EEUU y Canadá

Armas en EE. UU., un viejo debate que normalmente termina en nada

Con más 310 millones de armas, en ese país se reactiva la discusión cada vez que hay una masacre.

Masacre en Estados Unidos

Sunrise Tactical Supply, en Coral Springs, donde Nikolas Cruz compró el fusil AR-15 utilizado en la masacre.

Foto:

Cristobal Herrera / EFE

17 de febrero 2018 , 11:51 p.m.

La historia es más o menos la misma. Casi que trillada. Una horrenda masacre deja al país en ‘shock’ y reclamando respuestas. Casi en simultánea se desata una guerra de recriminaciones en la que la mayoría reclama más controles en la venta de armas, mientras otros insisten en que esa no es la solución. Con el paso de los días, el tema se diluye y la matanza termina convertida en una estadística más.

Algo parecido está pasando ya con la masacre de San Valentín, el nombre que se le han puesto al tiroteo en una escuela de Florida el miércoles pasado, en el que un joven de 19 años mató a 17 personas, en su mayoría adolescentes.

Desde el primer minuto, cuando aún el humo ni siquiera se había disipado, los políticos en Washington –demócratas en gran parte– apuntaron sus salvas a la obsesión estadounidense con las armas de fuego y las laxas leyes que permiten que casi cualquiera pueda comprarlas legalmente hasta en un supermercado.

“Estamos frente a una epidemia de masacres exclusiva de Estados Unidos, y nosotros somos los responsables por hacer nada”, fue el grito que se le escuchó al senador Chris Murphy, senador que lleva años insistiendo en que la única salida para la barbarie es estableciendo restricciones al flujo de armas en la sociedad civil.

Más demoledor fue Cameron Kasky, de 17 años: “No podemos ignorar el tema del control de armas que esta tragedia resalta. Esta vez vamos a exigir cambios porque los políticos nos han fallado a la hora de impedir que las armas ingresen a nuestros colegios”, dijo, hablando con la autoridad de las víctimas, pues estudió en el colegio en donde ocurrió la masacre.

El presidente Donald Trump, representando la otra cara de la moneda en este debate, le apuntó a elevar la seguridad en los colegios, pero sin siquiera mencionar la posibilidad de controlar la venta de las armas de fuego. El senador republicano Marco Rubio fue aún más directo al indicar que “ninguna medida” para restringirlas habría evitado la tragedia.

Y es allí en donde suele estancarse la polémica.

Hay que resaltar que al menos sobre el papel, los que empujan por los cambios están más cerca de la verdad y la opinión pública.

De entrada, y según una encuesta reciente del Pew Center, hay una clara mayoría de estadounidenses, más del 60 por ciento, que quieren elevar los controles. Si bien es un número que oscila, viene en alza y con seguridad volverá a subir tras la masacre.

Y parecen evidentes las estadísticas que muestran una relación directa entre la cultura proarmas de EE. UU. y este tipo de incidentes.

Para comenzar, en EE. UU., pese a representar el 4,4 por ciento de la población mundial, están el 48 por ciento de las armas del mundo (entre civiles). Esas son unas 310 millones para un país de unos 350 millones. Casi una por habitante. En el país que le sigue, la India, hay unas 45 millones de armas en una nación que tiene cuatro veces más habitantes (1.330 millones), según un estudio de la Universidad de Lankford, en Alabama. El 35 por ciento de todas las masacres que han ocurrido en el mundo desde 1966 se han desatado en EE. UU. Son 146 masacres en las que murieron cuatro personas o más. En Filipinas, país que le sigue, ocurrieron 20 en ese lapso.

Las tasas de homicidio con armas de fuego también son alarmantes si se las compara con todas las naciones en desarrollo. Mientras en EE. UU. son 29,7 muertos por un millón de habitantes, en Suiza, la nación que le sigue, son 7 por cada millón de habitantes.

El problema es bien evidente en otro estudio de la Universidad de Chicago en el que se concluye que si bien EE. UU. tiene niveles de crímenes similares a otras naciones desarrolladas, la diferencia está en el número de muertos que dejan esos asaltos. Un habitante de Nueva York tiene 54 veces más oportunidad de morir durante un hurto que uno de Londres, donde el Estado ejerce un estricto control al porte de armas de fuego.

Y lo que sucede en las escuelas del país también es único. Desde la masacre de Columbine, hace 19 años, la primera de este tipo que se recuerda, se han presentado 170 tiroteos en centros educativos. Solo desde el 2012 van 138 muertos en colegios del país por la vía de las armas de fuego.

Todo igual

Pero, como dice David Kopel, experto en armas que trabaja en el Instituto Cato, pese a todo, es probable que nada cambie tampoco con la masacre de San Valentín.

“No es la primera vez que pasa, y los estadounidenses ya tienen una posición. Quizá algunos ajustes a nivel local, pero sin duda nada a nivel federal”, dice Kopel.

Y hay varias explicaciones para eso. La primera es el arraigo de las armas con la historia del país, un derecho salvaguardado en la segunda enmienda de la Constitución. Cualquier cambio haría necesario más de 60 votos en el Senado, un órgano en donde los republicanos son mayoría. Así mismo, y dado que más del 60 por ciento de los estados del país tienen una base agrícola que defiende ese derecho, sería un suicidio político.

Y segundo, por los cientos de millones de dólares que invierte en ‘lobby’ la Asociación Nacional del Rifle (NRA), que trabaja en favor de la poderosa industria armamentista. Algo que quizá explique las palabras de Rubio, que recibió tres millones de dólares de la NRA en su pasada campaña electoral.

Nada cambió cuando fueron masacrados 26 niños de entre seis y ocho años en una escuela de Connecticut en la presidencia de Barack Obama, con la Cámara Alta controlada por demócratas, y es probable que nada cambie ahora cuando los republicanos son dueños del Congreso y la Casa Blanca. Una realidad contradictoria y triste para muchos, pero que se impone en la práctica.

Hija de Charlie Zaa se salvó

En la masacre de la escuela Marjory Stoneman Douglas, dos profesores murieron al tratar de defender a sus alumnos. Uno de ellos fue Scott Beigel, quien ayudó a salir a Mia, la hija de 16 años del cantante colombiano Charlie Zaa, quien dijo en su cuenta de Instagram: “Quiero honrar la memoria de este #HÉROE #Mrbeigel jamás encontraré las palabras suficientes para agradecer lo que hizo por nuestros hijos. Mr Beigel dio su vida por salvar la de ellos, eso solo es digno de un HÉROE, hoy el corazón de mi hija @mia_zaa se encuentra consternado llorando su partida”.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO
Washington
En Twitter: @sergom68

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