EEUU y Canadá

El falso príncipe árabe que resultó colombiano, hoy preso en Miami

En su última edición la revista Vanity Fair reconstruye la historia.

árabe

Fue detenido en Nueva York y hoy se encuentra preso en una cárcel de Florida.

Foto:

123rf

10 de octubre 2018 , 11:12 a.m.

La última edición de la revista Vanity Fair incluye un extenso de un reportaje de un caso que dejó a medio mundo boquiabierto cuando se conoció hace algunos meses: el de un colombiano que durante 27 años se hizo pasar por un príncipe de la familia real de Arabia Saudita y se pasó décadas usando su falsa identidad para estafar a bancos, concesionarios de autos y hasta prestigiosos miembros de la sociedad estadounidense.

Se llama Anthony Gignac, pero durante estas tres décadas personificó a Bin Khalid Al Saud, príncipe de la ciudad de Medina, en el centro oriente de este país islámico.

Gignac fue arrestado en noviembre del año pasado en Nueva York cuando regresaba de un suntuoso viaje por Europa y hoy se encuentra en una cárcel de la Florida donde espera su juicio por desfalco y fraude contra decenas de personas.

La revista reconstruyó la historia de Gignac a través de documentos de la corte, entrevistas con familiares y víctimas y varias de charla con el copioso estafador que a el último minuto previo a su detención insistió en que era un diplomático protegido por convenios internacionales.

Según la revista Gignac nació en Bogotá y desde muy niño vivió como mendigo en las calles de la ciudad donde vendía drogas que le daban sus propios padres y otros adultos. A los seis años fue adoptado por una familia de Michigan junto a su hermano.

Ya en EE. UU., recuerdan sus familiares, el niño era proclive a inventar grandes historias que siempre adornaba con lujos que su familia no podía darse.

Pero fue a los 17 años, cuando abandonó su casa y se fue a vivir a California, que comenzó a usar el nombre del jeque para hacer de las suyas. Comenzó con estafas pequeñas, convenciendo a hoteles y otros despistados que provenía de la realeza saudita y que su familia pagaría luego por sus suntuosos gastos. Los investigadores del caso dicen que su apariencia de tez morena, de baja estatura y un poco pasado de peso, le permitió engañar a muchos en el país que "no distinguen entre un latinoamericano y un árabe". Pero especialmente por que contaba con un don de la palabra que le permitía convencer hasta el más escéptico.

En una ocasión, por ejemplo, entró escandalizado a una oficina de American Express alegando que le habían robado su tarjeta de crédito y pidiendo un reemplazo. Nadie sabe cómo pero en pocos minutos logró que los funcionarios de la agencia crediticia le entregaran una nueva con un cupo de US$ 200 millones de dólares.

A lo largo de los años, Gignac fue arrestado en múltiples ocasiones pero tras pagar su condena regresaba a las andanzas en otra ciudad.

Vanity Fair documenta una suntuosa vida llena de lujos, aviones privados, ropa de famosos diseñadores y autos Rolls-Royce que lograba adquirir así fuera brevemente para convencer a sus próximas víctimas de que le entregaran dinero o le financiaran sus gastos a crédito.

Su etapa más activa y también la que desembocó en su fin, arrancó en el 2015 cuando conoció Carl Williamson, un británico que vivía en EE.UU. y que le abrió las puertas de la alta sociedad del país. Williamson, de 51 años, se dedicaba a los fondos de inversión y la venta de propiedad raíz y estaba bien conectado.

Junto a este abrieron una firma de inversión, Marden Williamson International L.L.C. que supuestamente era respaldad por la familia real -cosa que luego negaron- y en la que al menos 27 personas, todas reconocidas, depositaron US$ 8 millones de dólares pensando que se trataba de la capitalización inicial para Aramco, una petrolera saudí que finalmente no se materializó.

Paralelo a ese desfalco, que es uno de los que tiene tras las rejas a Gignac, el supuesto príncipe ya fraguaba lo que quizá fue su golpe más atrevido.

En marzo del 2017, un banco inversionista de Londres contactó a Jeffrey Soffer, uno de los hombres más ricos de Miami (se estima que su fortuna asciende a más de US 4.000 millones), para decirle que el jeque estaba interesado en comprar, y a muy buen precio, el 30 por ciento del hotel Fontainebleau, en su época uno de los más famosos de Miami Beach y que era propiedad de Soffer.

El magnate mordió el anzuelo pues para ese entonces el hotel ya no era lo que era antes, y le venía bien la capitalización ofrecida por el falso príncipe.

Cuando fueron presentados, Gignac se apareció con un séquito de guardaespaldas -todos falsos- en un Ferrari con placas diplomáticas -también falsas- y con una tarjeta de crédito con su nombre árabe para pagar la estancia en el hotel mientras avanzaban las negociaciones. Estas se extendieron hasta agosto, pero durante ese plazo, Gignac convenció a Soffer que debía darle regalos como muestra de cortesía (que sumaron más de 150.000 dólares) y rodearlo de pleitesías. Entre ellas, paseos en sus yates y viajes en su avión privado.

En una de esas ocasiones Soffer lo invitó a su casa en Aspen, Colorado, para continuar las negociaciones. Estando allá, fueron a un lujoso restaurante donde Gignac cometió un error garrafal que destruyó su coartada: de entrada pidió jamón serrano.

De inmediato, Soffer se percató de que algo no cuadraba pues los musulmanes, lo sabe todo el mundo, no comen cerdo.

Tras la cena, su equipo contactó al Departamento de Estado y este al gobierno saudí que rápidamente confirmó que se trataba de un impostor.

Pocas semanas después fue arrestado en Nueva York en noviembre cuando regresaba de un viaje al exterior con Williamson.

A este último, el FBI le cayó el 14 de diciembre. Esa misma noche, el empresario británico se suicidó.

Su esposa, entrevistada por Vanity Fair, sostiene que hasta el último momento Williamson le dijo que a él también lo había engañado y que siempre pensó que su socio era un príncipe saudí.

SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO
Washington
En twitter @sergom68

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