevados con disfraces coloridos y se divirtieron con juegos instalados por los organizadores. En medio del ambiente divertido y familiar, animado por bandas de rock y música folclórica, varios jóvenes exhibían carteles con mensajes contra los inmigrantes y ofrecían álbumes y folletos con textos que exaltaban el nacionalismo y la grandeza alemana.

Era la celebración del Día de Eichsfeld –llamado así por el nombre de la región–, una fiesta organizada por el Partido Democrático Nacional (NPD, por su nombre en alemán), que no oculta sus simpatías neonazis y desde hace varios años difunde su propaganda nacionalista con este tipo de eventos en numerosas localidades del país.

Muchos de los que hoy promueven un regreso a aquellos tiempos (del nazismo) no habían nacido cuando Hitler lanzó al mundo a la guerra y a Alemania a su destrucción

La derecha en ascenso

Tras lo ocurrido en Chemnitz, el partido AFD, que como el NPD es abiertamente neonazi, invitó a sus seguidores a movilizarse y “cazar extranjeros”. La condena de la canciller Merkel a esa “incalificable incitación xenófoba” no impidió que se realizaran nuevas demostraciones allí y en otras ciudades. No era la primera vez que miles de alemanes respondían a la convocatoria del AFD, fundado en 2013 por un exfuncionario público, un profesor de economía y un columnista de un periódico conservador en un centro comunal protestante cercano a Fráncfort.

Desde entonces, el partido ha registrado un crecimiento constante y una radicalización creciente hacia la derecha. Ha tenido especial éxito en el oriente del país, que después de estar casi medio siglo bajo el control soviético dio un giro a la derecha. En las últimas elecciones para el Bundestag (Parlamento Federal) fue la primera fuerza política en Sajonia y la segunda en Brandeburgo, a muy poca distancia de la Unión Demócrata Cristiana de Merkel. Y en las de Baviera ocupó el tercer puesto, por encima del Partido Socialdemócrata y solo superado por los Verdes y una disminuida Unión Social Cristiana, que por primera vez perdió la mayoría absoluta.

El crecimiento de la extrema derecha es atribuido a la generosidad que la canciller ha mostrado hacia los inmigrantes y que algunos consideran excesiva. Desde 2015, cuando cerca de un millón de inmigrantes llegaron a Alemania al amparo de la política liberal adoptada por Merkel, las expresiones de rechazo a esa política han ido en aumento. Las recientes elecciones mostraron que la reacción alcanzó a la Unión Social Cristiana a pesar de su cercanía con Merkel, con consecuencias que podrían ser críticas para su permanencia en el poder. Pero aun frente a esta coyuntura, ella se niega a modificar su política e insiste en una “solución europea” a la cuestión de la inmigración.

Tema de identidad

Esa cuestión ha generado una nueva división entre los alemanes, muy distinta de la que prevaleció hasta 1989 entre las dos partes en las que estuvo dividida la nación durante la Guerra Fría. Esta no nace de diferencias políticas sino de un tema de identidad. Los extremistas de derecha sostienen que el país está perdiendo mucho más que el control de las fronteras con la llegada masiva de inmigrantes, y para impedirlo propugnan la ideología que por dos veces en el siglo veinte llevó al mundo al cataclismo de una guerra mundial. Quienes se oponen a ellos sostienen que la acogida de los refugiados responde a los valores de una sociedad democrática e ilustrada. Ambas posiciones se han abierto paso en el sistema político y se reflejan en las calles. Los brotes neonazis ya no son fenómenos aislados, como el ataque racista de 1992 en la ciudad de Rostock, donde una turba incendió un refugio de trabajadores vietnamitas mientras los vecinos aplaudían. Y, precisamente por la alarma que genera su repetición, ahora no hay ciudadanos aplaudiendo sino contramanifestantes que no ocultan su repugnancia por la reaparición del nazismo.

Es muy diciente que este fenómeno sea especialmente marcado en Sajonia y Turingia, donde nacieron o vivieron personajes como Martin Lutero, un hombre que cambió el mundo, y otros que dieron gloria a las artes, el pensamiento y las letras alemanas como Leibniz, Bach, Schumann, Mendelssohn, Goethe, Schiller, Hegel, Wagner y Nietzsche. Pero esta no es la primera vez que se mancilla su esplendoroso pasado. Es célebre una fotografía que Hitler se hizo tomar en Weimar frente al monumento que honra a Goethe y Schiller, las dos cumbres de la literatura alemana, con un fondo en el que se desplegaban varias banderas con la cruz gamada.

Del imperio a la dictadura

Desde Arminio, el príncipe germánico que derrotó tres legiones romanas en los albores de la era cristiana, pasando por el Imperio franco, el romano germánico y las dinastías hereditarias y electivas que se sucedieron en la Edad Media y los comienzos de la Edad Moderna, el pueblo alemán solo conoció la democracia durante los catorce años que duró la República de Weimar, nacida en 1919 tras la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Con la dictadura de Hitler a partir de 1933 concluyó su efímera existencia y comenzó la etapa más oscura, no solo de la historia alemana sino del mundo: el holocausto judío y la Segunda Guerra Mundial.

Muchos de los que hoy promueven un regreso a aquellos tiempos no habían nacido cuando Hitler lanzó al mundo a la guerra y a Alemania a su destrucción. No conocieron la dictadura nazi ni asimilaron las amargas lecciones que esta dejó, aunque seguramente se las recordaron en el colegio, como lo hacen casi todos los días los maestros en las aulas alemanas desde cuando el país se libró de esa pesadilla. Es probable que tampoco hayan visitado los campos de concentración o los lugares de detención y ejecución escogidos por Hitler, algunos de los cuales son de fácil acceso para quien quiera conocerlos.

Los rebeldes de hoy también parecen ignorar el precio que pagaron quienes se resistieron al nazismo, como los militares que planearon la Operación Walkiria para dar un golpe de Estado contra Hitler. Tal vez no han visitado el memorial en el centro de Berlín que recuerda a uno de esos oficiales, el coronel Claus von Stauffenberg, quien aprovechó el acceso que le daba su pertenencia al alto mando para poner una bomba debajo de la mesa donde el dictador examinaba con sus asistentes un mapa del frente ruso, en su cuartel general cerca de Rastenburg, en lo que entonces era Prusia y hoy es Polonia, el 20 de julio de 1944. El choque accidental de uno de los asistentes con el maletín alejó la carga mortal de Hitler y lo salvó de la explosión, que dejó el lugar en escombros. Al ser descubierto el complot, Stauffenberg y una decena de oficiales que participaron con él en la fallida conspiración fueron fusilados al día siguiente en el patio del edificio del comando del Ejército. Hoy se encuentra allí el Centro Conmemorativo de la Resistencia Alemana.

Casi cinco décadas más tarde, otro movimiento de resistencia, esta vez contra la ocupación soviética de Alemania oriental e impulsado por organizaciones civiles y religiosas a las cuales no fue ajena Angela Merkel, contribuyó a abrir el camino a la libertad y la posterior reunificación alemana. Si todas esas luchas no significan mucho para quienes añoran lo peor del pasado, los horrores del nazismo no se pueden haber borrado de la memoria colectiva del país. La gran pregunta es si su resurrección es una amenaza para el sistema democrático tan duramente conquistado o una prueba de su fortaleza.

LEOPOLDO VILLAR BORDA
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